Leña: el segundo es el primero de los perdedores. Caña: el subcampeón es el campeón de los derrotados. Palo: la medalla de plata es la medalla de oro de los fracasados. Vale, sí, es una forma terrible de ver las cosas, pero ahora que tenemos la autoestima por los suelos, debemos rematar reconociendo que la realidad es aún peor. En la vida diaria podemos ser unos perdedores porque solo llegamos a ser el segundo de los mejores, pero podemos ser aún más perdedores si solo llegamos a ser el segundo de los peores. Justo eso es lo que le pasa a “Vuélveme loca” en Telecinco.
“Vuélveme loca” es una birria, pero no la mayor de las birrias que emite Telecinco. “Vuélveme loca” es una mierda de programa, pero hay mierdas más rotundas. “Vuélveme loca” es malo, muy malo, pero no el peor. En un universo en el que existen “Sálvame” y “La noria” no es fácil conseguir el reconocimiento que te mereces porque cuando los espectadores queremos hablar de la encarnación del mal televisivo no nos contentamos con referirnos a un programa malo, a un segundón, recurrimos a los grandes triunfadores del mal, a “Sálvame” y a “La noria”. “Vuélveme loca” lleva un par de años haciendo las cosas todo lo mal que puede, esforzándose todo lo que es capaz, pero no triunfa. Nunca nos acordamos de “Vuélveme loca” para ponerlo a parir como se merece porque estamos demasiado ocupados despellejando a los ganadores, a los campeones, a los medallas de oro.
Telecinco ha comunicado que este fin de semana se emitirá por última vez “Vuélveme loca” en sus sobremesas. Sus actuales presentadores, Tania Llasera y Jaime Bores se irán sin pena ni gloria, igual que antes se fueron Celia Montalbán y Patricia Pérez. Son segundones del mal, subcampeones, medallas de plata ensombrecidos por gigantes como Jorge Javier Vázquez y Jordi González. Recordémoslos hoy y mañana cuando encendamos la tele y despidámoslos como se merecen: sin hacerles ni puñetero caso.
En los programas de televisión no se da la relación transitiva que estudiamos en la asignatura de Matemáticas, -¡alto! ¡no, por favor! no dejen de leer la columna sólo porque aparezca en ella el sintagma “asignatura de Matemáticas”; les prometo que será sólo un momento y después el argumento coge su intríngulis-. Si una magnitud es igual a otra segunda, y ésta segunda es igual a otra tercera, entonces podemos afirmar que la primera cantidad y la tercera son también iguales, -¿ven cómo no ha sido tan traumático?-. Pero no ocurre así en la ficción televisiva. Los creadores de “House” nunca ocultaron que bastantes elementos de la serie están inspirados en las novelas de Conan Doyle sobre Sherlock Holmes: el propio personaje del doctor Gregory House pretendía originalmente ser un detective médico, y la relación de House con el oncólogo Wilson conmemoraba el juego de caracteres entre Holmes y su ayudante Watson. Por otro lado, los espectadores de “Sherlock”, -por Dios, que nadie se pierda el último capítulo de la segunda temporada en TNT; es tan bueno que la Real Academia ha hecho una excepción y permite juntar dos superlativos para decir que es brutalísimamente genialísimo-, notamos que los dos personajes protagonistas están muy influidos por House y Wilson; de hecho, algunos momentos entre el detective y su ayudante parecen sacados literalmente de los mejores capítulos de “House”.
Pues bien, los personajes de “House” se parecen a los de las novelas de Sherlock Holmes y los personajes de “Sherlock” se parecen a los personajes de “House”, y, sin embargo, ni el Sherlock Holmes ni el Watson de las novelas se parecen en nada al Sherlock Holmes y al Watson de “Sherlock”. Es la prueba de que la transitividad en la relación de igualdad que funciona en el campo de los números no funciona en el campo de los programas de televisión. O quizá sea la prueba de que las antiguas primeras temporadas de “House” y estas nuevas primeras temporadas de “Sherlock” son tan buenas que no pueden ser analizadas con la lógica de la vida cotidiana.
