26 agosto 2016

TRUMP Y EL CARTEL DE SARCASMO


El programa “Last Week Tonight” (HBO), conducido por el comediante John Oliver, puede verse en España en Movistar Series, y cada emisión no sólo nos recuerda que en nuestro país “El intermedio” de El Gran Wyoming es una excepción, sino que confirma que la cintura de nuestros políticos ante la sátira es tan rígida como la de Gort, el robot de la maravillosa película “Ultimátum a la Tierra”. Tipos como John Oliver son la última frontera ante el horror que representa Donald Trump, y una forma de reconciliarnos con los Estados Unidos de Bruce Springsteen, de Aretha Franklin, de Franklin D. Roosevelt y de Sheldon Cooper.

Y hablando de Sheldon Cooper. En uno de sus espantosos y peligrosísimos discursos, el candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos y futuro invitado a las tertulias de ultraderecha de nuestra peor televisión, dijo que el presidente Barack Obama es el fundador del Estado Islámico y, puede que para no ser acusado de sexismo, presentó a Hillary Clinton, su rival demócrata en las próximas elecciones, como cofundadora de ese grupo terrorista. El análisis de John Oliver en “Last Week Tonight” de la basura salida de la boca de Trump mezcló verdades como puños de Hulk con esa descarnada ironía tan necesaria en momentos de emergencia ética como el que estamos viviendo. Trump, acosado por sus propios asesores, intentó rectificar sus acusaciones con la excusa de que nadie entendió su “sarcasmo”. Increíble. Si Trump creyera sus propias excusas (y poco después dejó claro que no lo hace), tendría que comportarse con los ciudadanos estadounidenses como Leonard se comporta con Sheldon cuando no entiende las cosas, y sacar un cartel de sarcasmo cada vez que acusa al presidente de los Estados Unidos de ser un terrorista. John Oliver define a Trump como un narcisista de Nueva York cuyos intereses empiezan y terminan con los problemas de los blancos, y eso, sigue diciendo Oliver, recuerda a “Café Society”, la última película de Woody Allen. ¿Qué más se puede pedir? Análisis político, risas y un hilo que conduce de Donald Trump a Woody Allen, dos neoyorkinos que representan lo peor y lo mejor de un país que necesita a John Oliver como Sheldon necesita un cartel de sarcasmo.

25 agosto 2016

LA TIERRA ROJA DE TARA


La doctora Alice Lambert se levanta para preparar el biberón de su hija Tara, suenan dos disparos y la pantalla se desploma en negro. Cuando la doctora Lambert despierta del coma, se entera de que su marido ha sido asesinado y su bebé ha desaparecido. Así, de esta forma tan potente, empieza la miniserie “Última oportunidad” (TVE). El bebé de la doctora ha sido secuestrado, y la trama enloquece en una espiral de malentendidos, corrupción, sospechas, secretos y oscuridad. No sabemos con qué nos encontraremos al final de la espiral, pero el camino nos obliga a plantearnos unas cuantas cosas. Por ejemplo, ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para salvar la vida de un hijo?

La doctora Lambert, que cree que el novio de su hermana toxicómana tiene una pista acerca del paradero de su bebé, apunta con una pistola a un policía que quiere detenerlos y amenaza con disparar si no deja que se vayan. ¿Es correcto? Desde luego, la acción de la doctora no cumple con el imperativo categórico de Kant porque no es buena en sí misma, tampoco es un imperativo de la sagacidad porque no se refiere a la elección de un medio para alcanzar la propia felicidad, y más bien parece un imperativo de la habilidad porque propone una acción necesaria para un fin posible. La doctora cree que matar a un policía es un medio necesario para encontrar a su bebé. ¿Todos nos comportaríamos como ella? Santo Tomás de Aquino diría que el principio general de la razón práctica es que se ha de obrar de acuerdo con la razón pero, aunque la ley natural es la misma para todos, puede haber excepciones no sólo porque cuanto más se desciende a lo particular es más probable que la verdad no sea la misma para todo el mundo, sino porque la razón puede estar oscurecida por una pasión, que es precisamente lo que le ocurre a esta madre desesperada. Las decisiones de la doctora Lambert surgen de la pasión por su hija Tara, al igual que la fuerza de Escarlata O´Hara en “Lo que el viento se llevó” salía de la tierra roja de Tara. Cuando Escarlata, mordida por el hambre, come un triste rábano para después jurar sobre esa tierra roja de Tara que preferirá ser ladrona o asesina antes que volver a pasar hambre, se comporta como la doctora Lambert cuando está dispuesta a todo antes que permitir que su bebé no vuelva a casa. La tierra roja de Tara, para desgracia del imperativo categórico, tiene muchas formas.

