18/6/19

LA MUERTE PARA LOS CREYENTES

Claro, ahora lo entiendo, para los creyentes la muerte debe de ser algo parecido a “El cielo puede esperar”, la divertida e ingeniosa serie de Movistar+ que presenta el falso entierro de personajes populares, mientras el falso finado sigue la ceremonia a través de una pantalla de plasma situada en una sala anexa. Tú la palmas, pero sigues plenamente consciente de lo que pasa a tu alrededor. Ya no tienes retinas, pero sigues percibiendo el rango de colores correspondiente a las longitudes de onda a las que reaccionaban sus fotorreceptores. Ya no tienes tímpanos, pero sigues oyendo los sonidos correspondientes a las frecuencias a las que reaccionaba el nervio auditivo. No estás en ningún sitio concreto del espacio, pero ves las cosas desde una determinada perspectiva -habitualmente, elevada-.

Pues si la muerte es así, oye, casi que me apunto. Mola. Muero porque no muero. En mi funeral Rozalén no hará una maravillosa versión de “Peces de ciudad”, como hizo en el de Ana Belén, pero estoy casi seguro de que los amigos que vendrán a presentar sus faltas de respeto no serán menos cabrones que los que lo hicieron en el velorio de Leiva o Xavier Sardá. No era un asunto que ocupara mucho mi atención hasta este momento, convencido como estaba de la máxima epicúrea que afirma que cuando la muerte esté ya no estaré yo, pero ahora que parece que sí, que voy a estar en la habitación de al lado, me interesa saber si mis deudos me llorarán más o menos que los de Arturo Valls.

Apetece hacerse creyente. Es lo que tiene la televisión, que te dan ganas de hacerte creyente. De lo que sea. De “Juego de tronos”. Del independentismo catalán. De la boda de Pilar Rubio y Sergio Ramos. De la vida después de la muerte y el más allá. El caso es creer. Es el principio y el fin de la televisión. Y, puestos a creer, la muerte que nos presenta “El cielo puede esperar” es la máxima creencia que nos podemos permitir los ateos. Qué envidia me dan los creyentes: viven permanentemente dentro de Movistar+.

17/6/19

¿QUÉ HA SIDO DE LAS SERIES PROCEDIMENTALES?


¿Nadie se ha dado cuenta de que, de pronto, de la noche a la mañana, han desaparecido todas las series procedimentales? En el argot televisivo se conoce como “procedimental” aquella serie, habitualmente de temática policíaca, aunque también médica, periodística, de ciencia-ficción, en donde se presenta en cada capítulo un “caso”, una trama que se inicia, se desarrolla y se termina en dicho episodio. Las series procedimentales acostumbran a girar exclusivamente alrededor de un único personaje –“Colombo”, “Se ha escrito un crimen”- o, como mucho, un equipo –“El equipo A”, “Bones”-. Al no tener casi tramas horizontales, los capítulos pueden ser vistos casi en cualquier orden -ah, mira un capítulo de “House”, voy a verlo; empieza “Caso abierto”, a ver de qué va-.

“El cuento de la criada” está muy bien, claro. Y “Juego de tronos”, espectacular. “Chernobyl”, prodigiosa, de quedar cinco horas boquiabierto. Pero, bah, ¿soy el único que echa de menos dedicar una horina a ver a Kojac resolver un caso policíaco o a la doctora Quinn afrontar la epidemia de sarampión en una aldea del medio oeste norteamericano? ¿No eran maravillosas aquellas series que podías disfrutar sin conocer los sesenta personajes de la trama ni tener que haber visto enteritas las ocho temporadas previas? ¿Que te cansabas de crímenes y enfermedades? Pues te ibas a “Vacaciones en el mar” o a “Lou Grant”.

Las series procedimentales fueron durante décadas el estándar propio de todas las grandes series. Decir “serie” era decir “serie procedimental”. Hasta que llegó la televisión por cable, y el formato de los grandes relatos empezó a arrinconar a los “casos”. Sin darnos cuenta, empezamos a ver temporadas en vez de capítulos. Los primeros segundos de un episodio ya no adelantaban lo que íbamos a ver, sino que nos recordaban lo que habíamos visto. Aparecieron los spoilers. Algo muy raro ocurrió el día en el que dejamos de estar seguros de que el protagonista de nuestra serie favorita iba a terminar el capítulo sano y salvo.

16/6/19

UNA CALLE EN EL CORAZÓN


Las mujeres afroamericanas matemáticas de la NASA ya tienen una calle en Washington llamada “Figuras ocultas”, el mismo nombre que la estupenda película de Theodore Melfi basada en el libro de Margot Lee Shetterly. La justicia poética suele llegar tarde, pero llega. Los cálculos matemáticos de Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson permitieron que John Glenn se convirtiera en el primer astronauta estadounidense en orbitar el planeta Tierra, y eso en un país que en el que los negros no podían hacer pis en los mismos baños que los blancos. La matemática no tiene color, ni horario, ni fecha en el calendario. Pero los derechos civiles, sí. Por eso debemos celebrar que hoy, en Washington, una calle recuerde el nombre de aquellas mujeres matemáticas que tenían que orinar lejos de su lugar de trabajo porque su piel no era del color adecuado. Peo hay más figuras ocultas.

