18/7/19

SATURDAY, I'M IN LOVE


El magnífico resultado de audiencia que cosechó La 2 el fin de semana con la retransmisión de los conciertos del Mad Cool madrileño debería hacer reflexionar a los responsables de la televisión pública y a los programadores de televisión en general. Los nuevos formatos, la implantación de las plataformas de pago, la variedad de pantallas desde las que se consumen productos audiovisuales, está rompiendo en dos el mundo de la televisión, y la brecha está dejando a un lado las retransmisiones en directo y al otro las emisiones enlatadas. Esta distinción, con la excepción de los partidos de fútbol, se corresponde casi exactamente con la que separa a las cadenas generalistas tradicionales y a la nueva televisión temática o de pago.

Nadie sigue “Little big lies” en Antena 3. Nadie ve un debate electoral en Canal Historia. Nadie recuerda ya que los capítulos de las series se emitían “a tal hora”. Nadie buscaría informarse de un suceso en la televisión de pago. Si la televisión tradicional quiere seguir existiendo dentro de diez años deberá reenfocarse de forma mayoritaria hacia los contenidos en directo, en donde encuentra un material con el que competir de forma eficaz. La televisión generalista privada, -Telecinco es un buen ejemplo-, puede crear su propio material en vivo, a base generalmente de gente discutiendo e insultándose. ¿Pero qué puede emitir una cadena pública como La 2?

Obras de teatro, nacionales e internacionales, como las fantásticas producciones cuya señal sirve el National Theater londinense. Acaba de terminar el British Summer Time 2019, con conciertazos como los de Stevie Wonder o Neil Young. Mil conferencias, jornadas, debates que se celebran a diario por todas partes. Eso sí, pongan unos bonitos subtítulos cuando proceda, por favor, como de hecho se pueden ver en la televisión de pago. Me tragué el concierto de The Cure en La 2 el pasado sábado y me quedé con la intriga de saber qué cosas tan importantes estaba diciendo Robert Smith para que pusiera esas caras.

17/7/19

GO VEGAN, RAMONTXU!


Lo ha dicho Ramón García, que es la persona más cualificada para decirlo. “Hay un proyecto para recuperar el ‘Grand Prix’ durante el verano. Pero ninguna cadena se atrevería a emitirlo por miedo a las críticas de los animalistas”. Recuerdan el “Grand Prix”, ¿verdad? Imagínense con veinte años menos. Mozos y mozas de Villaconejos del Secarral y Sant Martí de Pontbou, enfrentándose a base de patatas explosivas, troncos rodantes y peleas de sumo gomaespumoso. Y, como colofón de fiestas, la vaquilla. Sinforosa, la vaquilla más salerosa. Augusta, la vaquilla que asusta. Manuela, la vaquilla que corre que se las pela.

Aceptemos como cierta la tesis de García. No es ésta una página en donde se trate al animalismo con gentileza. Cada vez que viene a cuento, y con frecuencia también cuando no viene, le damos collejas despiadadas. Filosóficamente, está sumido en una empanada conceptual tal que una empanada conceptual mayor no puede ser pensada. Políticamente, representa la izquierda más irracionalista, infantil e individualista, es decir, la peor derecha. Científicamente, ocupa esa estrecha franja que queda entre el terraplanismo y forocoches. Pero si es verdad que gracias a su presión social nos han librado del “Grand Prix” en la televisión del verano, entonces quizá nuestro juicio sobre los adoradores de Disney no debería ser tan negativo, e incluso, sopesando pros y contras, pudiera rozar la salvación.

No creo que las arañas, los atunes o las vaquillas sean agentes políticos dotados de derechos, pero creo que los españoles sí somos ciudadanos dentro de un marco político en donde aparecen los derechos jurídicos, uno de los cuales, sin duda, es el derecho a encender el televisor sin peligro de que aparezca Maruja, la vaquilla que te embruja. Seamos pragmáticos: quizá merezca la pena comer hamburguesas de lentejas si eso nos libra de oír al alcalde de Cernedillas hablar sobre los nabos de la comarca. La vida es negociación. Go vegan, Ramontxu!

