19/8/17

HAY OTROS MUNDOS


En el segundo episodio de la maravillosa serie documental “Pop. Una Historia de música y televisión” (#0), Loquillo sentenció, con su eterna media sonrisa, que Lolo Rico, la mujer que creó el programa “La bola de cristal”, hizo más por la educación de los niños en España que todo el tiempo que esos niños pasaron en el cole o en el instituto. ¿Exagerado? ¿Los niños y niñas de los años 80 del pasado siglo deben tanto a los electroduendes y, en especial, a la Bruja Avería (“¡Viva el mal, viva el capital!”)? ¿Tienen alguna deuda de gratitud aquellos jóvenes con Alaska, Pedro Reyes, Pablo Carbonell, Santiago Auserón, Javier Gurruchaga, el propio Loquillo o Kiko Veneno disfrazado de monstruo de Frankenstein? ¿Hay que invitar a un par de cañas a Lolo Rico por haber conseguido que en “La bola de cristal” se emitieran videoclips de Franco Batiato, Golpes Bajos, Nacha Pop o Gabinete Caligari? En definitiva, ¿Loquillo tiene razón y “La bola de cristal” fue más importante para los niños y jóvenes de los 80 que las clases de Matemáticas, Lengua y Sociales en el cole y en el instituto? Digámoslo de otra forma. El cole y el instituto fueron tan importantes para la educación de los niños y jóvenes de los 80 como “La bola de cristal” de Lolo Rico.

Y ahora, las inevitables preguntas: ¿por qué Lolo Rico, que fue también guionista de “La casa del reloj” y de “Un globo, dos globos, tres globos”, no es hoy directora general de algo, ocupante de cualquier sillón de la Real Academia Española o premio Princesa de Asturias de lo que sea? ¿Por qué no hay un programa como “La bola de cristal” en la televisión pública? ¿Pueden existir otros universos televisivos, más allá de este universo de mujeres y hombres y viceversa? Como dice el cosmólogo Lawrence M. Krauss, hablar de muchos universos distintos puede sonar a oxímoron porque la noción tradicional de universo se ha considerado sinónima de “todo lo que existe”, pero al menos desde el punto de vista matemático es posible la existencia de otros universos, regiones que siempre han estado y estarán causalmente desconectadas del nuestro. La existencia de “La bola de cristal”, un programa causalmente desconectado y separado por un océano de espacio de nuestro universo, es prueba de ello. Sin embargo, hay que ser optimistas. Nuestro universo televisivo es tan grande que algo que no resulte imposible puede ocurrir más pronto o más tarde en su interior. No es imposible que un programa como “La bola de cristal” ocurra en TVE, como tampoco es imposible que la educación pública sea tan importante para los niños y jóvenes de hoy como lo fueron los electroduendes  para los chavales de los 80. Hay otros mundos, y pueden estar aquí.

18/8/17

ALIVIO ZOMBI


Si algo tiene de bueno la serie “Z Nation” (Cuatro), es que se puede destripar parte de su argumento sin que nos caigan encima legiones de seguidores con sus espadas flamígeras dispuestos a vengar semejante blasfemia. No se le ocurra desvelar algún detalle de “The Walking Dead”, otra serie de zombis, porque sus seguidores le comerán la cara. Por no hablar de “Juego de Tronos”, una serie en la que debemos medir en público nuestras citas y opiniones como si estuviéramos ante el Consejo de Guardianes de la República Islámica de Irán. Frente al fundamentalismo agrio de muchos seguidores de “The Walking Dead” o de “Juego de tronos”, es agradable ver “Z Nation” y pasar el rato con sus situaciones un poco disparatadas, acción sin medida, personajes delirantes (“Citizen Z”, un militar tan creíble como Mario Vaquerizo interpretando a Hamlet), bromas gamberras (un coche no funciona porque tiene un zombi metido en una rueda), efectos especiales entrañables (es decir, baratos) y una misión clara, sencilla de entender y larga de ejecutar: llevar como sea a Murphy, el único humano inmune al virus zombi, desde Nueva York a un laboratorio de California. En efecto, y como diría Cavafis, lo importante en la serie es el viaje, no los anticuerpos de Murphy que pueden servir para encontrar una vacuna y salvar a la especie humana. La acción es el mensaje.