Todo en la naturaleza tiene una utilidad. Bueno, todo salvo los pezones en los varones y Kiko Rivera en “Tú sí que vales”. Éstas son las dos únicas anomalías que obstaculizan una explicación verdaderamente evolutiva y funcional del cosmos. Los pezones son muy útiles en las hembras; permiten la lactancia canalizando la leche que alimenta a sus crías durante los primeros momentos de vida. Kiko Rivera es muy útil en programas como “Sálvame”; su vida amorosa y sus filiaciones familiares proporcionan contenidos en los que ocupar entre cincuenta y ochocientas horas de mal circo al año. Pero algo raro ocurre en el momento en el que empieza a diferenciarse sexualmente un embrión que hasta entonces poseía unas ambivalentes estructuras genitales. Se comienzan a formar la vulva, la vagina y los ovarios en las hembras. Se comienzan a formar los testículos y el pene en los varones. Y los pezones, únicamente funcionales en aquéllas, se mantienen en éstos. No cabe duda de que “Sálvame” y “Tú sí que vales” compartieron estadios embrionarios comunes, pero cuando comenzó la diferenciación fetal Kiko Rivera se mantuvo en ambos programas. Numerosos especialistas han estudiado el fenómeno. Nadie lo entiende.
Kiko Rivera son los pezones masculinos de “Tú sí que vales”. Está ahí, en mitad de la nada vellosa del público, redondito y moreno, soltando alguna bobaduca anodina cada veinte minutos, mientras Risto Mejide, Merche, José Corbacho y Christian Gálvez trabajan para mantener estables las constantes vitales del organismo. Hasta el Sevilla vale para algo en un mundo en el que Kiko Rivera no vale para nada. Y los órganos inútiles no sirven más que para dar problemas: aunque su prevalencia es muy baja, los varones también pueden padecer cáncer de mama en los restos de tejido mamario que conservan de su etapa embrionaria. Quizá convendría valorar la kikotomía preventiva, porque mucho nos tememos que lo único que va a poder hacer Kiko Rivera en “Tú sí que vales” es tumorarse.
Los que sostenemos que estamos viviendo la edad de oro de la ficción televisiva, intentamos no desvelar que Nitro emite “Walker Texas Ranger” y que promociona la serie con esta frase: “Todos llevamos dentro un Chuck Norris”. Los pitagóricos prohibían revelar el descubrimiento de los números irracionales, que introducían un factor de desorden en el orden del mundo, y los teléfilos procuramos no revelar que, al menos según Nitro, todos llevamos dentro un Texas Ranger como Walker, que introduce un factor de desorden en el orden de “Sherlock”, “Alcatraz” o “Fringe”. Las patadas giratorias de Chuck Norris son los números irracionales de las series televisivas. Y si es cierto que todos llevamos dentro un Chuk Norris, entonces Norris es una especie de “alien” que uno de estos días saldrá de nuestro pecho mientras estamos tan tranquilos resolviendo un crimen con Sherlock Holmes.
Los números irracionales televisivos existen y defienden los valores americanos con patadas giratorias, pero no hay un ranger de Texas dentro de cada espectador. Al igual que los dioses de los romanos, antes de que la influencia griega les espabilara un poco, eran prosaicos, funcionales y sanitarios, las aventuras del ranger Cordell Walker interpretado por Chuck Norris son prosaicas, funcionales y sanitarias, y han sido superadas hace tiempo por los policías de Baltimore de “The Wire” o la agente de la división “Fringe” Olivia Dunham. Entiendo que muchos espectadores prefieran a los rudos dioses romanos antes que a los sofisticados dioses griegos, y que disfruten con Chuck Norris tanto como otros disfrutan con las dotes inductivas de Sherlock Holmes. También entiendo que Nitro trate a Chuck Norris como una estrella porque Norris es el exceso en estado puro, y en televisión sólo permanece lo que de algún modo se exagera. Y entiendo que “Walker Texas Ranger” comparta cadena con “Colombo”, “Stargate Universe”, “McGyver” y “The Pacific”. Dioses funcionales y dioses del Olimpo. Lo que no entiendo es eso de que todos tenemos dentro un Chuck Norris. A no ser que… A no ser que esto que siento dentro del estómago mientras escucho a Chuck Norris decir que los hombres que se ganan la vida en pantalón corto le ponen enfermo no sea vértigo irracional, sino una patada giratoria.
