27/5/18

MARTES Y VIERNES, EN TELECINCO


Telecinco debería tratar a sus espectadores con más consideración. Debería realizar una campaña informativa por tierra, mar y aire avisando de que hay tres noches a la semana en las que no emite “Supervivientes”, ¡nada menos que tres noches en las que quien sintonice esta cadena no caerá en las hondísimas honduras de Honduras!

Hasta hace unos días no hacía falta esta campaña informativa porque eran cuatro las noches dedicadas a otras cosas y “solo” tres las dedicadas a “Supervivientes”. Por eso tenía sentido que Telecinco informara de cuáles eran las tres noches de “Supervivientes”: las de los jueves para la gala, y las de los martes y los domingos para los debates. Así las destacaba por oposición a las otras cuatro noches, que eran mayoría, y avisaba a sus seguidores para que no se lo perdieran. Pero desde esta semana, no. Esta semana Telecinco cambió su parrilla. Como Antena 3 iba a estrenar “La catedral del mar” el miércoles, y a Telecinco le daba mieditis enfrentarse a un producto de calidad con un cascarón vacío como “Factor X”, decidió trasladar “Factor X” a los viernes y emitir los miércoles un producto de la casa sobradamente contrastado y de reconocida pestilencia. Por eso apostó por estirar más el chicle de “Supervivientes” dedicándole también esa noche. Con la incorporación a última hora de “Supervivientes: última hora”, ya tenemos que el horario de máxima audiencia de Telecinco está íntegramente dedicado a “Supervivientes” cuatro de los siete días de la semana.

O sea: señores y señoras telespectadores de Telecinco que tienen más paciencia que el santo Job, sepan ustedes que Telecinco dedica la noche de los martes a la serie “La verdad” y no a “Supervivientes”, la noche de los viernes al concurso “Factor X” y no a “Supervivientes”, y la noche de los sábados a la birria “Sábado deluxe” y no a “Supervivientes”. Un momento: a no ser que lleven, como es de esperar, invitados de “Supervivientes”. Bueno, no importa, aún quedan el martes y el viernes. Por ahora.

26/5/18

LA FELICIDAD ERA ESTO


Esta columna juega en ocasiones a vacilar al lector mediante historias falsas completamente desquiciadas. Pero esto que les voy a contar hoy es totalmente cierto: BMC Public Health, una revista científica sobre salud pública que cumple con todos los estándares de calidad habituales dentro de la ciencia médica -editorial prestigiosa, índices de impacto altos, inclusión en bases de datos de referencia mundial- ha publicado en su edición de mayo un estudio que relaciona la satisfacción vital, el suicidio y el Festival de Eurovisión. ¡No, no, esperen! ¡No dejen de leer la columna! ¡Les hablo en serio! Ciento sesenta y dos mil setecientas setenta y tres encuestas en treinta y tres países europeos entre 2009 y 2015. Autores del Imperial College de Londres. Análisis estadísticos incontestables con intervalos de confianza elevados.

Y los resultados son concluyentes: cuanto mejor sea el resultado en el Festival de Eurovisión de un determinado país, más encontraremos en los meses siguientes entre sus habitantes un aumento en la satisfacción con la vida y un descenso en las tasas de suicidio. Incluso resultados espantosos (ejem, ejem) en la final se asocian a mayor satisfacción con la vida que eliminaciones en las fases previas que impiden concursar en la gran gala del Festival.

¿Platón, mindfulness? ¿Inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina? ¿Ejercicio, vivir acompañado, creencias religiosas? ¿Filosofía? ¿Sexo, drogas, rock and roll? No, amigos, la clave para la felicidad es el Festival de Eurovisión, y esto, paradójicamente, no supone un argumento a favor del certamen sino una de las pruebas más incontestables que conozco en contra de la felicidad. Sé que es una decisión existencial de alta trascendencia, pero no voy a vivir teniendo como objetivo algo que pasa por soportar el horror de la canción ganadora de este año ni de ninguna de las otras veintitrés perdedoras. La felicidad, ya lo sospechábamos desde la creación del Instituto Coca-Cola de la Felicidad, era esto: Eurovisión.

25/5/18

EL SALMOREJO COMO TEORÍA POLÍTICA


No son las emociones las que crean los Estados. Son los Estados los que crean las emociones. Todos los Estados -pasados, presentes, futuros- son soluciones coyunturales a la complejísima red de intereses conflictivos entre grupos de poder, mediadas por variables productivas, comerciales, demográficas… Después ya vendrá la propaganda para vincular emocionalmente a la ciudadanía con la estructura política, fundando dicho Estado en Dios -del siglo XIX para atrás- o en la cultura -del XIX para adelante-. Pero primero viene el arancel y luego, el himno.

