20/1/19

RUIDO EN LA ESQUINA SUPERIOR


Aunque son completamente silenciosos, pocas cosas definen mejor el ruido que los anuncios que las cadenas sobreimpresionan de forma permanente en la esquina superior derecha de la pantalla, recordándonos que esa noche -o al día siguiente, o dentro de dos días, o la semana que viene- se emite un programa que están tratando de promocionar desesperadamente. He visto a Moreno Bonilla hacer declaraciones sobre la nueva etapa que se abre en Andalucía debajo de una infografía que aseguraba “Matadero – Estreno mañana”. El hombre del tiempo de Telecinco me ha transmitido la previsión para mañana sobre un mapa en donde una borrasca se hallaba situada sobre Galicia y “GH DUO” se hallaba situado sobre el Pirineo Oriental. En “Zapeando” entrevistaban a Eva González para promocionar “La Voz” usando extractos de “El hormiguero” al que había ido Antonio Orozco para promocionar “La Voz”, de forma que el logotipo de “La Voz – Mañana 22:45” se solapaba con el logotipo de “La Voz – Hoy 22:45”.

La quinta acepción de la palabra “ruido” en el DRAE lo define como “interferencia que afecta a un proceso de comunicación”. Y, en efecto, la molestia que supone ese gigante moscón publicitario colocado horas y horas de forma ininterrumpida sobre la pantalla en donde los espectadores estamos intentando seguir una entrevista o el capítulo de una serie es comparable a la que sentiríamos si nos estuvieran susurrando continuamente por el canal de audio “La Voz – Hoy 22:45”, “La Voz – Hoy 22:45”, “La Voz – Hoy 22:45”. Agresivo, como un email escrito en mayúsculas. Irritante, como las llamadas de Vodafone. Estridente, como un “Tu cara me suena” en el que todos los miembros del jurado fueran Ángel Llácer. Es posible que Antena 3 o Telecinco lo vean como un recordatorio, pero yo lo vivo como una advertencia: “Hoy a las 22 horas podrás ver el programa con el que llevamos molestándote todo este rato; a que te apetece”. Y necesito zapear hacia otra cadena que tenga su esquina superior derecha en silencio.

19/1/19

ORDENA TU TELE, ORDENA TU VIDA

Desde su comentadísimo reality “¡A ordenar con Marie Kondo!” (Netflix), la gurú del nuevo orden mundial -perdón, quise decir “la nueva gurú mundial del orden”- pretende que Occidente entero reordene sus viviendas para reordenar sus vidas. Sus consignas están por todas partes: la ropa ha de ser doblada y almacenada de forma vertical, transmitiéndole amor con nuestras manos; hay que deshacerse de los objetos de nuestra casa que no nos proporcionen felicidad; las paredes vacías nos ayudarán a reducir el estrés; una casa armónica no debería contener más de treinta libros; los objetos pertenecientes a la misma categoría deberán guardarse juntos, los objetos pertenecientes a distintas categorías deberán guardarse separados. Aquéllos que siguen este método se encuentran más serenos, tienen relaciones más saludables y la piel más tersa. Ordena tu casa, ordena tu vida.

Así que, siguiendo la línea de Marie Kondo, presento oficialmente el método Antonio Rico para reordenar la televisión en cada casa, y, de esta forma, reordenar nuestras vidas. En primer lugar, debemos eliminar todo lo superfluo de nuestra parrilla de cadenas sintonizadas, hasta quedarnos con no más de tres canales. Cuando zapeemos, debemos intentar transmitir amor al apretar los botones del mando a distancia. Debemos ordenar por categorías los programas que vemos, no mezclando en el mismo día informativos con series, o concursos con realities. Y nunca debemos ser espectadores de programas que no nos proporcionen felicidad.

Créanme, este método me ha hecho reentender mi vida de una manera nueva. Una placentera calma me invade, me llevo mejor que nunca con mis vecinos. Y no crean que fueron necesarios grandes cambios para lograrlo. De hecho, todo empezó a mejorar desde el primer programa eliminado, el más superfluo de todos, el que menos felicidad me proporcionaba. Y respecto a la tersura de mi piel, fue deshacerme de “¡A ordenar con Marie Kondo!” y se me quitaron inmediatamente unas arrugas en el ceño que me afeaban desde la primera vez que oí hablar de Marie Kondo.

