21/1/18

LA VIDA ES ETERNA EN CINCO MINUTOS


Desde que me enteré de que en la próxima gala de “Operación Triunfo” Amaia cantará “Te recuerdo, Amanda” de Víctor Jara, estoy sumido en un marasmo de opiniones encontradas. Es cierto que es una canción maravillosa que no puede sino mejorar cualquier programa donde aparezca. Pero también es cierto que se va a presentar descontextualizada, revuelta entre temas de Rihanna y Demi Lovato, tratada como una cancioncina pop más y, por tanto, habiéndole quitado la espoleta. Es cierto que OT promueve una visión comercial de las canciones, como mero telón de fondo para crear estrellas fugaces que durante unos meses expriman el bolsillo de los chavales. Pero también es cierto que de los dos millones de adolescentes que van a ver el programa, quizá veinte mil se queden enganchados a la canción, y de ellos quizá dos mil se interesen por la música popular chilena, y de ellos quizá doscientos acaben estudiando con pasión a Violeta Parra, a Quilapayún o al propio Jara. Es cierto que va a ser la primera vez en la historia que se vaya a escuchar “Te recuerdo, Amanda” en el prime time de la televisión española. Pero también es cierto que sin duda el propio autor del tema, de encontrarse entre el público, se revolvería irritado ante la liturgia de sentimentalismo baratísimo, divismo, infantilismo y banalidad en la que se convierte cada gala.

Así que suspendo mi juicio hasta ver qué ocurre mañana en OT. No me pronunciaré hasta que no vea la puesta en escena, los arreglos que se dan a la canción, qué comentarios se hacen sobre ella. La edición actual del concurso se está caracterizando por una cierta reivindicación de libertades individuales -sexuales, sanitarias-, pero hasta ahora no se habían atrevido a meterse en temas tan abiertamente colectivos y políticos como hacen al incluir en la gala esta canción sobre la muerte de un obrero en el contexto de una dictadura militar. Antes Agoney cantará “Where have you been” de Rihanna, y después Aitana cantará “Instruction” de Demi Lovato. Yo sólo veré la actuación de Amaia. Son cinco minutos.

20/1/18

NO VOLVER A VERTE, "VOLVERTE A VER"

¿Qué decir de un programa como “Volverte a ver”, que ya falla desde el mismísimo título? Se trata de uno de los errores sintácticos más habituales que se cometen en español, y consiste en colocar el pronombre como sufijo del primero de los verbos en una perífrasis, en vez de adjuntarlo al segundo de los verbos, que es al que verdaderamente se refiere tal pronombre en cuestión. Ejemplos: decir “quererte amar” en vez de “querer amarte”, “pensarle en llamar” en vez de “pensar en llamarle”, o el propio título del nuevo espacio del mercenario Carlos Sobera, siempre al servicio del mal, “Volverte a ver” en vez de “Volver a verte”. Es obvio que lo que queremos hacer respecto de la persona a la que se refiere el sufijo es verla, no volverla. El “te” ha de ir pegado a “ver” y no a “volver”.

Es un error que cometen con frecuencia los escritores de canciones, porque permite rimar con un infinitivo agudo, que siempre es más fácil que hacerlo con una palabra llana. Me da una rabia loca oír a mi venerado Víctor Manuel eso de “si fueras posible amarrar, tenerte siempre cerca, poderte controlar” o a mi no menos admirado Jorge Drexler lo de “yo buscaba el rumbo de regreso sin quererlo encontrar”. ¿"poderte", "quererlo"? Y, créanme, no es un error menor ni una erudición rebuscada. Aunque no es la primera vez que un programa basura comete una falta lingüística en el propio título -¿recuerdan el “Donde estás corazón”, así, con esas tildes y sin esas comas, de Jaime Cantizano? pues eso-, no cabe duda de que encontrarnos ya de entrada con un error sintáctico en la mismísima cabecera de un espacio habla del mimo con el que ha sido producido por sus responsables y anticipa el nivel de lo que nos vamos a encontrar en él.

Esto, respecto al título del nuevo estreno de Telecinco de anteayer. El resto del programa, como nos temíamos, en ese mismo nivel de excelencia. Yo, cada vez menos querido Sobera, he tomado la decisión de no volver a ver “Volverte a ver” y de no volver a verte. A ti -por si el sufijo “te” unido al verbo “ver” no dejótelo suficientemente claro-.

19/1/18

...ANTA Y SAMANTA Y SAMANTA Y SAM...