Si no han visto el documental “A 20 pasos de la fama” (La 2), no sé qué hacen leyendo este artículo en vez de correr en su busca como un rockero convencido de que Elvis Presley ha resucitado y da un concierto en Memphis. “A 20 pasos de la fama” nos descubre la historia (y el presente) de las mujeres negras que han acompañado con sus voces imposiblemente perfectas a los grandes de la música popular, desde Ray Charles y Steve Wonder a Sting, David Bowie, Mick Jagger o Joe Cocker pasando por, tachán, Bruce Springsteen. Esas coristas eran también “figuras ocultas” aunque su presencia y sus voces lo llenaran todo, incluido el breve espacio en el que no está el cantante principal. Darlene Love, señoras y señores. Los monjes cistercienses decían que el canto deber ser dulce sin ser ligero, que agrade el oído a fin de conmover el corazón, y que no vacíe el texto de su sentido sino que, por el contrario, lo enriquezca. San Bernardo de Claraval habría alucinado con Darlene Love, y su corazón se habría conmovido como lo hicieron los corazones de los músicos que la contrataron y de los espectadores que la escucharon. Darlene explica en “A 20 pasos de la fama” cómo fue su vida de corista, y creo que el mejor elogio que podemos hacer es que, como diría Demócrito, sus palabras son la sombra de su acción y de sus canciones. Esta extraordinaria mujer es una de esas “figuras ocultas” que merecen una calle no en Washington, sino en nuestros corazones. Los cálculos de Katherine Johnson y el ritmo de Darlene Love ya no están ocultos.

15/6/19

EL LOUVRE, EL PRADO Y EL SOFÍA


Un año más, el Louvre es el museo más visitado del mundo. El Museo del Prado no solo está lejos del Louvre en número de visitantes, sino que es superado por el Museo Reina Sofía. Pues bien, ¿qué ocurriría si el “Guernica” de Picasso estuviera en el Louvre y “La Gioconda” de Da Vinci en el Museo del Prado? Y si no es descabellado un trueque entre el París Saint-Germain y el Barça de modo que Coutinho juegue en París y Neymar en Barcelona, ¿qué pasaría si el Louvre y el Prado acordaran un trueque entre “La Gioconda” y “El jardín de las delicias” de El Bosco para que la media sonrisa más famosa del mundo se mude a Madrid y las fascinantes imágenes del Edén y del Infierno viajen a París? ¿Hay alguna obra de arte que pueda ser expuesta en el Louvre, el Prado o el Reina Sofía sin provocar un problema artístico, turístico u ontológico? Dicho de otra manera, ¿el “Guernica”, “La Gioconda” y “El jardín de las delicias” son como  “El bueno, el feo y el malo”, el genial “spaghetti western” dirigido por Sergio Leone?

Me encontré con “El bueno, el feo y el malo” en Movistar Drama y, como siempre, no tuve más remedio que acompañar a Rubio (el “bueno”), Sentencia (el “malo”) y Tuco (el “feo”) en sus aventuras en el viejo Oeste. ¿Por qué “El bueno, el feo y el malo” se emite en un canal dedicado al drama? ¿Podría la película de Leone emitirse en Movistar Acción? Por supuesto. ¿Y en Movistar Comedia? Sin duda. ¿Y en Movistar Cine Ñ? Técnicamente, sí. ¿Qué es, entonces, “El bueno, el feo y el malo”? ¿Drama? ¿Acción? ¿Comedia? ¿Una coproducción ítalo-hispano-alemana? Es todo. Por eso Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach podrían ser exhibidos en el Louvre, en el Prado o en el Reina Sofía sin ningún problema artístico, turístico u ontológico. Es lo que tienen los clásicos. “La Gioconda” no desentonaría en el Museo del Prado, “El jardín de las delicias” no tendría nada que envidiar a las obras de arte más audaces del Reina Sofía, y el “Guernica” sería tan bien recibido en el Louvre como un Neymar limpito, sano y motivado en el Camp Nou. Por eso “El bueno, el feo y el malo” no desentona en un canal de televisión dedicado al drama, no tendría nada que envidiar a la acción de “Arma letal” y sería bien recibido por los chicos de “Tropic Thunder”.

Lo del trueque Coutinho-Neymar, sin embargo, no está tan claro.

14/6/19

EL CERO ABSOLUTO, LA VELOCIDAD DE LA LUZ Y "ANNIE HALL"

La Física ha demostrado la existencia de tres límites insuperables en el cosmos generado tras el Big Bang: el cero absoluto respecto a la temperatura, la luz respecto a la velocidad y “Annie Hall” respecto a la comedia. Son constantes inamovibles, valores inalcanzables por mucho que se desarrolle la civilización y la tecnología. El límite inferior de temperatura se sitúa en los -273,15 grados Celsius. Podremos acercarnos muchísimo a ese valor -de hecho, ya hemos conseguido alcanzar temperaturas de -273,144 grados Celsius-, pero no podremos rebasarlo. El universo saltaría por los aires. El límite superior de velocidad lo posee la luz, con sus casi 300.000 kilómetros por segundo. Si aceleras mucho, pero mucho mucho muchísimo, podrás aproximarte a ese valor -y se te quedará una cara parecida a la de Bowman en “2001”-, pero jamás podrás superarlo. Cosas del Big Bang.