24 agosto 2016

OPERACIÓN SÍNDROME POSTVACACIONAL


Seamos previsores. Empecemos a preparar el síndrome postvacacional de este año, no vaya a ser que llegue septiembre y nos pille sin los deberes hechos. En una semana tenemos que estar en condiciones de encender la tele y cumplir con todos los síntomas que según los magacines matinales identifican el síndrome postvacacional. Nerviosismo, ansiedad y ese totum revolutum que dicen que nos tiene que pasar por volver a la rutina.  Y si nos tiene que pasar, nos pasará. No vaya a ser que salga el tema tomando el café en el curro y vayamos a ser nosotros los únicos panolis que estemos tan tranquilos que parezca que nuestras vacaciones fueron peores que las de los demás.

Aprendamos de la previsora Mariló Montero. La señora ha invertido 100 euros en su futuro en una jugada maestra. Ya no trabaja en “La mañana” de La 1 y necesita curro. En 2013 participó en una campaña para promover la seguridad vial y estaría bien que se volvieran a acordar de ella. Pero los traidores excompañeros de la revista “Corazón TVE” la sacaron en portada yendo en moto sin casco (¡aplasta tanto el peinado!). Ni corta ni perezosa, fue a la poli, se denunció a sí misma, pagó la multa con lo que se estaba ahorrando de peluquería, y asunto resuelto. Si con esto no le sale un curro en la tele, por lo menos la llamará la DGT para una campaña en la que se explique lo reconfortante que es ponerse multas y pagarlas.


Nosotros podemos ser tan previsores como Mariló, y con menos gasto aun. Parecida a la operación biquini, la operación síndrome postvacacional nos impone una estricta dieta audiovisual en la que desterraremos la tele veraniega de nuestras vidas y la sustituiremos por verano de verdad, terrazas, paseos y realidad auténticamente interactiva en 3-D. Cuando en septiembre volvamos a la rutina, encendamos la tele de nuevo y comprobemos que el dinosaurio todavía está ahí, notaremos, felices, cómo la depresión postvacacional nos queda perfecta, ajustadita como un guante, mejor que el biquini después de la operación biquini.

23 agosto 2016

MARÍA TERESA CAMPEADORA


Campea la Campos en los campos de Telecinco. Mil años después de que, polvo, sudor y hierro, el Cid cabalgara, campea campechana. Doscientos años después de que Jesús Hermida inventara las “chicas Hermida” y la tele de mañana, campea campeadora. Cien años después de que, maternal, sentara a Terelu en su regazo audiovisual, campea campurriana. Porque la Campos de “Las Campos” (noche del jueves en Telecinco) es María Teresa. Terelu solo es el pretexto para hablar en plural y titular “Las Campos” en vez de “La Campos”. Aunque ambas sean mitocondrialmente indistinguibles, no estamos ante un ‘reality’ -tan tramposo, tan ‘irreality’ como todos los ‘realities’- sobre la vida en diferido de una hija. Esta es la vida de una madre, de una madre coraje.

María Teresa, la misma que animaba el cotarro disfrazada de “Defensora del espectador” para, supuestamente, llevar la deontología periodística y la dignidad laboral a “Sálvame”, se ve ahora obligada a vender una vida privada para la que ya está mayor. Y hay demasiada competencia en un mercado rebosante de oferta. Da igual lo mucho que se exponga y estire su relación con ‘Bigote’ Arrocet, no es fácil competir con el sistema endocrino de los garañones y las verracas de “Mujeres y hombres y viceversa”. Por ejemplo.

Pero su auténtica preocupación es su hija. La quiere en primera línea, y no es fácil. Si intenta darle relevancia acompañándola -amadrinándola-, se encuentra con que su propia presencia la ensombrece y oculta. “Yo a veces he pensado una cosa terrible: tengo que desaparecer para que reconozcan a mi hija”, dice compungida en “¡Qué tiempo tan feliz!” (“Las Campos”, “¡Qué tiempo tan feliz!”, “Sálvame”; esta mujer no para. ¿No habría que someterla a un control antidoping?). Pero ya se ha visto que, cuando la deja volar sola, Terelu es de vuelo torpe y corto. Que María Patiño la desplace ya es lo de menos. El problema ahora es que, si se descuida, hasta la asistenta -la revelación del estreno de “Las Campos”- se la come con patatas fritas. 