Cuatro emitió esta semana el último “Samanta y…”. Ya se había tratado el sexo, la belleza o el miedo. Este estaba dedicado a la mentira, decían. Era mentira, claro: estuvo dedicado, como todos, a Samanta, que pretende servir de vehículo periodístico para llevarnos a la realidad, pero es la realidad la que nos lleva a ella. Convencida de que el periodismo bien entendido comienza por una misma cree contar cómo ve el mundo, pero solo cuenta cómo se ve a sí misma en un mundo que gira en torno a ella. De yo a yo y tiro porque me toca.

Repitió escenarios y poses ya vistas (¿de verdad le da miedo la oscuridad o repite sustos porque le mola salir en cámara de infrarrojos?). También copió con descaro la escena del orgasmo fingido por Meg Ryan en “Cuando Harry encontró a Sally” en el Carnegie Deli de Nueva York, a la que solo aportó su amado yo. Pero el delirio llegó en “Samanta y… la vida” cuando asistió a su propio funeral. Epicuro explicó que es imposible vivir la propia muerte. Wittgenstein aclaró que “la muerte no es un acontecimiento de la vida”. Da igual, Samanta quiere ser la niña en el bautizo, la novia en la boda y la muerta en el entierro.

Riendo y gimoteando, pero sobre todo creyéndose su propia sobreactuación, Samanta asistió como única invitada a una fiestuki funeral ‘happy flower’ para niños pijos: ella sola comiendo, bailando y cantando entre fotos de ella, globos, rotus para pintar corazones de colorines, emparedados, chucherías, carpas en un jardín junto a la piscina en una tarde soleada y música en directo. “Oh, qué chulo. Jolín, es bonito. Me lo imaginaba así. Jo, es emocionante. Fíjate, y yo no estaré, ¿eh? Es muy yo. Y me imagino a la gente viniendo aquí. Oh, guau. Ay, las despedidas siempre son tristes, pero ya que hay que despedirse, hagámoslo bien, ¿no?, un poco de alegría y unas chuches. Es que me encantaría que este fuera el final”. Mejor recuperar a Parálisis Permanente: “Me miro en el espejo y soy feliz, y no pienso nunca en nadie más que en mí. Me tumbo en el suelo de mi habitación y veo mi cuerpo en descomposición, y veo mi cuerpo en descomposición.

18/1/18

VEO, VEO


El peor día del año no fue el lunes aunque lo diga una fórmula ridícula. El peor día del año lo decides tú. Cualquier día de enero, por hermoso que parezca, se convierte automáticamente en el peor día del año si lo dedicas a adivinar, profetizar o augurar cómo va ser la tele durante el próximo año. Es así porque esas dotes que todos podemos simular para engañar a los demás de adivino timador, profeta farsante y augur tramposo llevan siempre al mismo auspicio descorazonador: la tele seguirá sirviendo de plataforma para que adivinos timadores, profetas farsantes y augures tramposos continúen engañando a los demás.

Hace unos meses, el tarotista televisivo David Trivin comenzó su tirada de cartas diciendo a la clienta que lograría el embarazo buscado, pero como ella respondió “Eres un mentiroso” amplió generosamente su vaticinio: “Abre muy bien los ojos, que vas a padecer un cáncer. Llorarás muchas lágrimas a los pies de una cama. Esto es sentencia”. ¿Alucinante? No importa. Da igual lo que diga la ley y da igual lo cutre o vergonzoso que sea el engaño. Veo, veo que este personaje seguirá usando la tele para vivir sin trabajar haciendo daño a los demás, y veo, veo, que seguirá igual de chulo.

Txumari Alfaro usa desde hace años haber presentado “La botica de la abuela” (¡en TVE!) como trampolín para vivir de aconsejar barbaridades pseudomédicas, como que nos bebamos nuestras propias meadas, con la comodidad que da no tener que responder del resultado porque allá cada uno con lo que hace en su casa. En una especie de congreso de timadores reunidos bajo el lema “Lo que tu médico no te cuenta” acaba de explicar qué hacer ante un cáncer de mama: “Nada. La terapia consiste en no hacer nada. Solo tomar conciencia. Tu consciente permite al inconsciente que lo integre. Verás cómo los médicos te bajan la medicación, te dan menos quimio porque no la vas a necesitar. Ahí es donde quiero incidir para conseguir el cien por cien de curación en las mujeres con cáncer de mama y otros cánceres”. Terrible, sí, pero veo, veo que también seguiremos igual en 2018. Qué día más malo el de hoy.