Y la aplicación de las ecuaciones de Maxwell y Einstein a la Comediología, demuestran que “Annie Hall” (Woody Allen, 1977) constituye la constante máxima de toda película cómica, independientemente del marco de referencia del observador. Da igual desde dónde la mires. No importa cuál sea tu biografía cinematográfica previa. El pasado miércoles en “Días de cine clásico” (La 2, ¡gracias, gracias, gracias por existir!) pudimos comprobar una vez más por qué. Da igual lo mucho que se intente: es cosmológicamente imposible que ninguna película pueda superar la gran explosión de ingenio, innovaciones narrativas, humor divertidísimo, afiladísimas sentencias e hiperrealista retrato del microindividuo perdido en la macrosociedad que es esta obra maestra irrepetible del genial Woody Allen.

A medida que se desarrolle la tecnología podremos ir acercándonos más y más a “Annie Hall”, pero superarla reventaría la estructura subatómica de esa parte tan peculiar del universo que llamamos “cine”. Sería como moverse más rápido que la luz o estar más frío que el cero absoluto. 

13/6/19

LA PANTOJA, BORRACHA


La tele influye en nosotros, pero sin pasarse. Los espectadores imitamos la conducta de los personajes televisivos, pero no es para tanto. Las empresas pagan para que determinados famosos de la tele anuncien un producto que así aumentará sus ventas, pero en realidad la gente compra lo que le da la gana con que da igual lo que anuncien. Consciente de la capacidad de modelado del medio televisivo, el Estado legisla qué se puede hacer en la tele y qué no, qué se puede emitir y qué no, qué horas son adecuadas mostrar algunas cosas, pero recordando siempre que, bueno, tampoco hay que creerse esto del todo.

Por eso, un año más, en “Supervivientes” nadie bebe alcohol ni, muchísimo menos, fuma. Podemos ver en la tele cómo les hacen mil perrerías a los participantes, siempre que nadie beba ni fume. La ley no lo permite. Podemos disfrutar del espectáculo de ver a Isabel Pantoja aguantando lo que le echen para ganar su dinerito, pero no saldrá bebiendo o fumando en una prueba de “Supervivientes” por el mismo motivo por el que su Paquirrín no se metió nunca nada en directo en ningún programa de Telecinco: está prohibido por ley. Esto está bien por dos motivos: primero, protege su salud, y, segundo, protege la nuestra. Pero, ya lo habíamos dicho, tampoco hay que ser más papista que el papa. Tanta protección es tontería.

Por eso es tan requetedivertido ver en “Supervivientes” a los participantes sufrir al tirarse del helicóptero a ver si alguno se descalabra, mirar cómo hacen pruebas estúpidas en las que lo pasan fatal y alguien puede salir malparado, verlos someterse a una dieta de locos que cualquier nutricionista etiquetaría de dañina y peligrosa, verlos exponerse al sol contra todas las indicaciones de los dermatólogos. ¿Que esto es una irresponsabilidad que atenta contra su salud y la de millones de telespectadores que pueden imitar lo que ven? Bueno, tampoco nos volvamos locos. Pensemos lo divertido que es ver a Carlos Lozano flaco como un faquir y a la Pantoja negra como un tizón. Lástima que no puedan hacerles beber, con la risa que dan los borrachos.

12/6/19

HOY NO ESTOY PARA NADIE

¿Hola? ¿Sí? ¿Quién es? Ah, de la dirección del Canal Viajar… ¿Sí? ¿Que me quieren proponer presentar una serie documental de viajes y gastronomía a lo largo de todo el mundo? Hoteles de cinco estrellas… los mejores vinos del planeta… las estancias más exóticas… Como lo de Rick Stein, pero con diez veces más presupuesto… ¿Y el sueldo? ¿De verdad? Pero eso es más de lo que cobró Will Smith por “One strange rock”… Vale, acepto, ¿cuándo nos vemos? ¿Hoy? ¿Tiene que ser justamente hoy a las diez? Imposible. Netflix estrena el nuevo documental de Martin Scorsese sobre la gira de Bob Dylan de 1975 y 1976. Nada, nada, no cuenten conmigo.

¿Hola? ¿Sí? ¡Scarlett! ¡Qué alegría saludarte! ¿Qué es de tu vida, majísima? ¿Qué me cuentas? ¡Estás en mi ciudad! ¿De verdad? ¿Con Beyoncé y Charlize Teron? ¿Y qué hacéis por aquí? ¿Qué habéis venido sólo para verme a mí? ¿Qué no aguantáis más y queréis comprobar eso que se cuenta de mí por todo el mundo cinematográfico? ¿A la vez? ¿Las tres? Oye, pues encantado. ¿Cuándo nos vemos? ¿Marcháis mañana temprano? ¿Tiene que ser esta noche? Pues no va a poder ser. Claro, por el estreno del documental sobre Bob Dylan… Ya sé que lo puedo ver mañana, pero ¡cómo voy a esperar unas horas pudiendo verlo antes! No insistas, Scarlett. No llores, por favor. No, no me pases a Charlize y a Beyoncé. Ya me conoces: cuando anda Bob Dylan por medio, no es no.