18/1/19

BABAS Y MOCOS


Enhorabuena a Dani Mateo. Ni la Fiscalía ni el juez ven ofensa en algo tan inofensivo como simular sonarse los mocos con nuestra bandera. Habrá quien considere justo al juez, y quien no. En caso de duda, un cristiano siempre puede esperar a ver en el más allá cómo juzga Dios a los actores. Por ejemplo, a F. Murray Abraham, que interpretando al atormentado músico Antonio Salieri en “Amadeus” (Milos Forman, 1984) realmente quemó un crucifijo arrojándolo a las llamas. ¿Vale un Oscar la condenación eterna?

Aquí estamos de acuerdo con la Fiscalía, que pidió que se archivase la denuncia, y con el juez, que decidió ese archivo por considerar que el sketch de la bandera “se trata de una actuación humorística” sin relevancia penal. Hay que alegrarse porque ha ganado la libertad de expresión, la democracia y la tolerancia. Pero detrás de esas grandes palabras ha ganado una persona a quien debemos muchas risas gracias a su oficio de humorista en la tele: Ana Morgade.

Desde que empezó este jaleo nos estábamos olvidando de lo mal que lo tenía que estar pasando la pobre Morgade. En 2014 protagonizó en “El club de la comedia” un sketch muy similar al de Mateo en el que también simulaba sonarse los mocos con nuestra bandera. Nadie la denunció. Nadie la persiguió. Nadie la insultó. Nadie la amenazó. Nadie la obligó a ir a declarar a un juzgado. Ninguna empresa le retiró su patrocinio. No perdió ningún contrato. A ella no le pasó nada, y a Mateo le hicieron la vida imposible. ¿Tan mal lo hizo Morgade? ¿No había simulado bien el estornudo? ¿No parecía que se estaba sonando? ¿Nadie reconoció la bandera? El archivo de la causa contra Mateo deja las cosas claras: Morgade no hizo mal su trabajo, los dos skeches son iguales, en ninguno de los dos hay ofensa ni causa penal ninguna. La diferencia entre ambos es que ahora hace falta que intervenga un juez porque los guardianes de las esencias están desatados. Ahora los símbolos están a salvo, es España quien corre peligro de llenarse de babas y mocos.

17/1/19

VER PARA LEER


Cuando Juan Cueto falleció, la cueva del dinosaurio todavía estaba allí. Estaba repleta de invitados, y cientos, miles, de teles encendidas. Antes de él, había muchas otras cuevas de gran prestigio porque tenían vistas a lugares ilustres como la literatura, la arquitectura o el cine. Eran, además, cuevas ocupadas por grandes sabios y especialistas enfrascados en arduas y hondas reflexiones. Cueto podía haberse quedado en cualquiera de ellas, pero prefirió construir su propia guarida.

Hace años, el dinosaurio Juan Cueto excavó una cueva nueva, y ante el desconcierto general la orientó hacia la tele. Fue su primer habitante. No fue el primer español en ver la tele, qué va. Todo el mundo la veía, ese era el problema. Se daba por sentado que la tele era demasiado popular y accesible como para tener, además, importancia. Solo era la caja tonta. Empezó a dejar de serlo cuando aquel solitario dinosaurio, desde su cueva, inventó la crítica de televisión en España. Sus artículos iban más allá de la lucidez, la inteligencia, la agilidad, el ingenio o el sentido del humor, más allá de que se pudiera estar de acuerdo o no con ellos. Enseñaron que no se puede vivir en el mundo ni entenderlo estando de espaldas a él, que las pantallas habían llegado para quedarse, y que, en fin, había que ver la tele aunque solo fuera para leer sus artículos después.

Hoy la tele son muchas teles, y la crítica de televisión son muchas críticas. Cueto recogió ese fuego y lo repartió entre todos para que todos podamos hablar de televisión sin miedo a los dioses. Él nos enseñó que no hay que apagar la tele, sino que hay que saber encenderla. Y que cuantas más teles, mejor, porque ensanchan la mirada.

Juan Cueto, el dinosaurio que construyó la cueva que habitamos y nos inoculó su pasión catódica, ha muerto. La tele no se detuvo cuando ocurrió esto porque la realidad no puede detenerse. Quienes nos refugiamos en su cueva, vecina de la de Platón, no podemos sino rendirle homenaje retirando los velos negros de aquel luto antiguo que oculta espejos y pantallas. Cueto ha muerto, encendamos la tele.

