Hay máquinas corta pelo que funcionan fatal
Los buitres vuelan en círculos. Cuando no hay carroña nueva, sobrevuelan los mismos cuerpos en descomposición. Así, por muchas horas que planeen no avanzan un palmo y terminan posándose en el mismo lugar putrefacto en el que lo habían hecho sus congéneres. Este fin de semana vimos cómo los carroñeros de Telecinco volvían a posarse sobre los despojos de Julián Muñoz mientras reaparecía el padre Apeles para picotear y ser picoteado. Sólo en Antena 3 consiguieron innovar. Esto les permitió volver a darse un festín sobre un cadáver que habíamos dado por agotado: Aramís Fuster.
Aramís está empeñada en que “respetemos” su superioridad. O sea, quiere que asumamos una posición de inferioridad que se arrodille y acepte sus delirios de bruja con poderes. No aceptamos, claro, porque nuestro tonto “complejo de igualdad” nos impide aceptar su ridícula megalomanía. Pero este juego hace años que está agotado y no da más de sí, por lo que Aramís sobrevive reinventándose como famosa, versión friki patética, que se desmaya y sufre mucho. El viernes, Jaime Cantizano y su bandada encontraron una forma novedosa de extraer suculentos y nutritivos colgajos de donde otros buitres sólo habían visto huesos mondos y lirondos.
En “DEC” pusieron a Aramís a protagonizar una telepromoción en directo de máquinas corta pelo. Primero le dieron una que cortaba fatal para que se rapara al cero. La pobre cortaba y cortaba, pero no avanzaba. Después, cuando parecía que no iba a dar tiempo a terminar la escabechina, le dieron una trasquiladora que daba gusto. Había que verla, tan feliz, diciendo irónicamente que era inocente de no sé qué (tras la expulsión de los nazis de Francia se mostró la culpabilidad de las colaboracionistas rapándoles la cabeza). Decía que sólo le preocupaba que su acción no se entendiera. Y tenía razón. Fue tal la emoción de ver cómo un personaje de medio pelo quedaba en pelón, que se les olvidó dar la marca de aquella trasquiladora tan buena.
Qué diferencia cuando la máquina es buena
¿Que me relaje? Pablo Motos comienza todos los días "El hormiguero" diciendo "relááájate". Pero ¿cómo me voy a relajar si nada más que Motos dice eso comienzan cincuenta minutos frenéticos en los todos se mueven sin parar, bailan de forma convulsiva, hacen explotar tanques de gas, nadan entre tiburones, preguntan a los invitados y los interrumpen cuando llevan cinco segundos contestando, las cámaras barren incesantes a un público que grita, aplaude y sacude muñecos de Trancas y Barrancas, colaboradores arrastran mesas de donde sacan objetos extravagantes mientras hablan a toda velocidad, bolas golpean un taco de madera que cae sobre una palanca que mueve un hilo derribando doce fichas de dominó que liberan una bola que rueda hasta colarse por un agujero y caer dentro de una botella que se vuelca mostrando en su parte de abajo la portada del CD recién editado del invitado, y finalmente todo el equipo se pone a cantar alegres y a bailar dando saltitos animando a que los niños se vayan a dormir? ¿Que me relaje?
Relajarse viendo "El hormiguero" es tan difícil como beber whisky en la fábrica de "Jack Daniel’s". "Jack Daniel’s" es probablemente el mejor whisky del mundo y, desde luego, el mejor bourbon que uno se puede encontrar si anda vagabundeando por los Estados Unidos. Pero se fabrica en Lynchburg, Tennessee, pequeña ciudad de 5000 habitantes y un solo semáforo en donde se encuentra prohibida la venta de alcohol. Es curioso: la visita a la destilería te desvela todos los secretos de un licor que sólo podrás conseguir si sales del condado. De igual manera Pablo Motos te propone que te relajes, pero su trabajo discurre en un medio en donde se encuentra prohibido todo lo que no sea excitar al espectador. Así que desde hace unos días cumplo ceremoniosamente el mismo ritual cada vez que termino de cenar. Comienzo a ver "El hormiguero". Espero a que Motos diga "relááájate". Y sólo entonces apago el televisor para servirme un chupitín de Jack Daniel’s que bebo lentamente en la oscuridad.