¿Hola? ¿Sí? ¿Quién es? ¿La representante del señor Woody Allen? ¡Qué gran honor! ¿A qué debo su llamada? ¡Pero qué me dice! ¿Yo? ¿Protagonizar yo la nueva película de Woody Allen? Pues claro que acepto. ¿Cenar con el señor Allen? Pues claro, será un placer. ¿Que es un fan de mis columnas? Qué alegr… ¿Hoy? No, hoy no puedo. De ninguna manera. ¿O ceno hoy con Woody Allen o pierdo el papel de mi vida? Pues lo pierdo. La gira de 1975 y 1976 fue la mejor gira de la historia de Bob Dylan, lo cual equivale a decir la mejor gira de la historia del rock, y Martin Scorsese es el mejor documentalista musical que ha existido… Pues nada, es una pena, porque yo el papel de cincuentón neurótico urbano lo tengo muy trabajado, pero es que hoy no estoy para nadie.

11/6/19

CHICOTE SE PASA A LA POLÍTICA


Menudo despiste arrastra Chicote. Lo que son las cosas: míster delantales floridos, el tipo que tantas lecciones da a los demás sobre cómo tienen que hacer las cosas, no sabe cómo hacer las suyas. Y lo malo no es que el Pepito Grillo de los fogones, esté confundido, liado, engañado; lo malo es que confunde, lía y engaña a los demás. Nos hace creer que su actual programa, “¿Te lo vas a comer?” (noche de los miércoles, en laSexta), es un programa que –como los que hizo hasta ahora– trata sobre comida, alimentos, nutrición. Y de eso nada. Lo parece porque no hace más que hablar de comida, investigar los alimentos y valorar la nutrición, pero eso no tiene nada que ver. “¿Te lo vas a comer?” es un programa de política y economía política. El hombre denuncia de la restauración se ha transformado en hombre denuncia del neoliberalismo y ni él mismo se ha enterado.

A no ser, claro, que “¿Te lo vas a comer?” no sea un despiste de Chicote. A lo mejor forma parte de un plan secreto para lanzar su candidatura política. No será el primero que usa la tele con ese fin. Desde luego, el programa le ha colocado en la situación perfecta para empezar a ir los debates de laSexta a discutir con Marhuenda, Inda y Claver sobre economía y libre mercado antes de saltar a la política. Eso explicaría que si “Pesadilla en la cocina” insistía una y otra vez en la poca profesionalidad que hay en algunos restaurantes y la enorme suciedad de sus cocinas, “¿Te lo vas a comer?” haya cambiado de foco para insistir en lo mal que funcionan las subcontratas, y los peligros de la privatización de los servicios públicos. Por eso, vaya donde vaya Chicote, da igual que se ocupe de colegios, visite asilos o investigue hospitales, cada semana nos restriega por las narices lo mal que trabajan las subcontratas y la mala calidad del servicio que ofrece la administración cuando externaliza la atención al ciudadano.

Porque si Chicote no hace trampa, si no escoge los casos para lanzar su carrera política, si muestra el horror tal cual es, alguien debería cambiar el título del programa por “¿Te lo vas a subcontratar?” para evitar despistes. A ver si así se entera. A ver si así nos enteramos.

10/6/19

NO ESTAMOS SOLOS


Como dice el astronauta Taylor en “El planeta de los simios” cuando reflexiona en su nave espacial antes de estrellarse en un planeta que resulta ser su hogar, no es nada científico, sino algo puramente personal. Pero desde aquí arriba, mientras veo los documentales dedicados al Amazonas, el Nilo y el Misisipi en “Grandes ríos” (#0), todo parece diferente, el tiempo se alarga, el espacio es infinito, aplasta el orgullo del hombre. Me siento solo. Es todo.

Y como le sucede a Taylor en “El planeta de los simios” mientras contempla el espacio, la naturaleza que explota ante los ojos del espectador a lo largo del Amazonas, del Nilo y del Misisipi nos sobrecoge y aplasta tanto como conmueve. Todo parece diferente desde las montañas de la Luna, entre el Congo y Uganda, donde se encuentra la más alta fuente del Nilo. El tiempo se alarga mientras viajamos a lo largo del Misisipi, un río que vertebra los Estados Unidos como los poemas de Homero vertebran la civilización occidental. El espacio infinito se percibe desde las aguas del Amazonas, ese río que transporta una quinta parte del agua dulce del planeta Tierra. Los grandes ríos aplastan el orgullo del hombre. Yo me siento solo. Usted se siente solo. Todos nos sentimos solos. Es todo.

¿Es todo? La gran diferencia entre Taylor enfrentado al universo en su nave espacial y los espectadores devorados por la sublime inmensidad de los grandes ríos es que Taylor se encontrará con una civilización simia y una estatua semienterrada, pero los espectadores nos toparemos con unos humanos en África que aprovechan la eclosión de miles de millones de moscas para hacer hamburguesas de mosca (con más proteínas que una hamburguesa de vacuno) y con otros humanos en Norteamérica que aprovechan el Misisipi para abastecer de arándanos a medio mundo. Leonard, cuando lee sus votos de boda a Penny en la novena temporada de “Big Bang”, dice que estamos hechos de partículas que existen desde que empezó el universo, y que le gusta pensar que esos átomos han viajado durante miles de años por el tiempo y el espacio para que él y Penny estuvieran juntos. Los espectadores podemos hacer los mismos votos que Leonard porque el universo y los grandes ríos nos aplastan, pero nuestros átomos han viajado por el espacio y el tiempo para que el conocimiento de los ciclos de un mundo cambiante nos una. No estamos solos.