16/7/19

MALO, ES DECIR, MALO PARA LA SALUD


Según ha afirmado en un comunicado, Netflix va a reducir al máximo la aparición de tabaco en las series que ofrece desde su plataforma. “Mindhunter” nos seguirá sirviendo historias de psicópatas que, tras arrancar a mordiscos la cabeza a su madre, la penetran sexualmente y posteriormente defecan sobre ella, pero cuidará que el asesino no aparezca fumando durante la secuencia, o, al menos, que la cámara no tome primeros planos del cigarrillo. Una de las series más vistas de Netflix es “American Horror Story”, de la productora FX. Hasta esta temporada AHS trataba sobre anticristos, terror paranormal, gente fumando y asesinatos en serie. A partir de ahora se intentará que tan sólo trate sobre anticristos, terror paranormal y asesinatos en serie.

Siempre es una buena noticia que una plataforma de televisión con la influencia mundial de Netflix tome conciencia de su dimensión social y del efecto de modelado que puede tener sobre la audiencia. Habría que revisar “Breaking Bad”, que todavía pueden ver íntegra los abonados, por si Walter White aparece fumando en alguna de las escenas en donde disuelve los cadáveres de sus víctimas en la bañera. Es cierto que series como “American Crime Story” reflejan un mundo de clase alta en donde es habitual encontrar la costumbre del tabaquismo; en esos casos, si prescindir del Winston supusiera una falta de rigor en la ambientación, podría pixelarse el cigarrillo que esté fumando O.J. Simpson o el asesino de Gianni Versace.

Hay muchos niños que ven “The walking dead” en Netflix; si contemplan a Negan fumando mientras revienta la cabeza de Glenn con su bate y se ensaña con ella hasta convertirla en puré, es posible que adquieran el nocivo hábito de fumar. Netflix se coloca en la vanguardia de la responsabilidad social empresarial y la moral del mundo moderno. “Narcos”, sí. Anuncios gigantes en el centro de Madrid bromeando con Pablo Escobar, sí. Pero ni una hebra de tabaco en la boca del malparío gonorrea hijoeputa. Que eso es malo, es decir, malo para la salud.

15/7/19

PARCHÍS COMO ANTIMATERIA

Pero, señores de Netflix, ¿qué hacen? ¿Se han vuelto locos? ¿Cómo pueden ser tan irresponsables? Acabo de entrar en mi cuenta y, al consultar el menú de contenidos recomendados para mí, me encuentro el documental de Scorsese sobre la gira de Bob Dylan del 75 y al lado el nuevo documental sobre Parchís, no el entrañable juego de sobremesa, sino la fatídica banda infantil. Bob Dylan y Parchís. Juntos, a un centímetro de distancia, en la pantalla del televisor. Parchís y Bob Dylan. Ambos recomendados para mí. ¿Por quién me han tomado? ¿Por la persona que tiene el mejor y el peor gusto del mundo a la vez?

Por menos que esto estuvo a punto de cancelarse el acelerador de partículas ése que hay en Ginebra o por ahí. Al lanzar a toda leche partículas subatómicas por el colisionador cabía una pequeña posibilidad de que se generara antimateria que pudiera chocar con la materia de toda la vida. Materia más antimateria. A su lado, Chernóbil habría sido un petardo. Podría generarse una singularidad espaciotemporal que diera lugar a un fortísimo agujero negro que se engullera la galaxia en un pispás y, ya puesto, generara un nuevo big bang que ríete tú de la repetición de elecciones. Materia y antimateria juntas. Bob Dylan y Parchís. ¿Van pillando el paralelismo?

Que no digo yo que el docu parchisiano no sea bueno. A lo mejor es apasionante. Pero no lo voy a comprobar. Aún tengo el televisor lleno del documental sobre Bob Dylan, y, si de pronto lo mezclo con preadolescentes en pleno cambio de voz cantando “parchís chis chis, es el juego de colores que te traigo para ti”, pudiera ser lo último que se viera en mi comunidad de vecinos en particular y en la Vía Láctea en general. Sepárenlos. Pónganlos en los extremos opuestos de Netflix. Dylan junto a los documentales sobre Bernini, y Parchís junto a los documentales sobre el origen extraterrestre de las pirámides. Con la Física no se juega. Que, como la líen, la tragedia va a ser tan gorda que ni siquiera se va a poder hacer una serie sobre ella en Netflix.