Empecemos por la mitad de la columna: mi ADSL me va como el culo. Continuemos por el comienzo: yo quería dedicar el artículo de hoy a comentar la nueva televisión on line de Cuatro: "play.cuatro.com", en donde al parecer se puede ver en directo la programación de la cadena del puntito rojo y rever en diferido todos los espacios de producción propia. ¿Te perdiste "Pekín Express"? Pues entras ahí y te lo zampas de un tirón sin publicidad. ¿No viste el último "Cuarto Milenio"? Pues tecleas la dirección de cualquier otra página y te das el gustazo de volver a no verlo. Como en "rtve.es", en donde se puede acceder a los programas de TVE a la carta. Como en "misexta.tv", en donde se ve una y otra vez al Follonero enfrentando a Losantos y a Zapatero.
Pero volvamos a la mitad de la columna: mi ADSL me va como el culo. Las continuas interrupciones hacen desesperante ver "Supernanny". A Concha García Campoy se le queda la cara congelada cada media docena de microgestos. Llamo a Telefónica y una máquina me pregunta el motivo de mi queja: "Mi ADSL me va como el culo" vocalizo lentamente. Me atiende una teleoperadora que comprueba la velocidad de mi conexión: "Tiene usted contratados 6 Mb y su conexión actual es de 1.9 Mb. Está dentro de los márgenes normales". "¿¿Quééé??". Me explica que Telefónica sólo garantiza el 10% de la velocidad contratada y asegura que yo firmé un contrato en donde ya se me advertía de esta gracieta. "Pero, señorita", gimoteo, "así no voy a poder explorar Play Cuatro. Soy un periodista responsable y me debo a mis lectores. ¿Hay alguna otra cláusula que me permita pagar sólo el 10% de la tarifa?". Silencio. Segundos después otra máquina me pide que pulse el "1" si he quedado satisfecho con la consulta.
Terminamos por el final: hoy veré "Callejeros" en mi televisor. Como en el siglo XX. Tengo que mirar a qué hora lo emiten porque en los televisores los programas sólo aparecen a horas concretas. Ustedes, si su ADSL no les va como el culo, disfrútenlo en "play.cuatro.com".
Vale que en las ceremonias de entrega de premios hay que innovar, pero lo que vimos anteanoche durante la gala de los Ondas fue un exceso. En la labor de presentación había dos que hacían de polis buenos y uno que hacía de poli malo, había incluso un rey Arturo que iba por libre custodiado por sus soldados cantando y haciendo comedia. Si a esto sumamos el desfile de premiados, se entiende que los asistentes optaran por no entrar en distingos y aplaudir a cualquiera que apareciera sobre el escenario, fuera lo que fuera. Y así, claro, pasó lo que pasó.
Fue una broma de pésimo gusto. El rey Arturo se salió de madre y dijo que el premio al mejor presentador era para Jorge Javier Vázquez. Antes de que los organizadores del acto pudieran hacer nada para evitarlo, va el tío, sube al escenario, se arrodilla para que el rey Arturo le dé el espaldarazo nombrándole caballero de la telebasura, o algo así, y se pone a agradecer el premio como si la cosa fuera de verdad. Y el público venga a aplaudir la ocurrencia. Era la una de la mañana y hacía sueño, pero abrí unos ojos como platos. ¿Qué ocurrirá si estas imágenes empiezan a circular por YouTube y la gente acaba por creerse que JJV recibió el premio Ondas? ¿No se dan cuenta del grave desprestigio que sufriría un premio de tanta solera?
El pecho al aire de Janet Jackson hace cinco años en la Super Bowl fue una tontería, pero esto es algo mucho más serio. Es necesario que las ceremonias de entrega de premios se emitan en falso directo con un retardo de la señal de varios minutos. Hay que tomar medidas para que si a alguien más se le ocurre reventar una entrega de premios, dé tiempo a reaccionar y pueda interrumpirse la emisión. Es una medida extrema, es cierto, pero debemos pensar en los profesionales que en los últimos años ganaron el Ondas y ahora, avergonzados, lo tienen que esconder en el trastero, donde nadie lo vea.