9/6/19

CHICHO Y LA SOPA FRÍA


Puede que Chicho Ibáñez Serrador no esté muerto, sino que permanece escondido detrás de su sillón para ver lo que decimos de él, tal y como hizo el inolvidable Tom Sawyer. Pero esa broma final, que habría sido digna de Chicho, no es una broma. El tipo que a muchos nos impidió dormir en sus “Historias para no dormir” (el que avisa no es traidor) ha muerto y ningún telediario ha sido capaz de expresar la grandiosa tristeza de este hecho. Chicho ha muerto y, sin saber muy bien por qué, me acordé de Octavio en “Cleopatra”, la maravillosa película de Joseph L. Mankiewicz.

Al enterarse del suicidio de Marco Antonio, Octavio reacciona con una mezcla de incredulidad y horror ante un suceso que no esperaba: “La sopa está caliente... La sopa está fría... Antonio está muerto.... Antonio está vivo”. ¿Cómo es posible que alguien pueda referirse a la muerte de Antonio con la misma tranquilidad con la que se dice que la sopa está caliente o está fría, se pregunta un perplejo Octavio? Antonio ha muerto. Es un acontecimiento descomunal, grandioso, gigantesco. Por eso Octavio se enfada con el mensajero, por referirse a la muerte del gran Marco Antonio con el mismo tono que emplearía para decir que la sopa está fría. Y, quien dice Marco Antonio, dice Chicho Ibáñez Serrador. Chicho está muerto. La sopa está fría. No importan los homenajes, no importa el hermoso “Imprescindibles” que le dedicó TVE, no importan los testimonios de todos los que reconocen que Chicho les cambió la vida tanto como la escena de la ducha de “Psicosis” puede cambiar los hábitos en el cuarto de baño, no importa que las palabras se peguen a la garganta cuando los que vivimos la gran época del concurso “Un, dos, tres… responda otra vez” intentamos explicar el sentido de aquellos viernes televisivos. Nada importa, porque todo lo que digamos es como decir que la sopa está fría o la sopa está caliente.

De acuerdo, Chicho es de esos que mueren pero que no mueren, porque dentro de un par de días todos olvidaremos que ha muerto y nos alegraremos cuando le veamos aparecer caminando como si fuera un Tom Sawyer con barba. Pero ahora, tan en caliente como la sopa caliente, la muerte de Chicho nos ha dejado tan fríos como la sopa fría y tan perplejos como Octavio cuando se enteró de la muerte de Antonio. Chicho está muerto y, la verdad, yo ya tengo ganas de que sea mañana para olvidarme de la dichosa sopa y poder abrazar a Tom Sawyer.

8/6/19

FREDDIE MERCURY CANTÓ "HEY, JUDE" CON BOB DYLAN EN WOODSTOCK

He vuelto a ver “Bohemian Rhapsody” ahora que ha llegado a Movistar+ y, qué queréis que os diga, a mí el protagonista me sigue recordando mucho a Freddie Mercury. Es más, me atrevería a decir que la trama de la oscarizada película recuerda vagamente en algunos aspectos a la verdadera trayectoria de Queen.

Cuidado, no quiero enfadar a ningún lector queenmaníaco. Sé de sobra que Queen no se formó como se forma la banda que aparece en la película. Ni los discos se grabaron en el orden en el que aparecen en la película. Ni Freddie Mercury conoció al resto de miembros de la banda como aparece en la película. La historia que aparece en el filme entre Freddie Mercury y Marie Austin no tiene nada que ver con la que realmente existió. La banda que aparece en “Bohemian Rhapsody” se separa a mitad de la carrera; Queen nunca se separó. En “Bohemian Rhapsody”, la banda entra en crisis por los discos en solitario de Freddie Mercury; esos discos no provocaron ningún problema a Queen. Freddie Mercury no conoció a Jim Hutton como aparece en la película. Se nos dice en la película que la banda llevaba años sin tocar juntos antes de su actuación en el Live Aid; Queen tocó en el Live Aid un mes después de una gira mundial. La película centra buena parte de su carga dramática en el diagnóstico de sida que Freddie Mercury recibe antes del Live Aid, y cómo él afronta ese concierto como el último de su carrera; Freddie Mercury no fue diagnosticado de sida hasta un par de años después del Live Aid.

Vamos, que sólo faltó que “Bohemian Rhapsody” nos mostrase a Queen interpretando “Hey Jude” en Woodstock junto a Bob Dylan. Aun así, sigo viendo cierto parecido entre el protagonista y Freddie Mercury. No sé… ese bigotillo, la piñata, esas camisetas. Me llamaréis loco, pero apostaría a que el director Bryan Singer se inspiró en Freddie Mercury para su personaje central de “Bohemian Rhapsody”.