14/7/19

LA BANALIDAD DEL BIEN


¿Cómo fue posible que la Alemania de los años 30, -la sociedad más culta que jamás había existido-, diera lugar al nazismo? Hannah Arendt, analizando la figura de Adolf Eichmann, uno de los principales responsables de la logística del genocidio judío, propone el concepto de “banalidad del mal”, la idea de que la maldad es una característica humana que no requiere de sofisticadas elaboraciones. La maldad, incluso la más brutal, está ahí, no la detiene la educación, y brota con fluidez de forma trivial en cuanto libramos al ser humano de la responsabilidad y le dotamos de estructuras que le permiten actuar sin cuestionarse lo que hace. No hace falta ser un monstruo: la mayoría de nosotros habríamos sido Adolf Eichmann.

El concepto de “banalidad del mal” ha sido ampliamente discutido, pero, apoyándome en él, quería proponerles hoy el concepto de “banalidad del bien”, que me sacudió como un golpe de calor cada vez que a lo largo de esta semana me puse a ver “A partir de hoy”, el magacín veraniego conducido por Mínimo Huerta que nos ofrece TVE a diario. Si cierto mal fluye lánguidamente de nuestros poros con indiferencia, también cierto bien, -ese bien que personifica Huerta en su programa, fofo, insoportablemente leve, incapaz de despertar el menor interés, autocomplaciente hasta la dentera, individualista, frívolo y muy muy muy facilón-, se caracteriza por su banalidad.

Detrás del mal siempre hay un hortera. El mal banal y el bien banal están más relacionados de lo que parece. “A partir de hoy” es tan inherentemente olvidable que cabría discutir si en realidad existe o no. Y no hace falta ser un monstruo: la mayoría de nosotros, si nos liberan de la responsabilidad y nos permiten actuar sin cuestionarnos lo que hacemos, seríamos Mínimo Huerta y cobraríamos veinticuatro mil euros mensuales de una televisión pública por estar haciendo el bien una hora al día con unos amigos ante las cámaras diciendo bobadas sin interés sobre chorradas narcisistas.

13/7/19

EL SILBIDO DEL TREN


Al ver “Chimerica”, la interesante miniserie que bucea en las razones y sinrazones de un fotoperiodista para encontrar al hombre que, sin más ayuda que su cuerpo, se plantó delante de una columna de tanques que intentaban aplastar las protestas en la plaza de Tiananmen en la primavera de 1989, surge la gran pregunta: ¿puede un hombre cambiar la historia del mundo? Se diría que no. Pero hay más preguntas. ¿Puede la fotografía de un hombre que intenta detener un tanque cambiar la historia de un país? ¿Y puede un hombre, o una fotografía de ese hombre, cambiar la vida de otro hombre?

“Chimerica” es una reflexión sobre el poder de la imagen y un manantial de preguntas. Las ideas son el silbido de la máquina porque lo que mueve la historia y el mundo es, como dice el filósofo Simon Blackburn, el tiempo y la circunstancia, la tierra, la comida, las armas, el dinero, las fuerzas económicas y sociales. Pero una cosa es la historia, y otra muy diferente los individuos. Si la lectura de la “República” de Platón cambió la vida del Capitán Trueno, una araña radioactiva cambió la vida de Peter Parker y un misterioso encuentro camino de Damasco cambió la vida de Saulo, entonces también es posible que la lectura de “Los cañones de agosto”, de Bárbara Tuchman, influyera para bien en los hermanos Kennedy durante la crisis de los misiles en Cuba, que una nevada cambiara las vidas de los pasajeros del Orient Express después del asesinato de Ratchett porque permitió que Hércules Poirot dispusiera de tiempo para resolver el misterio, y que escuchar a Alberto Sordi cantar en la película “Venecia, la Luna y tú” cambie la idea de Venecia de un turista. Y, por supuesto, la fotografía de un hombre que intenta detener lo inevitable puede cambiar la vida no solo del autor de la fotografía, sino las vidas del conductor de un tanque, de un ciudadano que hasta ese momento creía que no se podía luchar contra los gigantes sin ser un personaje bíblico y hasta de un demócrata desencantado que decidió dejar de votar porque, ya se sabe, los pequeños gestos no pueden cambiar nada.

Una fotografía es solo el silbido de la historia, pero el recuerdo de la fotografía de ese hombre que se enfrentó en Tiananmen a los tanques puede animar a más de un ciudadano a intentar cambiar el mundo. Y, a veces, los pasajeros, y no solo los guardagujas, pueden cambiar el rumbo de los trenes.