Platón era mucho Platón. En su famoso mito de la caverna dice que los sabios no deben vivir aislados en su torre de sabiduría, sino poner sus conocimientos al servicio de la sociedad. Pero advierte de que los sabios, los estudiosos que escapan de la ignorancia, están condenados a tener problemas cuando culminan sus estudios y vuelven a vivir el día a día con sus conciudadanos. Nada nuevo bajo el sol: Sheldon y sus amigos en “The Big Bang Theory” no terminan de encajar con las preocupaciones e intereses habituales del ciudadano medio que los ve como tipos raros. Por eso el problema más gordo de los sabios es volver a la vida cotidiana: no son bien recibidos. Pero deben volver y poner su saber al servicio de los demás.
Tras los constantes recortes en ciencia, en España está desarrollándose una iniciativa que pide que la declaración de la renta incluya una casilla para que quien quiera pueda solicitar que el 0,7% de sus impuestos se destine a investigación. Muy bien: no puede ser que formemos sabios y después los mandemos a mejorar la caverna alemana, en vez de pedirles que mejoren su propia caverna, nuestra caverna, la caverna que pagó sus estudios y los hizo sabios. Sin duda hay que apostar por la investigación, el desarrollo y la innovación, pero Platón le añadiría la divulgación. Nuestra caverna, nuestro Estado, nuestra sociedad mejoraría si invirtiéramos más en I+D+i+d en vez de recortar en I+D+i.
Queremos una casilla para pedir que al menos el 0,7% de las emisiones totales de todas las cadenas públicas sean de divulgación científica. Hay cadenas que dedican el 100% de su tiempo al deporte, las noticias o los niños. No hay cadenas de divulgación científica. Apenas hay un par de programas sueltos que dan la palabra a los sabios científicos para que nos enseñen lo que saben. Platón pondría más programas así en la televisión de su Estado ideal. Platón era mucho Platón.
Veo, veo un problema gordo. Veo, veo que todos los años escribo un artículo titulado “Veo, veo” y nunca me había pasado esto. Es que una cosa es hacerse pasar por un timador adivino (o sea, por un adivino) como hago una vez al año, y otra cosa es hacerse pasar por un timador médium (o sea, por un médium) como quiero hacer hoy.
Para hacerse pasar por un adivino basta con empezar las frases diciendo “Veo, veo” y luego asegurar que va a pasar lo que te salga de las narices. Puedes decir que lo lees en las estrellas, las cartas, una bola de cristal o los posos del café. Qué más da. Lo importante es decir que ves que va a pasar y punto. El resto del trabajo lo hacen los incautos que oyen la estupidez y se la creen. En la tele, esos infelices pagan por creérselo en directo y ahí está el negocio.
Lo que pasa en que, viendo lo bien que le van las cosas a la timadora médium Anne Germain en “Más allá de la vida”, hoy no quiero adivinar el futuro de la tele para 2012, sino contactar con el espíritu de los programas que murieron el año anterior. Así que el artículo que cada mes de enero titulo “Veo, veo”, este año debe ampliarse a “Oigo, oigo”.
Pues venga. Veo, veo que oigo, oigo que desde el más allá, mucho más allá del fondo a la derecha, los programas muertos me envían sus mensajes. Están tristes y cabizbajos (bueno, lo cabizbajos que pueden estar unos no-seres sin cabeza que, por tanto, no la pueden tener baja). Para poder descansar eternamente en paz me lanzan este mensaje: los habitantes del más acá debemos resucitar la horrible adaptación de “Cheers” que hizo Telecinco porque el espíritu de Antonio Resines está pesadísimo criticando a los que le criticaron y diciendo que la serie era buenísima. Ahora hagan lo que quieran. Yo solo digo lo que veo, veo que oigo, oigo.