En “Z Nation” no hay bates espinados como el de Negan en “The Walking Dead”, pero sí bates de hierro punzantes como el de Addy;  en “Z Nation” hay menos diálogos con intenciones profundas y menos reflexión acerca de la naturaleza y los límites del poder; y los zombis de “Z Nation”, a diferencia de los zombis de “The Walking Dead” que siempre están como de resaca, son más rápidos y peligrosos. Hay demasiados zombis sueltos en la televisión y el cine, es cierto, pero si “Fear the Walking Dead” dio un interesante giro a “The Walking Dead” y “Guerra mundial Z” nos permitió ver al Mossad israelí tomando medidas contra la invasión zombi que recuerdan a ciertos muros, “Z Nation” no se toma muy en serio a sí misma y eso hace que los espectadores tampoco nos tomemos muy en serio a nosotros mismos mientras vemos a ese médico que sólo ha visto muchos episodios de “Urgencias” y a ese chico que se hace llamar “10.000” porque su objetivo es matar 10.000 zombis y cada vez que mata un zombi dice el número, como hace el enano Gimli en “El señor de los anillos” cuando mata orcos. “Z Nation” nunca será una religión, como lo es “The Walking Dead” o “Juego de tronos”, así que nunca habrá herejías, dogmas ni espectadores destripados por destripar que no sé quién muere en no sé qué capítulo de no sé qué temporada. Qué alivio, ¿no?

17/8/17

TE COMPRO EL APOCALIPSIS


No puedo soportar los anuncios de teletienda porque creo que ver a ese tal Vince diciendo “No más tuna aburrida” mientras corta cebollas con el Slap Chop destruye la confianza en el progreso de la humanidad. Sin embargo, algo tiene “¿Quién da más?” (Mega), ese programa en el que compradores profesionales caen como buitres sobre lotes de artículos que sólo pueden inspeccionar con la mirada durante unos minutos, que paraliza mi dedo pulgar de tal forma que no puedo cambiar de canal hasta ver si los buitres han acertado con sus intuiciones o tendrán que comerse un  montón de objetos inútiles. Todos los objetos tienen un precio, y los compradores de “¿Quién da más?” lo saben porque el precio de las cosas es lo único que les interesa de las cosas. Pero lo más fascinante de “¿Quién da más?” no es la reducción de lo real a un precio, sino las explicaciones que los compradores ofrecen ante cada objeto para justificar ese precio. Por ejemplo, en uno de los capítulos de “¿Quién da más?”, uno de los compradores sacó de un depósito de almacenamiento un montón de viejas emisoras de radio y estaciones base mientras decía, con la satisfacción de haber dado en la diana, que los apocalípticos las comprarían como locos. Con “apocalípticos” el comprador no se refería a una de las posiciones ante la cultura propuestas por Umberto Eco en su ensayo “Apocalípticos e integrados”, por supuesto, sino a esos tipos que están convencidos de que el apocalipsis nuclear, biológico o zombi está cerca y que para sobrevivir hay que acumular latas de conserva, linternas, botellas de agua y emisoras de radio. Fascinante, sí.

El historiador británico Tony Judt se declaró, casi al final de su vida, pesimista a corto plazo pero optimista a medio plazo. Los apocalípticos que tienen interés en sobrevivir en un mundo postapocalíptico como el que describe Cormac McCarthy en su novela “La carretera”, son pesimistas a corto plazo y ultrapesimistas a medio plazo. Pero los compradores de “¿Quién da más?” son optimistas a corto plazo y ultraoptimistas a medio plazo no sólo porque están encantados con poder vender emisoras de radio a los apocalípticos, sino porque seguro que están convencidos de que en un mundo postapocalíptico ellos se convertirían en los dueños de esa mierda de mundo. El vendedor del Slap Chop en la teletienda cree que sabe algo de la naturaleza humana cuando tritura cebollas, pero los que verdaderamente saben algo son los compradores de “¿Quién da más?”, esos tipos optimistas que venden emisoras de radio a los pesimistas apocalípticos y que creen que el apocalipsis es sólo una gran oportunidad de negocio.