17/1/18

DALILA Y EL SALTO DE FRECUENCIA


Hedy Lamarr fue una actriz bellísima y, también, una notable inventora, así que Hedy Lamarr es tanto la protagonista de “Sansón y Dalila” como la inventora de un sistema de comunicación que es la base de la seguridad en dispositivos Wifi, Bluetoot, GPS y teléfonos móviles. Hedy Lamarr es la mujer que escandalizó al mundo cuando apareció desnuda en “Éxtasis”, una película condenada por el Papa y por Hitler, y la mujer que inventó un torpedo controlado por radio. Hay dos Hedy Lamarr. La primera, más conocida, es la que seduce a Víctor Mature disfrazado de Sansón. La segunda, casi desconocida, es la que nos habla en el documental “Bombshell: la historia de Hedy Lamarr” (Xtra) de lo fácil que es para una mujer parecer glamurosa (“lo único que tiene que hacer es quedarse quieta y parecer estúpida”) y de lo difícil que era para una estrella de Hollywood como Hedy Lamarr ser Hedy Lamarr y, a la vez, una atrevida inventora. Hedy Lamarr se casó muchas veces, murió arruinada físicamente y amargada con el mundo, vendió bonos de guerra, actuó para las tropas estadounidenses, inspiró a Catwoman, trabajó en sus inventos después de agotadoras jornadas en el plató, firmó patentes que no le produjeron fama  ni dinero y… quiso dejar de ser judía. Sospecho que Hedy Lamarr habría estado de acuerdo con la filósofa Hannah Arendt, que después de la publicación de su libro “Eichmann en Jerusalén” fue acusada de no amar al pueblo judío.

Arendt reconocía que nunca se sintió movida por el “amor” al pueblo judío porque jamás amó a ningún pueblo o colectivo, ni al pueblo alemán, ni al francés, ni al estadounidense, ni a la clase obrera, ni a nada semejante porque el único género de amor que conocía y en el que creyó fue el amor a las personas. Del mismo modo, tendríamos que amar a Hedy Lamarr no por haber sido una mujer demasiado bella como para ser tomada en serio como científica, ni por su origen judío en una época dominada por las repugnantes ideas nazis, ni por ser víctima de un sistema de estudios que convertía a los actores y actrices en ganado humano, sino por ser Hedwig Eva Maria Kiesler, una persona que nunca quiso ser mujer inventora, sino inventora; que nunca quiso ser judía, sino enemiga del nazismo; y que nunca quiso tener que elegir entre el cine y la ingeniería porque ser Dalila le gustaba tanto como trabajar en su idea de la transmisión en espectro ensanchado por salto de frecuencia. No amemos a la mujer, ni a la judía, ni a la actriz, sino a Hedwig Eva Maria Kiesler, más conocida como Hedy Lamarr.

16/1/18

LA PORQUERÍA OPULENTA

Como el título de esta columna, todo en “La peste” (Movistar+) es un oxímoron. Pero principalmente la suciedad, la inmundicia ulcerada y purulenta, que recibe de la cámara de Alberto Rodríguez el tratamiento que en cualquier otra serie tendría el lujo más exquisito. Ese juego de confusiones arranca en la propia tipografía del cartel, en donde la palabra “peste” aparece rotulada con letras propias de un perfume exclusivo; sigue en la elección de Sevilla, la ciudad más luminosa de España, como escenario de una historia escrita en negro claro sobre negro oscuro; y culmina en la elección de un fondo, una epidemia de peste en el siglo XVI, sobre el que resulta muy difícil conseguir que contraste la epidemia de insalubridad moral en la que chapotean los protagonistas. El espectador tiene que entrecerrar los ojos y extremar la atención sobre la pantalla tanto para manejarse entre las sombras de las imágenes como entre las sombras del argumento.

De alguna forma, “La peste” tiene vocación de serie total. De ser una obra de arte y su contraria, mérito reservado a autores y productos excepcionales. Pretende ser y no ser una serie histórica y un thriller, ser y no ser un western y una película de cine negro, y eso sólo se consigue colocándose por encima de los géneros y sirviéndose de ellos en vez de convertirse en su servidor. Es al mismo tiempo una apuesta muy específica y muy generalista, como la nube de metáforas que rodea a la enfermedad contagiosa que hace de MacGuffin. No parece relevante discutir si es o no la mejor serie de la historia de la televisión española. Tal reconocimiento podría volverse en contra de un minucioso desfile de excrecencias sofisticadas como el que nos ofrece Movistar+. Ratas, bubones y calaveras se exhiben como un despilfarro suntuoso y solemne, y nos hacen dudar si la peste, esa vergüenza de la que se alardea, en nosotros, en los demás, en el siglo XXI, sigue siendo la norma o la excepción.