31/1/10

REPASEMOS EL PLAN

De acuerdo, muchachos, repasemos el plan por última vez: hemos quedado en que todos vamos a apoyar incondicionalmente a "Sálvame Deluxe" hasta que nos carguemos a "DEC". A continuación apoyaremos incondicionalmente a cualquier cosa que sustituya a "DEC" hasta que nos carguemos a "Sálvame Deluxe". Y continuaremos después hundiendo los programas que nos propongamos a base de engordar la audiencia de sus competidores, a los cuales haremos la misma jugada en cuanto nos interese. No será fácil: la cara de Belén Esteban ya ha reemplazado a las tetas de Yola Berrocal como logotipo de la Asociación Nacional de Damnificados por la Cirugía Estética, e incluso los pueblos que han pedido acoger los basureros nucleares se niegan a que Lidia Lozano veranee en ellos, pero nuestra misión merece este sacrificio. Podemos conseguir que las cadenas de TDT dedicadas a las teletiendas de productos que quitan rayonazos de los coches dejen de ser la mejor televisión privada que se puede ver en nuestro país durante la noche de los viernes, y no nos va a echar atrás que la halitosis de Jorge Javier Vázquez sea tan fuerte como para transmitirse a través de la señal de audio de nuestros televisores.

Por ahora nuestro plan está saliendo de maravilla. En "DEC" registran los índices más bajos de su historia y en "Sálvame Deluxe" dan saltos de alegría contando los millones de espectadores que les siguen cada semana. Pobres ingenuos, no saben que todos estos resultados responden únicamente a nuestra conspiración, y que en cuanto Cantizano y sus escuadrones de la muerte se hundan en el proceloso abismo de las audiencias de un solo dígito ellos serán los siguientes en caer a mayor velocidad incluso. Pero hasta entonces seguirán los audímetros registrando nuestra fidelidad a Mermelada aunque eso suponga tener que soporta a Karmele Marchante encarándose con Coko, digo, Kito Matamoros. Todos a ver "Sálvame" como una piña, como un solo hombre, como unos fanáticos de la basura. ¿Está claro? ¿Alguna pregunta, muchachos? Pues adelante.

30/1/10

QUE LA DETENGAN

Hay una ventaja añadida en la deskarmelemarchantización eurovisiva: la ocurrencia musical caerá en el olvido y ningún obispo criticará la televisión diciendo que la tele es un tsunami. Ya fue duro oír al obispo de Ciudad Real, Antonio Algora, señalar lo pecaminosa que es la tele citando a David Civera: “¡Que la detengan. Es una mentirosa, malvada y peligrosa!”; sólo nos faltaba ahora una pastoral añadiendo que es como un tsunami, “algo imparable, no te puedes resistir; te espero en el Soho tocando el arpa con mis uñas de laca, no sin mis cremas, no sin mis marcas”. Qué respingos.

Denuncia monseñor que “abren telediarios, como si fueran noticia de hoy, abusos cometidos por eclesiásticos en el pasado”. Tiene razón, habría que aprender de los informativos de otras cadenas, hacer más periodismo de investigación y no limitarse a denunciar escándalos cuando ya hay denuncias, sentencias judiciales o acuerdos económicos para que no se hable más del asunto.

Un ejemplo. Un informativo de la cadena estadounidense ABC acaba de denunciar que en 300.000 mirillas de las armas que se entregan a las Fuerzas Especiales hay grabados como éstos: “Jn 8,2” o “2Cor 4-6”. O sea, según el Nuevo Testamento: “Yo soy la luz del mundo, el que me siga no camina en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” y “Pues el Dios que ha dicho: brille la luz de entre las tinieblas, es el que ha encendido esa luz en vuestros corazones, para hacer brillar el conocimiento de la gloria de Dios, que está reflejada en el rostro de Cristo”. No hay derecho, la ABC presenta como noticia de actualidad unos grabados que se llevan estampando desde hace 30 años. Además, son armas que se usan contra Al Qaeda, los talibanes y las guerrillas iraquíes, y hace más de mil años que la Cruz de los Ángeles de Oviedo dice: “Con esta señal se defiende el piadoso, con esta señal se vence al enemigo”. Será eso: la tele es, como la mala mujer, malvada y peligrosa, pero no un tsunami. Amén.