Falta una semana para que termine “Curso del 63” y uno sigue sin dar crédito a lo que ve. Da igual haberse zampado el programa las cinco semanas que lleva emitiéndose, eso no hay quién lo entienda. A ver, el pretexto del programa es sencillo. Desde el principio se pilla eso de que se trata de unos estudiantes viviendo internos en un colegio ambientado en el año 63. Y eso que hay omisiones que claman al cielo: faltan las bofetadas, las fotos de Franco presidiendo el aula junto al crucifijo (¿o era al revés?) y aquellas clases voluntarias de religión a las que cualquiera era libre de no asistir si evitaba el laicismo excluyente y se marchaba en silencio de España respetando las creencias de los demás, amén.
Pero, dejando a un lado el decorado y los platos de Duralex, ¿de qué va este programa? Con el mismo decorado y los mismos platos, en “Cuéntame” hicieron una serie. ¿Qué hicieron en “Curso del 63”? Parece un reality al estilo de “GH”, de hecho los participantes soportan grandes tormentos (¡como comer lo que hay para comer y no interrumpir cuando otra persona está hablando!) porque no quieren bajo ningún concepto ser expulsados. Pero si no hay premios ni nada que se le parezca, ¿por qué aguantan y qué ganan los participantes? Si se trata de mostrar que los jóvenes de hoy encajan mal en la escuela a la que fueron sus padres, lo han conseguido. Pero es que es lógico: el mundo cambió en los últimos 40 años más que en los ocho siglos anteriores, así que los hijos no encajan en la escuela de sus padres igual que sus padres no encajarían en la Escuela de traductores de Toledo.
A estas alturas sólo se me ocurre una explicación: “Curso del 63” trata de mostrar los terribles efectos que causa crecer viendo en la tele series juveniles tan nefastas como “Compañeros” primero, y, sobre todo, “Física o química”, después. A Gorka quisiera ver yo en el Colegio San Severo.
Como Bob Harris (Bill Murray) en la película “Lost in Translation”, pero antes de encontrarse con Charlotte (Scarlett Johansson) en el bar de aquel hotel de Tokio. Así me sentí a lo largo y ancho del publirreportaje sobre Jesulín de Ubrique emitido el lunes en Antena 3. Ese tiempo que pasé con el resumen de las treinta y seis horas en la finca “Ambiciones” fue tan extraño, solitario, absurdo y tedioso como las horas nocturnas que Bob dejaba pasar en el bar del hotel mientras esperaba a que amaneciera para poder rodar un extraño, solitario, absurdo y tedioso anuncio de whisky. Jesulín de Ubrique al desnudo. Su relación con María José Campanario. Sus hijos, a los que adora. Su carrera como torero. Sus paseos por la finca “Ambiciones”. Un hotel de Tokio.
Perdido en “Ambiciones”. Perdido en un hotel de Tokio en donde no se me había perdido nada. Es culpa mía, no del maldito anuncio de whisky. ¿Por qué viajar a un lugar que no nos interesa? En “Informe Robinson” (Canal +), los futboleros en especial y los seres humanos en general podemos disfrutar con una conmovedora y tranquila entrevista a Samuel Eto´o, el maravilloso delantero camerunés que salió del Barça por la puerta de atrás y regresará al Camp Nou con el Inter como sólo los grandes pueden hacerlo: con la afición entregada en cuerpo y alma. Qué diferencia entre el fluir de las opiniones y recuerdos de Eto´o (su mejor momento en el Barça fue en un partido contra el Albacete) y el constante traqueteo de las palabras de Jesulín. ¿Será que entiendo a Eto´o porque entiendo al futbolista, mientras que no entiendo a Jesulín porque no entiendo el torero? ¿O será porque Eto´o habla de fútbol, de goles, de su vida pública como futbolista, y no de sus amores, de sus hijos y de su vida privada como ciudadano Samuel?
¿Será, entonces, que la vida del ciudadano Jesulín nos es tan, tan, tan ajena como la ciudad de Tokio lo es para el perdidísimo Bob? Puede que si Michael Robinson dedicara uno de sus informes al torero Jesulín, los espectadores acabaríamos aprendiendo algo de japonés, lo suficiente como para no tener que pasar la noche acodados en la barra del bar de un hotel de Tokio. De momento aquí nos quedamos, en un hotel de Tokio sin saber una palabra de japonés. Esperando a Robinson o a Charlotte.