7/6/19

COMPLETAMENTE AGILIPOLLADA



En su permanente exploración literaria, Leticia Sabater consigue con “Dieciocho centímetros papi” una cumbre difícilmente superable, que demuestra que hallazgos anteriores como “Mr. Policeman” o “Toma pepinazo” no fueron casualidades. Desarrollando conceptos que ya se apuntaban en “El polvorrón”, Sabater se abre a narrativas más fenoménicas, enraizadas por igual en los novísimos y la poesía de la experiencia. No es de extrañar que todas las cadenas de televisión hayan incluido el videoclip de su nueva canción en sus programas culturales.

Su permanente juego multinivel con los idiomas –“el sixtynine está demodé”-, su relectura de Joyce, que lleva a la canción técnicas basadas en el flujo de la conciencia hasta extremos que ni Woolf o Faulkner hubieran imaginado -“esta noche yo decido hora y lugar pa chingar porque me encanta el mambo que tú me das”-, la innovadora mezcla de lenguajes, capaz de crear versos casi expresionistas, al juntar términos científicos y populares, precisión y deseo a la vez –“dame tus dieciocho centímetros papi, que cuando me la metes me mojas”-, sus metáforas inesperadas –“eres mi microondas, ya estoy caliente”-, esa capacidad para la sugerencia sutil, imperceptible, heredera del último Machado, que reclama del espectador un trabajo activo para descifrar levísimos apuntes –“qué rico despertarme contigo desayunando hamburguesa, jugando a pringarme la cara con tus dieciocho centímetros con mayonesa”-…

No faltarán los intelectuales sectarios que, desde su torre de marfil, despreciarán la obra de Sabater -también en su día despreciaron a Kafka o a Monet-. Esos grupos elitistas terminarán adorándola, como terminaron adorando a Van Gogh o a Fo. La historia demostrará el gran valor cultural de esta artista y la necesidad de incluirla cuanto antes en los currículos educativos, especialmente si queremos conseguir -como en ocasiones parece ser el objetivo de la cultura, la educación y el arte- que la ciudadanía se quede completamente agilipollada.

6/6/19

VERGÜENZA REAL


Estoy harto de cotilleos. Si “Todo es mentira” (Cuatro) está consiguiendo que se pongan nerviosos en “Zapeando” (laSexta) es porque cuenta con una plantilla de colaboradores más rápidos, sagaces y divertidos, vale, pero también porque aborda temas de más calado que las habituales naderías de chichinabo de “Zapeando” (que deberían ser patrimonio exclusivo de Alfonso Arús y su “Arusitis”, el programa despertatroz de laSexta). Pues no hay manera. Parece que “Todo es mentira” no se entera de que debería centrarse en lo que funciona y renunciar a chismes, tonterías y dimes y diretes.

La sobremesa del martes, “Todo es mentira” fue una vergüenza. Se dedicó a cotillear sobre una familia con problemas, a dar pelos y señales de cada uno de sus miembros —con nombres y ocupaciones para que no quedara duda—, a airear sus miserias, a hacer chistes sobre su desgracia, a opinar alegremente sobre ellos sin importar el daño que les hacían, sin tener en cuenta que los niños de esa familia podían estar viendo en la tele lo que decían sobre sus padres y sus abuelos en horario de protección infantil. Que si la mala es la abuela. Que si es peor la madre, que maltrata a su marido. Que si el abuelo es un borrachín mujeriego y corrupto que se enriqueció durante décadas robándonos a todos cobrando comisiones ilícitas sobre el petróleo saudí que compraba España. Que si la abuela es una víctima de toda la familia, una sufridora esposa y pobre mujer que vive con un hijo que no la respeta, una nuera que la maltrata y la odia, y una nieta que la rechaza. Que si las constantes infidelidades del abuelo son una “cosa genética” de su familia, y ella sobrelleva la cornamenta con toda la dignidad que puede. ¿Qué me importa a mí la vida de esta gente? A no ser que hablaran de la familia real, claro. Es lo que Ramoncín denominó el domingo en “Liarla Pardo” (laSexta) “Eso de ser jefe de Estado por razones de apellido, sangre y semen”.

“Todo es mentira” fue, sí, una vergüenza, porque —guste o no— como ciudadanos y como españoles estamos obligados a conocer estos cotilleos, hay que fastidarse.

5/6/19

QUEDA SITIO PARA LA ESPERANZA


Me cae usted bien, así que le regalaré una certeza: el humor bien entendido empieza por uno mismo. Hay otras versiones, como que la caridad, generosidad, cortesía o solidaridad bien entendidas comienzan por uno mismo. No las crea. Son tesis individualistas y autocomplacientes tan falsas, (porque hacen trampa retorciendo las palabras hasta cambiar su significado) como peligrosas (no me detengo, pero si quiere saber más, consulte cualquiera de las obras de usar y tirar que publica el filósofo Donald Trump en Twitter).

Cuando desembarcó en España “El club de la comedia”, parecía que ese programa era el mejor ejemplo de que el humor bien entendido empieza por uno mismo. El primer mandamiento de un monologuista para conectar con el público es tomarse a sí mismo como ejemplo de individuo patético y perdedor, es sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna con la misma sonrisa con la que sufre los dardos y golpes que él se lanza a sí mismo. Hasta que llegó el ‘roast’ a Comedy Central. Allí comprobamos que los participantes en “El roast de…” primero, y en “Roast battle” después, estaban dispuestos a someterse al escarnio público por la buena causa de echarse unas risas. Ese humor bien entendido parecía insuperable.