16/1/19

SÓCRATES SEAL


En la película “Kong, la isla Calavera”, Bill Randa (John Goodman) es miembro de “Monarch”, una organización secreta estadounidense que intenta demostrar la existencia de monstruos que, muy pronto, intentarán arrebatar a la humanidad el control del planeta. Quién sabe, a lo mejor al planeta Tierra le iría mejor con los monstruos que con los seres humanos, pero los monstruos nunca serían capaces de producir un Fra Angélico, un Borges, una Curie o un Messi. En eso los humanos somos imbatibles. El caso es que el obstinado Bill consigue convencer al gobierno para que financie una expedición en busca de la isla de la Calavera y se revela como un fino psicólogo cuando dice que, al igual que su padre, nunca juzga a la gente por lo que bebe, sino por lo que aguanta. Muy bueno. Si llevamos a nuestro terreno la sentencia de Bill, tendríamos que decir que los que amamos la tele nunca juzgamos a uno de los nuestros por lo que ve, sino por lo que aguanta. ¿Usted ve “La historia secreta de los ovnis” (National Geographic), por ejemplo? Vale. Ahora bien, ¿usted aguanta mucho rato, y sin perder la paciencia, esa masa informe de tonterías extraterrestres narradas con tono de misterio? Pues lo siento, pero no pertenecemos a la misma especie teléfila, así que no nos podremos reproducir.

Exagero. Podría intentar reproducirme con un espectador que aguante “La historia secreta de los ovnis” porque, bueno, también podría pasar un buen rato con un tipo que cree en los monstruos de la isla Calavera. Pero he encontrado el límite absoluto de lo televisivamente soportable, y no es “Gran hermano”, ni siquiera Belén Esteban. Es “Entrenamiento Navy Seal” (Blaze), una porquería en la que psicópatas vestidos de negro con cara de malotes formados en los Navy Seals intentan destrozar física y psicológicamente a treinta tipos y tipas sin preparación militar. Lo peor no es la basura moral que constituye los cimientos de la aberrante concepción de la naturaleza humana que sostienen los “instructores” de “Entrenamiento Navy Seal”, sino la desquiciada y perversa interpretación del “conócete a ti mismo” socrático cuando esos “instructores” quieren convencernos de que pretenden que sus víctimas-concursantes se descubran a sí mismos. Abominable. Resulta que, para esos “instructores”, el conocimiento de uno mismo llega después de obedecer órdenes ridículas, soportar humillaciones, someterse sin rechistar a la voluntad de un superior, no hablar, no pensar, no cuestionar. Del “habla, para que te vea” de Sócrates, al “arrástrate, para que te vea” de los Navy Seals. ¿Quién puede aguantar a esos Sócrates Seal antisocráticos?

15/1/19

NETFLIX Y LAS HAMBURGUESAS VEGANAS

La emisión de “Bandersnatch” por televisión me extraña tanto como la venta de hamburguesas veganas en las carnicerías. Alguien no está sabiendo distinguir bien entre forma y materia. Las hamburguesas veganas tienen la forma de las tradicionales hamburguesas de ternera, es cierto, pero su materia no está hecha de proteínas y grasas animales, sino de lentejas, zanahorias y guisantes. Obviamente, deberían venderse en las fruterías, al lado de las patatas, el cebollino y los nabos, y muy lejos del hígado, las pechugas de pollo y la morcilla de León.

Y “Bandersnatch”, se mire como se mire, es un vídeojuego y no un capítulo de televisión. Como sabrán, me refiero a la nueva entrega de “Black mirror”, nuestra serie distópica favorita. En este caso, se destaca su carácter interactivo, de forma que el espectador, con las decisiones que toma a través de su mando, va guiando al protagonista a través de la aventura. Algunas opciones conducen a puntos muertos o a finales prematuros, mientras que otras consiguen llevar hasta su término la historia que se nos quiere contar. No hay duda: acabo de definir qué es un vídeojuego. “Bandersnatch” tiene la forma de un episodio televisivo, pero tiene la materia de un vídeojuego -un vídeojuego de gráficos muy sofisticados, sin duda-, y, como tal, debería jugarse en la PS4 Pro o en la Nintendo Switch más que en Netflix.

Todo iría mejor si distinguiéramos correctamente entre materia y forma. La obra de Leonard Cohen tiene forma musical, pero su materia es literaria. El independentismo catalán es un movimiento de forma izquierdista, pero su materia está compuesta por la derecha más pura. Los murciélagos tienen forma de aves, pero materia de mamíferos. Si no puedo comprar un entrecot en una frutería, no quiero comprar una hamburguesa vegana en una carnicería. Si no puedo ver la magnífica “A very English scandal” en la Xbox One X, no quiero jugar una partida de “Bandersnatch” en Netflix.