¿Cómo explicar entonces que en Cataluña exista una importante marea emocional que clama por un Estado que aún no existe? Pues porque sí lleva décadas existiendo de facto, una vez que el Estado español redujo su presencia propagandística -educativa y mediática- en el territorio más rico de España, a cambio del apoyo de su burguesía a los gobiernos centrales, necesario por aritméticas electorales. Treinta años después de tal irresponsabilidad de izquierda y derecha, nos encontramos con una generación que, convencida de que es el hielo el que enfría al frigorífico y de que existen los sujetos históricos a priori, reclama que se reconozca en la teoría lo que en la práctica les han venido contando la escuela y la televisión desde que eran niños.

Atrapado en la candidez, creyendo que las voluntades individuales -meramente psíquicas- son la clave de este lío, Jordi Évole vuelve a intentar solucionar el problema catalán poniendo a charlar a siete abuelas andaluzas con siete abuelas catalanas sobre la cantidad de ajo que debe llevar el salmorejo. El resultado es satisfactorio a nivel televisivo, que -no lo olvidemos- es de lo que se trata, pero “Bienvenidas al norte, bienvenidas al sur” no viene dado a la escala real del conflicto de intereses económicos, jurídicos y de corrupción que hemos dado en llamar “procés”. Si Évole fuera todavía el Follonero, se plantaría en Alemania y pediría al tribunal de Schleswig-Holstein que eligiera entre ambos salmorejos. Sería igualmente inútil, pero funcionaría aún mejor a nivel televisivo.

24/5/18

SILENCIO EN LAS ESFERAS


El pasado martes, bastaba con darse una vuelta por los canales dedicados a la información para entender cómo funciona este mundo: BBC World News, CNN, Fox News y CNBC ofrecían en directo una rueda de prensa de Donald Trump, mientras que el Canal 24 Horas retransmitía el debate en el Congreso de los Diputados sobre la Ley de Presupuestos Generales del Estado y en Euronews podíamos asistir a la comparecencia de Mark Zuckerberg, Presidente de Facebook, en el Parlamento Europeo. Trump levanta una ceja a Corea del Norte y el mundo se precipita para informar en directo. ¿Qué tendría que ocurrir para que la CNN informara de lo que se cuece en el Congreso de los Diputados? ¿Le importa algo a Fox News lo que el presidente de Facebook  diga en el Parlamento Europeo? ¿El Canal 24 Horas ofrece el discurso de Juan Ignacio Zoido porque quiere, o porque no le queda más remedio? ¿Tuvo más audiencia Trump, Zuckerberg, Zoido o “Sálvame naranja”? ¿Habría sido descabellado que el Canal 24 Horas cambiara  a Zoido por Zuckerberg? Son preguntas interesantes, pero no son las preguntas correctas.

La pregunta correcta, puede que por su cinismo, es: “¿Y qué?”. ¿Qué hemos aprendido del problema entre las dos Coreas escuchando la rueda de prensa de Trump? Nada. ¿Qué hemos aprendido de los Presupuestos Generales escuchando la intervención en el Congreso de los Diputados de Zoido y la réplica de Gabriel Rufián? Nada. ¿Qué hemos aprendido del funcionamiento de Facebook escuchando las respuestas de Zuckerberg a las preguntas de los eurodiputados? Nada. Me temo que así funciona el mundo. Tenemos muchas cadenas televisivas que nos informan de todo, pero no aprendemos casi nada y no sabemos nada. Los mismos miserables que nos culparon de provocar una crisis económica por haber vivido por encima de nuestras posibilidades nos culparán de estar más pendientes de “Sálvame naranja”, de “Mujeres y hombres y viceversa” o de ver una película en TCM que de estar al tanto de lo que pasa en el sistema digestivo de las dos Coreas, en las tripas de los Presupuestos o en los intestinos de Facebook. Ya. Como diría Fernando Fernán Gómez: “¡A la mierda!”. No hay que caer en los excesos de “Matrix” y creer que el mundo que muestra la CNN, Euronews y el Canal 24 Horas es lo que nos han puesto delante de los ojos para ocultarnos la verdad, pero creo que “Expediente X” se equivocaba cuando decía que “la verdad está ahí fuera”. Ahí fuera sólo hay silencio. El silencio de las esferas.