Hasta que llegó “El cielo puede esperar” a #0 de Movistar+. Que haya personas con tan gran sentido del humor que están dispuestas a asistir a su propio funeral para ver desde el limbo cómo los despellejan sus seres queridos nos reconcilia con la especie humana. Tenemos que soportar que se denuncie a quien bromea simulando sonarse con una bandera, y que se condene a quien hace un cartel humorístico con Ortega Cano, pero si Ana Belén se muere de risa ante la crueldad de que en su velatorio Víctor Manuel diga, cuando le preguntan por las próximas giras, “Ya he hablado con Rosalía, Wyoming espete que “Desafinaba como una perra”, y Edu Galán sentencie “Se nos ha ido la musa de la transición, la niña prodigio, la sonrisa del PC, y mírala, mírala, ahora la muerta de Alcalá”, entonces, amigo, disponemos de una nueva certeza: que no todo está perdido y aún queda sitio para la esperanza.

4/6/19

POR QUÉ HAY QUE APRENDER LATÍN


El escritor argentino Jorge Luis Borges decía que haber sabido y olvidado latín es una posesión, porque el olvido es una de las formas de la memoria. Sin embargo, hay olvidos que se convierten en memoria sin necesidad de haber sido antes una posesión. Hemos olvidado la verdadera historia de Pocahontas y John Smith porque nunca la hemos sabido, y por eso todos recordamos la tierna historia de amor entre la nativa norteamericana Pocahontas (que ni siquiera se llamaba así) y el aventurero inglés John Smith. No poseemos la verdad histórica de estos personajes por haberla aprendido en la escuela y luego olvidado junto con las declinaciones del latín, sino que la recordamos cada vez que vemos en Canal Disney la película “Pocahontas”. No solo el cine modela la historia como Pigmalión modeló la estatua de Galatea, sino que los espectadores nos enamoramos de los personajes históricos modelados por el cine como Pigmalión se enamoró de su Galatea. El dios Hades tiene el pelo azul porque así lo quiso Disney, y todos los piratas se parecen a Johnny Depp.

Un episodio de “Cuarto Milenio” puede destruir en una noche el trabajo de todo un año de los profesores de física (o de historia, o de biología, o de lo que sea) en los institutos, pero el cine muchas veces no destruye nada porque es imposible destruir lo que nunca se construyó. En “La imagen de la presencia de España en América (1492-1898) en el cine británico y estadounidense”, el militar e historiador Esteban Vicente Boisseau explica cómo la leyenda negra ha encontrado su refugio ideal en el cine, de forma que la tergiversación por motivos geopolíticos de gran parte de la historia de España se ha convertido en memoria colectiva sin necesidad de que haya sido primero conocida y luego olvidada. Una película no es un documental, y el cine no es el brazo popular de la Academia, pero es importante saber que cuando vemos “1492: la conquista del Paraíso” un domingo por la tarde en realidad estamos pasando el rato con historias que tienen poco que ver con el reino de Castilla. Es posible disfrutar con la película “Gladiator” y sufrir con la muerte de Marco Aurelio, pero conviene que sepamos que el emperador no murió asesinado por su hijo Cómodo. No pasa nada por olvidar el latín, si previamente se ha aprendido. Ese olvido es una forma memoria. Otra cosa es recordar lo que nunca hemos aprendido y que no nos dejan olvidar.

3/6/19

PASOLINI Y LOS PATADONES


No había pasado nada y, entonces, ocurrió todo. En menos de treinta segundos, una mano de Sissoko dentro del área puso fin a un partido que todos los aficionados esperábamos con la emoción del que sabe que esa noche puede ser una gran noche. Pero no fue una gran noche de fútbol. La final de la Liga de Campeones entre el Tottenham y el Liverpool duró un poquito más que una carrera de 100 metros lisos en los Juegos Olímpicos, un poquito menos que un juego en un partido de tenis entre Federer y Broncano, y más o menos lo mismo que tarda Paulo Coelho en parir diez o doce frases con las que adornar las tazas del desayuno. Con el partido acabado a los treinta segundos, hubo tiempo para fijarse en los detalles (Salah tenía cuentas pendientes consigo mismo) y disfrutar con los comentarios de Michael Robinson y Jorge Valdano.

En el descanso del partido, Valdano dijo que la primera parte había sido como una de esas películas de arte y ensayo de los años 70 del pasado siglo porque no había entendido nada. Es decir, la primera parte del partido Tottenham-Liverpool fue al fútbol lo que “Teorema”, la película de Pasolini, es al cine. Los patadones a la buena de Dios del Tottenham son los “Gritos y susurros” de Ingmar Berman. Los incomprensibles fallos en los pases de los futbolistas del Liverpool nos devolvieron a la puñetera “Muerte en Venecia” de Visconti, la intrascendencia de Kane a las pelis de Konchalovski y el no-ser de Firmino a Luis Buñuel. Y todo así. Es imposible entender cómo dos equipos que habían deslumbrado en semifinales eliminado al Barça y al Ajax se empeñaban en jugar al fútbol como si fueran personajes de una película de Bergman. El fútbol no es una película de arte y ensayo, y el Metropolitano no es la Filmoteca. Pero los patadones en una final de la Liga de Campeones son como los diálogos de “Teorema”, y los cabezazos a la pelota sin más objetivo que alejar de la portería ese objeto redondo pueden irritar tanto como ver “Solaris”, la película de ciencia-ficción de Tarkovsky, cuando lo que uno quiere es pasar el rato con Han Solo y la princesa Leia.