16/8/17

URANIO EN LA ONU


Ocurrió de repente, mientras veía el reportaje de “En portada” (Canal 24 horas) sobre el funcionamiento de la ONU, un desfile de funcionarios muy serios, reuniones importantísimas, salones intimidantes y salitas discretas, traductores, diplomáticos, expertos, estrategas, especialistas, videoconferencias, despachos, planes a corto, medio y largo plazo e idealismo que cuesta más de dos mil  millones de euros al año, a los que hay que añadir las misiones de paz, que cuestan otros tres mil millones. No me parece caro. Del mismo modo que los que dicen que la educación pública es cara deberían probar el sabor de la ignorancia popular, los que critican a la ONU por ser cara deberían probar un mundo sin ONU. Sin embargo, los tres años de trabajo que fueron necesarios para que todos esos funcionarios, reuniones y expertos produjeran el documento con los 17 objetivos de desarrollo sostenible me sonó a MacGuffin, ese concepto inventado por Hitchcock para referirse al elemento del guion de una película que, siendo central, es también irrelevante porque en realidad a nadie le importa. El uranio de la película “Encadenados”, por ejemplo, o la estatuilla de “El halcón maltés”. Sin uranio y sin estatuilla no hay películas. Sin los 17 objetivos para el desarrollo sostenible no hay ONU. Pero que un MacGuffin sea indispensable no quiere decir que sea importante.

Entre los 17 objetivos de la ONU para el desarrollo sostenible están el fin de la pobreza, el hambre cero, la igualdad de género, el trabajo decente, la paz y la justicia. Desde luego, estos objetivos animan la vida de la ONU e inspiran bonitos folletos de colores, pero se parecen bastante al uranio de “Encadenados” y la estatuilla de “El halcón maltés”. ¿Fin de la pobreza? ¿Hambre cero? ¿Justicia? Da la impresión de que lo que realmente importa en la ONU, como sucede con los microfilms en las películas de espías, los tesoros en las películas de piratas o los objetos arqueológicos en las películas protagonizadas por Indiana Jones, no es el documento con los 17 objetivos para el desarrollo sostenible sino, como apuntan Jordi Balló y Xavier Pérez en “La semilla inmortal”, la riqueza dramática que provoca llegar a conseguirlo. El uranio, una estatuilla, los microfilms, los tesoros escondidos, el arca de la alianza y los documentos que proponen acabar con la pobreza y el hambre tienen una importante función narrativa en el cine y en la ONU, pero poca o ninguna trascendencia. De todas formas, “Encadenados” no sería lo mismo sin el uranio y la ONU no tendría sentido sin documentos con 17 objetivos. El mundo, probablemente, tampoco.

15/8/17

TURISTAS COMO ULISES


Como no soy tan rápido de entendimiento como Donald Trump, que tiene para el problema de Corea de Norte la misma sutil solución que ofrece Máximo en “Gladiator” antes de luchar con los bárbaros (“A mi señal, ira y fuego”), tardé en comprender que los turistas son el nuevo enemigo, una vez que hemos aceptado que los bancos son nuestros amigos. Casi agotado el filón de las noticias acerca del calor que hace en verano, los telediarios prestan toda su atención a la peligrosísima invasión de turistas que llenan Barcelona, las playas del Mediterráneo, La Concha de San Sebastián y el Museo del Prado. Malditos turistas. Algunos ciudadanos conscientes ya se han organizado para acosar a esa gentuza que insiste en no alojarse en hoteles carísimos y exclusivos, no comer en restaurantes exclusivos y carísimos, y no comprar en tiendas absurdamente caras y ridículamente exclusivas. El turismo de masas. Puaj. Con lo que mola hacer turismo sin formar parte de la masa. Con lo que mola ser viajero, y no turista. Con lo que mola ser Ronaldo en Mykonos. Con lo que mola viajar en un Ferrari rojo y no en un cutre autobús turístico.