29/1/10

SUÁREZ EN PIJAMA

Si no llega a ser por las escenas de cama, podríamos asegurar y aseguramos que el primer episodio de "Adolfo Suárez, el presidente" podría enmarcarse y se enmarca dentro del género narrativo de las hagiografías. La hagiografía, ya se sabe, es esa peculiar biografía que se dedica a glosar las bondades sin fondo de un santo, -preferiblemente martir, dado el tirón popular que siempre ha tenido la exposición minuciosa de los detalles del martirio-, y que tanto juego ha dado en los afanes ecuménico-evangelizadores del cristianismo. Así, Antena 3 nos descubrió el miércoles en Adolfo Suárez no sólo a un intachable padre y esposo, sino también a un inmaculado procurador en Cortes por Ávila, gobernador civil de Segovia, director general de Radio Televisión Española y finalmente ministro secretario general del Movimiento. Ya tuvimos ocasión durante estos últimos meses de entretenernos con las tv movies de Paquirri o Marisol, pero las estrellas del corazón son siempre tratadas en los medios como héroes terrenales cuyos círculos de intereses tienen su centro en lo que Platón llamaba el alma apetitiva. Lo de Suárez no puede ser ni es eso. Estamos ante el "Cantar del Mío Suárez", ante el rey Adolfo y los caballeros de la Tabla Redonda, ante "Suárez" de Shakespeare.

Salvo, claro está, por las escenas de cama extrañamente inquietantes. En dos momentos del capítulo vimos a Adolfo Suárez y a Amparo Illana pudiendo darse y dándose arrumacos y confidencias debajo de las sábanas con los pijamas y camisones oficiales de la España de los 60 y 70, y eso es una licencia expresamente prohibida dentro del género de la hagiografía. Paquirri no puede aparecer y no aparece interesándose por la política internacional, Marisol nunca saldría leyendo un libro y no debemos ver a Suárez apagando la luz de la mesilla de noche. O santo o Antonio Alcántara, pero no las dos cosas a la vez. Antena 3 olvida que la Transición requirió de grandes negociaciones y concesiones por todas las partes, pero que también fue necesario no poder ver y no ver jamás a sus protagonistas en pijama.

DULCE COMPAÑÍA

Uno de cada cinco televisores encendidos (y un poco de otro) es responsable de lo que dicen todos los televisores encendidos durante los informativos estos días: hay que construir un Almacén Temporal Centralizado (ATC) para guardar los residuos radioactivos generados al producir la electricidad que mantiene encendidos a uno de cada cinco televisores (y un poco de otro). Podríamos apagar esos aparatos y santo remedio, pero la tele acompaña mucho, así que la dejamos encendida aunque estemos en el otro extremo de la casa. O sea, que hay audímetros que trabajan para nada, con el agravante de que uno de cada cinco (y un poco de otro) también genera residuos radioactivos.

Los espectadores seguimos la evolución de la noticia tóxica con desconfianza. Hay quien se tranquiliza porque se trata de un aséptico ATC, y no de un sospechoso cementerio nuclear que recordaría demasiado al sarcófago de Chernobyl (no viene a cuento, pero no me resisto: “chernobyl” significa “absenta”, de donde viene “absentismo”. Hoy, en Chernobyl, no queda nadie). Nuestro culebrón radioactivo no se solucionará mientras no desdramaticemos. Hablar de ATC, con ese nombre de codón capaz de sintetizar algo grande, es un buen principio. Pero hace falta algo más contundente que coja el toro por los cuernos. Como lo que hizo Manuel Fraga cuando se bañó en Palomares en 1966. Gracias a él, el NO-DO fue al grano, nos tranquilizó, y no dio las vueltas que hoy dan los telediarios.

Siendo el ATC tan seguro como dicen que es, Fraga no tendría problema en situarlo debajo del Congreso, del Senado o de la Moncloa. Bueno, o de la Zarzuela: así, uno de cada cinco televisores encendidos (y un poco de otro) durante el mensaje navideño del Rey sería responsable de que el mensaje navideño del Rey se grabara encima de los residuos radioactivos generados por uno de cada cinco españoles (y un poco de otro) cuando ve la tele, dulce compañía.

28/1/10

¿ME LO VIVES O ME LO CUENTAS?