La final de la Liga de Campeones entre los chicos de Klopp y los de Pochettino fue una película de Pasolini que solo entendieron los que no soportan el fútbol. Una película, eso sí, de menos de treinta segundos. Suficiente. Ver a Pasolini pegar patadones en el Metropolitano es demasiado arte y ensayo para un simple futbolero.

2/6/19

LAS EDADES DE LA MUJER


Una de las cosas que más admiro de Concha Velasco es su capacidad para haber sido una mujer de veinte años cuando tenía veinte años, cincuenta años cuando tenía cincuenta años y ochenta años ahora que tiene ochenta años, -bueno, setenta y nueve y medio, ustedes me disculparán-. Algo tan obvio no sería digno de ser destacado si Concha Velasco no trabajara en un gremio que se empeña en tener veinte años cuando se tiene veinte años, veinte años cuando se tiene cincuenta años y veinte años cuando se tiene ochenta años -bueno, en este último caso quizá treinta, salvo Mick Jagger, que se empeña en tener quince-. El momento más hermoso de esta semana fue la hora entera que “Late Motiv” dedicó a hacer un homenaje –“mujeraje”, según los consejos de los guardianes de la galaxia y el lenguaje inclusivo- a la mejor actriz de su generación. El cariño mutuo, de Andreu Buenafuente y todo “Late Motiv” hacia Concha y de Concha hacia Andreu Buenafuente y todo “Late Motiv”, se palpaba en cada detalle del plató, en las réplicas de “Las chicas de la Cruz Roja” o “Santa Teresa de Jesús”, en cada invitado que reconocía el magisterio de esa actriz que se emocionaba ante el repaso de su vida artística. Qué rápido ha pasado el tiempo...

Conocerán ustedes “Las edades del hombre”, esas bellísimas exposiciones que anualmente se organizan en diversos puntos de Castilla y León sobre arte religioso. No sabemos si la fundación patrocinadora está valorando adoptar a partir de ahora el nuevo nombre de “Las edades del hombre y la mujer”, pero, si lo hiciera, su primera exposición podría girar alrededor de Concha Velasco, y el “Late Motiv” del pasado jueves debería emitirse en bucle en alguna sala de la instalación. Fue una joven con talento, honradez y enamorada del teatro. Después fue una mujer con talento, honradez y enamorada del teatro. Y ahora es una anciana con talento, honradez y enamorada del teatro. En las personas hay variables y constantes. Y nunca -ni siquiera hoy en día y mira que lo tendría fácil- quiso vivir del cuento ni aprovecharse de nada que no fuera fruto de su excelente trabajo. A sus pies, maestra.

1/6/19

SI NO VES "EL APARTAMENTO", NO PUEDES QUEJARTE DESPUÉS

A ver, usted, sí, sí, usted… ¿por qué no vio el otro día “El apartamento” en La 2? ¿Que tuvo que atender a su familia? ¿Qué es, que su familia no puede esperar solita un par de horas un miércoles a las diez de la noche? ¿Y usted? Sí, sí, la que está leyendo como si esto no fuera con ella, ¿por qué no vio “El apartamento”? Ah, tenía turno nocturno. Claro, la señorita tenía que trabajar, y como tenía que trabajar se permitió el lujo de no ver “El apartamento”. ¿Acaso no sabe que la emisión de “El apartamento” en La 2 es motivo legalmente reconocido para ausentarse del trabajo, según sentencia del Tribunal Constitucional? ¿Y el del fondo? Ah, no se enteró. Ah, estaba viendo “First dates”. Ah, estaba viendo “La Voz senior”.

Es obligación del Estado intervenir activamente sobre la formación afectiva y artística de la ciudadanía. Son los pilares de una sociedad democrática moderna: la separación de poderes, el cuidado de la sanidad y la educación pública, y la emisión frecuente de “El apartamento” a través de la televisión pública. Y es obligación de los miembros del Estado contribuir a tales fines con su participación activa: pagar cuidadosamente los impuestos que les correspondan, votar en cuantas elecciones se planteen y contemplar con atención desde el primer al último fotograma cuantas emisiones de “El apartamento” programe la televisión pública.

Pero esta vez tan sólo tres coma cuatro de cada cien espectadores eligieron ver “El apartamento”. La calidad democrática de una sociedad suele medirse por los índices de abstención electoral; yo creo que son más significativos los índices de abstención de “El apartamento”. Noventa y seis coma seis de cada cien espectadores no acudieron a la cita y se perdieron la comedia más sencilla, triste y entrañable de la historia del cine. Luego lamentarán que no saben cómo afrontar la vida o que sus relaciones de pareja van como el culo. Si no ves “El apartamento” no puedes quejarte después. Y da igual tu familia, tu trabajo o “First dates”.