22 agosto 2016

HACHAS, ESPADAS Y NO


La serie documental “El guerrero más letal” (Odisea) compara dos guerreros históricos, analiza sus puntos fuertes y débiles, prueba sus armas y, al fin, los expertos deciden qué pasaría si esos guerreros se enfrentaran. Un ejemplo. ¿Qué pasaría si se enfrentaran el rebelde escocés William Wallace y el jefe tribal zulú Shaka? ¿Qué es más peligroso, el enorme hacha del zulú, o la enorme espada del escocés? El combate tiene inevitables referencias cinéfilas porque William Wallace está ya forzosamente asociado a Mel Gibson con la cara pintada de azul en “Braveheart” y es difícil pensar en los zulúes sin que nos venga a la cabeza la película “Zulú”, en la que cuatro mil guerreros zulúes se enfrentaron a los invasores británicos. Así, entre el cine de aventuras y los expertos que prueban el hacha zulú con una pierna de un buey o clavan el escudo escocés con punta en un maniquí, el combate entre William Wallace y Shaka queda reducido a una especie de inofensivo videojuego que, según el programa informático de “El guerrero más letal”, terminaría con la victoria del escocés.

Otra cosa es cuando en “El guerrero más letal” se enfrentan un terrorista del IRA y un talibán. No es lo mismo. Wallace y Shaka tienen la ventaja del tiempo, de forma que el teórico enfrentamiento entre el escocés y el zulú está al nivel del imposible enfrentamiento entre un guerrero homérico y un legionario romano o, si me apuran, entre un marine estadounidense y un extraterrestre de “Independence Day”. Otra cosa es cuando se analiza, con absoluta falta de contextualización y de análisis, el combate entre un miembro del IRA y un soldado talibán. Da un poco de miedo, y roza el mal gusto. Ver a los expertos discutir sobre si las tácticas urbanas y armas de los terroristas del IRA podrían derrotar a las armas y tácticas guerrilleras de los talibanes no puede compararse con el análisis de los defectos y virtudes del hacha zulú y la espada escocesa. Creo que sería necesario establecer un límite histórico, y decidir dónde está ese límite podría ser una buena idea para un documental veraniego emitido en Odisea. Sin límites, un capítulo de “El guerrero más letal” podría analizar las mochilas explosivas de los terroristas del Estado islámico y las bombas que caen sobre Alepo con ingeniosas recreaciones y chispeantes comentarios de los expertos. Y no. 

21 agosto 2016

LOS LÍMITES DEL MUNDO


Si la filosofía, como decía Wittgenstein, es una lucha contra el embrujamiento de nuestra inteligencia mediante el uso del lenguaje, podría decirse que Zahira (12 años), Carlos (11 años), Jackson (11 años) y Samuel (13 años) han vencido en esa lucha porque cada palabra que pronuncian significa exactamente lo quieren decir, y es imposible que nadie que les escuche caiga en ese embrujamiento que esconden palabras como “progreso” o “libertad”. Zahira, Carlos, Jackson y Samuel son los protagonistas de “Camino a la escuela” (Xtra), un documental acerca de la aventura diaria que supone para estos niños ir a la escuela. Zahira, 22 kilómetros, cuatro horas caminando por el Alto Atlas (Marruecos). Carlos, 18 kilómetros, una hora y media a caballo por la Patagonia (Argentina). Jackson, 15 kilómetros, dos horas por Laikipia (Kenia). Samuel, 4 kilómetros en silla de ruedas arrastrada por sus hermanos, una hora y quince minutos en la Bahía de Bengal (India). El documental, estoico y exacto en sus bellísimas imágenes, presenta a estos niños como héroes, pero la palabra “héroe” nos embruja y nos confunde.

No hace falta que el lenguaje nos embruje para que entendamos el valor de Zahira, Carlos, Jackson y Samuel. Cuando el padre de Jackson despide a su hijo a las cinco y media de la mañana diciendo que espera que vuelva de la escuela más valiente, fuerte, inteligente e instruido, esas palabras amplían los límites de nuestro mundo; pero cuando explicamos a nuestros hijos que tienen mucha suerte porque pueden ir al cole caminando unos minutos o en autobús es probable que no nos entiendan porque las palabras “suerte” y “cole” no significan lo mismo para todos. Creo que TVE debería emitir “Camino a la escuela” los primeros días de septiembre y liberar así a padres, pedagogos y publicistas de “El Corte Inglés” de la ingrata tarea que supone dirigirse a los niños que como Felipe, el amigo de Mafalda, no ven nada claro qué tiene de bueno el fin de las vacaciones. Por cierto, yo no pude ver el final del documental porque cuando se pinchó una de las ruedas de la silla de Samuel y sus hermanos tuvieron que empujar todavía más fuerte pero sin perder la sonrisa, los límites de mi mundo se ensancharon tanto que me quedé sin fuerzas. Ya me contarán cómo acabó la historia de Samuel y su silla, de Zahira y su gallina, de Carlos y su caballo y de Jackson y su lucha para esquivar a los elefantes.