Los turistas pueden sentirse en muchos lugares como Ulises, que en su largo viaje de regreso a Ítaca tras la guerra de Troya viajó por el Mediterráneo enfrentándose a mil peligros. Los turistas deberán ser tan listos como Ulises cuando engañó al cíclope Polifemo si quieren salir vivos de esas cuevas que ofrecen falsa hospitalidad. Los turistas tendrán que aprender a navegar por los estrechos dominados por los monstruos Escila y Caribdis, es decir, “venid a visitarnos porque eso es bueno para el empleo y el PIB” pero “no sois bien recibidos porque sois demasiados”. Los turistas no podrán caer en la tentación de aceptar los regalos de Circe si no quieren acabar convertidos en cerdos de los que se aprovecha todo. Los turistas se taparán los oídos con cera o se atarán al mástil de sus barcos para no sentirse atraídos por el canto de las sirenas que ofrecen autenticidad y esencias en forma de paella, sangría, flamenco, arena y Gaudí. Los turistas no deben creer que viajar es estar de vacaciones.

Ulises es el nuevo turista, y sobre él debe caer la maldición que Polifemo pide a su padre Poseidón: “¡Concédeme, padre, que si mi enemigo vuelve alguna vez a su casa, sea tarde y mal, en nave ajena, después de perder a todos sus compañeros, y encuentre nuevas cuitas en su morada!”. Por supuesto, si los turistas vienen a visitarnos en yate, Polifemo se convierte en la ninfa Calipso y los turistas querrán vivir para siempre en el lecho del amor.


14/8/17

CULOS Y CULOS


No es lo mismo ver a Edward Bear Grylls intentando atravesar un desierto en “El último superviviente” que acompañar a Mario Picazo al pueblo más frío de la tierra en “Climas extremos” (La 2). La diferencia es, precisamente, que la mayoría nos limitamos a ver a Bear Grylls pasar calor, pero todos acompañamos a Picazo mientras tiene frío. Ver o acompañar. No es que el frío extremo del pueblo siberiano de Oymyakon sea más llevadero que el calor extremo de un desierto de Arizona, sino que el tono amable de los viajes de Picazo convierte al meteorólogo en un compañero de aventura, mientras que la insistencia del aventurero en dejar claro que todo lo que hace es peligrosísimo le aleja del viaje. Es interesante ver a Bear Grylls pelar un higo chumbo e improvisar un par de piolets con ramas secas, pero es mucho mejor acompañar a Picazo mientras soporta cuarenta y siete grados bajo cero y bebe vodka. Si Bear Grylls grabara un episodio de “El último superviviente” en Oymyakon, sólo podríamos ver lo que hace; pero si Picazo se diera una vuelta por un desierto de Arizona, le acompañaríamos en su viaje. Lo importante no es el calor insoportable o el frío brutal, sino decidir si se quieren hacer documentales para ver o para acompañar.

Pero me gustaría hablar ahora del culo de Mario Picazo y de los culos de las socorristas de la playa de San Lorenzo de Gijón. Todos los veranos hay una canción del verano machacona y una polémica absurda, o viceversa, y la polémica absurda y machacona de este año es que el bañador de las socorristas de la playa gijonesa es tan exiguo que, si prestamos mucha atención y utilizamos unos prismáticos y estamos dispuestos a indignarnos con gilipolleces y estamos mal de la cabeza, se les ve gran parte del culo. En el capítulo de “Climas extremos” dedicado al pueblo más frío del mundo, acompañamos a Picazo desnudo mientras se rebozaba en la nieve a más de cuarenta grados bajo cero. Dos veces. ¿Qué tiene el culo de Picazo que no tenga el culo de una socorrista? ¿Por qué el culo desnudo de un meteorólogo en la nieve no es noticia, pero el culo embutido en un bañador de una socorrista en la playa es un escándalo? ¿Habría algún problema si Picazo fuera socorrista y enseñara el culo en una playa? ¿Alguien se molestaría si en vez del culo de un meteorólogo en Siberia viéramos el culo de una socorrista? ¿Los comentarios sexistas se reservan para las socorristas y no para los meteorólogos? Y podría seguir formulando preguntas absurdas hasta que se calentara Oymyakon o se enfriara el desierto de Arizona, pero está sonando la canción del verano en la radio y quiero escuchar bien la letra.