23/5/18

DIOS AHOGA Y APRIETA


Las “Tardes de misterio” de Paramount son una buena manera de huir de los ecos de la boda de Harry y Meghan, esa pareja que ha sido premiada con el despliegue más absurdo y desproporcionado desde que cientos de policías y soldados del Estado de Illinois persiguieron a Jake y Elwood, los “Blues Brothers”, en la película “Granujas a todo ritmo”. Estas últimas semanas, el protagonista de las “Tardes de misterio” es el Padre Brown, el personaje creado por el escritor G. K. Chesterton empeñado en resolver crímenes y misterios apelando a la razón. El Padre Brown es, en efecto, un cura católico adicto a la razón que en el relato “La cruz azul” logra desenmascarar a un falso sacerdote porque el impostor atacó a la razón y eso, según el Padre Brown, es “mala teología”. El cura que imaginó Chesterton no es sólo un detective aficionado que siempre pilla al malo, sino un hombre que está convencido, como el papa Benedicto XVI, de que la fe y la razón son compatibles hasta el punto de que el mismo Dios está sometido a la razón. Pero una cosa es resolver crímenes en el pueblo de Costwold sin soltar el paraguas, como hace el Padre Brown, y otra cosa muy diferente es entender la deriva irracional en la que se ahoga Cataluña y el absurdo culebrón doméstico-político alrededor del chalé de Pablo Iglesias e Irene Montero.

¿La razón? Eso está muy bien para saber quién envenenó a quién y por qué. Pero, más allá de la razón y del paraguas del Padre Brown, nos encontramos con la boda de los “Blues Brothers” británicos, con cruces en una playa del Maresme plantadas por independentistas en bañador, y con una consulta a las bases de Podemos que decidirá el futuro de dos políticos acusados de comprar un chalé. Los crímenes de los que se ocupa el Padre Brown pueden ser racionales, pero la vida no lo es porque, si lo fuera, no respiraríamos y beberíamos por el mismo conducto con el riesgo de atragantarnos ni tendríamos que aguantar bodorrios reales, playas crucificadas y chalés trasformados en asuntos políticos. Atacar a la razón será mala teología, como sostiene el Padre Brown, pero atacar a la razón es buen espectáculo y buena política. Dios ahoga cuando no ajusta el conducto por el que respiramos y bebemos, y aprieta cuando permite que la razón del Padre Brown sólo sea útil en Costwold.

22/5/18

MUERA EL ENTRETENIMIENTO, VIVA LA DIVERSIÓN


Para entender por qué “La noche de Rober” no termina de afianzarse en el prime time de los viernes de Antena 3 hay que saber distinguir entre la diversión y el entretenimiento. El entretenimiento fue el género estrella del siglo XX, la televisión amable y generalista que produjo los mejores shows de la historia. La diversión está siendo el género estrella del siglo XXI, la televisión canalla y dirigida a un público muy segmentado que está produciendo los mejores shows del presente. El entretenimiento es ligero, busca que el espectador exclame “¡mira!” y se ría con alegría. La diversión es intensa, busca que el espectador grite “¡joder!” y se ría con sarcasmo. El access time es el reino del entretenimiento, el prime time es el reino de la diversión. El entretenimiento busca el consenso, la diversión busca la polémica. Ambos -el entretenimiento y la diversión- son ingeniosos e irreverentes, pero el entretenimiento pone la irreverencia al servicio del ingenio, y la diversión pone el ingenio al servicio de la irreverencia.

“La noche de Rober” es entretenida, pero no es divertida. Podría funcionar dos horas antes o veinte años antes, pero no a las once de la noche en 2018. Va dirigida al gran público, cuando el gran público se ha desmembrado en centenares de públicos pequeñitos. Pretende gustar, como todos los programas, pero a Roberto Vilar y a su sonrisa democratacristiana se le nota, y eso es lo peor que puede ocurrir en una sociedad que ha hecho de la paradoja y la falsa conciencia su estructura emocional básica. No falla el presentador, ni fallan los guionistas, ni los colaboradores, ni los invitados; falla el género, y, si me apuran, falla la televisión en su conjunto, y, si me apuran todavía más, falla la sociedad.

Ah, otra diferencia más: el entretenimiento es autonómico y la diversión es estatal. El entretenimiento es cercano y la diversión es distante. Y la cercanía autonómica de Rober lo va a tener bastante difícil contra la basura, distante y divertida, de “Volverte a ver”.