Uno puede ver la tele a lo tonto haciendo zapping compulsivamente sin terminar de ver nada en concreto. Pero también puede ver la tele a lo tonto aguantando un programa enterito sin hacer zapping por miedo a perderse lo que está claro que no ocurrirá para poder contarlo aquí. La reportera de Cuatro, Samanta Villar, había despedido su último reportaje así: “Como no es lo mismo contarlo que vivirlo, voy a hacer porno durante 21 días”. Antes de la emisión del lunes por la noche, su cadena colgó varios vídeos promocionales (que clasificó para mayores de 18 años). En uno titulado “¡Pudores fuera!” le preguntan sobre su primera escena porno.

- Tú mañana haces la escena en la cocina, ¿te atreves o no?
- Sí, sí.

Resultado: hasta la una de la mañana viendo la tele a lo tonto. Tan útil como si hubiera estado de guardia en una garita en medio de la Meseta por si nos invaden. La reportera se pasó 21 días de visita en el mundo del porno, y el último día hizo un intento de amago de sucedáneo de tentativa de réplica de imitación de disfraz de directora de una escena porno que ni mostró ni contó cómo comercializará. Sabíamos que no veríamos las imágenes, pero al menos sus palabras podrían haber estado a la altura. Ni siquiera se preguntó por qué la nueva ley no permite emitir porno en abierto: ¿pagar hace que sea menos malo porque actúa como aquellas bulas papales que podían comprarse para comer carne en Cuaresma sin pecar? ¿Pagar redime?

Durante 21 días Villar no estuvo liando porros, sino fumándolos; no acompañó a un vendedor de la ONCE, sino que vivió a ciegas; no trabajó en Servicios Sociales, sino que vivió en una chabola; no repartió ropa en Cáritas, sino que fue una vagabunda. Y así hasta el lunes, que estropeó una buena idea y demostró que “No es lo mismo contarlo que vivirlo” es una frase bonita, pero ganar audiencia es más importante.

27/1/10

ROD Y TODD EN EL BÚNKER

Recomendé a los mismos amigos a los que sugerí ver “La ola” que vieran la película “El hundimiento”, emitida por Antena 3 la semana pasada. Lo hicieron. Ya tengo los resultados. Como suponía, ver “La ola” y “El hundimiento” no sólo quita las ganas de invadir Polonia, sino que hace que nos agarremos a nuestra imperfecta, aburrida y a veces desesperante democracia como Linus, el entrañable personaje de las tiras de “Carlitos”, a su manta. No sólo el fascismo puede asomar su fea cara en el lugar más inesperado y en el momento más tonto, sino que Hitler era un ser humano rodeado de seres humanos, y no un monstruo surgido de la nada. La naturaleza de Hitler no era extraterrestre como la de Anna, la líder de los Visitantes de la serie “V”. La de Goebbels, ministro de propaganda de la Alemania nazi, tampoco.

En “El hundimiento”, los hijos de Goebbels y Magda tienen un inquietante parecido con Rod y Todd, los hijos de Ned y Maude Flanders en “Los Simpson”. No sólo esos niños llegan al búnker en el que la pesadilla nazi vivirá sus últimos momentos de hiperrealidad dispuestos a pasar unos días de vacaciones entre juegos y dulzonas canciones dedicadas al “tío” Hitler, sino que responden ante los terribles Goebbels y Magda como Rod y Todd lo hacen ante los buenísimos Ned y Maude. Hitler adoraba a su perro, Goebbels adoraba a sus hijos. ¿Se sabrían los hijos de Goebbels fragmentos de “Mi lucha”, como se saben los hijos de Ned fragmentos del Antiguo Testamento? ¿Es posible ver algunas escenas de “El hundimiento” en el búnker de la Cancillería como si se tratara del reverso tenebroso de un capítulo de “Los Simpson” en la vivienda unifamiliar aislada de Ned Flanders? Después de estas preguntas, ¿no apetece pedirle a Linus que nos deje compartir su manta?

Los hijos de Goebbels cantan cancioncitas al tío Hitler mientras el Ejército Rojo pisa Berlín, y así es más fácil dar la razón a Aristóteles cuando decía que las acciones son más voluntarias que los hábitos, porque de las acciones somos dueños desde el principio hasta el fin, pero de los hábitos sólo al principio. Las acciones fascistas son libres, pero evitables. Los hábitos son otra cosa, y pueden llevar a los hijos de Ned a cantar en el búnker de la Cancillería mientras el tío Hitler sonríe.