19/8/17

HAY OTROS MUNDOS


En el segundo episodio de la maravillosa serie documental “Pop. Una Historia de música y televisión” (#0), Loquillo sentenció, con su eterna media sonrisa, que Lolo Rico, la mujer que creó el programa “La bola de cristal”, hizo más por la educación de los niños en España que todo el tiempo que esos niños pasaron en el cole o en el instituto. ¿Exagerado? ¿Los niños y niñas de los años 80 del pasado siglo deben tanto a los electroduendes y, en especial, a la Bruja Avería (“¡Viva el mal, viva el capital!”)? ¿Tienen alguna deuda de gratitud aquellos jóvenes con Alaska, Pedro Reyes, Pablo Carbonell, Santiago Auserón, Javier Gurruchaga, el propio Loquillo o Kiko Veneno disfrazado de monstruo de Frankenstein? ¿Hay que invitar a un par de cañas a Lolo Rico por haber conseguido que en “La bola de cristal” se emitieran videoclips de Franco Batiato, Golpes Bajos, Nacha Pop o Gabinete Caligari? En definitiva, ¿Loquillo tiene razón y “La bola de cristal” fue más importante para los niños y jóvenes de los 80 que las clases de Matemáticas, Lengua y Sociales en el cole y en el instituto? Digámoslo de otra forma. El cole y el instituto fueron tan importantes para la educación de los niños y jóvenes de los 80 como “La bola de cristal” de Lolo Rico.

Y ahora, las inevitables preguntas: ¿por qué Lolo Rico, que fue también guionista de “La casa del reloj” y de “Un globo, dos globos, tres globos”, no es hoy directora general de algo, ocupante de cualquier sillón de la Real Academia Española o premio Princesa de Asturias de lo que sea? ¿Por qué no hay un programa como “La bola de cristal” en la televisión pública? ¿Pueden existir otros universos televisivos, más allá de este universo de mujeres y hombres y viceversa? Como dice el cosmólogo Lawrence M. Krauss, hablar de muchos universos distintos puede sonar a oxímoron porque la noción tradicional de universo se ha considerado sinónima de “todo lo que existe”, pero al menos desde el punto de vista matemático es posible la existencia de otros universos, regiones que siempre han estado y estarán causalmente desconectadas del nuestro. La existencia de “La bola de cristal”, un programa causalmente desconectado y separado por un océano de espacio de nuestro universo, es prueba de ello. Sin embargo, hay que ser optimistas. Nuestro universo televisivo es tan grande que algo que no resulte imposible puede ocurrir más pronto o más tarde en su interior. No es imposible que un programa como “La bola de cristal” ocurra en TVE, como tampoco es imposible que la educación pública sea tan importante para los niños y jóvenes de hoy como lo fueron los electroduendes  para los chavales de los 80. Hay otros mundos, y pueden estar aquí.

18/8/17

ALIVIO ZOMBI


Si algo tiene de bueno la serie “Z Nation” (Cuatro), es que se puede destripar parte de su argumento sin que nos caigan encima legiones de seguidores con sus espadas flamígeras dispuestos a vengar semejante blasfemia. No se le ocurra desvelar algún detalle de “The Walking Dead”, otra serie de zombis, porque sus seguidores le comerán la cara. Por no hablar de “Juego de Tronos”, una serie en la que debemos medir en público nuestras citas y opiniones como si estuviéramos ante el Consejo de Guardianes de la República Islámica de Irán. Frente al fundamentalismo agrio de muchos seguidores de “The Walking Dead” o de “Juego de tronos”, es agradable ver “Z Nation” y pasar el rato con sus situaciones un poco disparatadas, acción sin medida, personajes delirantes (“Citizen Z”, un militar tan creíble como Mario Vaquerizo interpretando a Hamlet), bromas gamberras (un coche no funciona porque tiene un zombi metido en una rueda), efectos especiales entrañables (es decir, baratos) y una misión clara, sencilla de entender y larga de ejecutar: llevar como sea a Murphy, el único humano inmune al virus zombi, desde Nueva York a un laboratorio de California. En efecto, y como diría Cavafis, lo importante en la serie es el viaje, no los anticuerpos de Murphy que pueden servir para encontrar una vacuna y salvar a la especie humana. La acción es el mensaje.

En “Z Nation” no hay bates espinados como el de Negan en “The Walking Dead”, pero sí bates de hierro punzantes como el de Addy;  en “Z Nation” hay menos diálogos con intenciones profundas y menos reflexión acerca de la naturaleza y los límites del poder; y los zombis de “Z Nation”, a diferencia de los zombis de “The Walking Dead” que siempre están como de resaca, son más rápidos y peligrosos. Hay demasiados zombis sueltos en la televisión y el cine, es cierto, pero si “Fear the Walking Dead” dio un interesante giro a “The Walking Dead” y “Guerra mundial Z” nos permitió ver al Mossad israelí tomando medidas contra la invasión zombi que recuerdan a ciertos muros, “Z Nation” no se toma muy en serio a sí misma y eso hace que los espectadores tampoco nos tomemos muy en serio a nosotros mismos mientras vemos a ese médico que sólo ha visto muchos episodios de “Urgencias” y a ese chico que se hace llamar “10.000” porque su objetivo es matar 10.000 zombis y cada vez que mata un zombi dice el número, como hace el enano Gimli en “El señor de los anillos” cuando mata orcos. “Z Nation” nunca será una religión, como lo es “The Walking Dead” o “Juego de tronos”, así que nunca habrá herejías, dogmas ni espectadores destripados por destripar que no sé quién muere en no sé qué capítulo de no sé qué temporada. Qué alivio, ¿no?

17/8/17

TE COMPRO EL APOCALIPSIS


No puedo soportar los anuncios de teletienda porque creo que ver a ese tal Vince diciendo “No más tuna aburrida” mientras corta cebollas con el Slap Chop destruye la confianza en el progreso de la humanidad. Sin embargo, algo tiene “¿Quién da más?” (Mega), ese programa en el que compradores profesionales caen como buitres sobre lotes de artículos que sólo pueden inspeccionar con la mirada durante unos minutos, que paraliza mi dedo pulgar de tal forma que no puedo cambiar de canal hasta ver si los buitres han acertado con sus intuiciones o tendrán que comerse un  montón de objetos inútiles. Todos los objetos tienen un precio, y los compradores de “¿Quién da más?” lo saben porque el precio de las cosas es lo único que les interesa de las cosas. Pero lo más fascinante de “¿Quién da más?” no es la reducción de lo real a un precio, sino las explicaciones que los compradores ofrecen ante cada objeto para justificar ese precio. Por ejemplo, en uno de los capítulos de “¿Quién da más?”, uno de los compradores sacó de un depósito de almacenamiento un montón de viejas emisoras de radio y estaciones base mientras decía, con la satisfacción de haber dado en la diana, que los apocalípticos las comprarían como locos. Con “apocalípticos” el comprador no se refería a una de las posiciones ante la cultura propuestas por Umberto Eco en su ensayo “Apocalípticos e integrados”, por supuesto, sino a esos tipos que están convencidos de que el apocalipsis nuclear, biológico o zombi está cerca y que para sobrevivir hay que acumular latas de conserva, linternas, botellas de agua y emisoras de radio. Fascinante, sí.

El historiador británico Tony Judt se declaró, casi al final de su vida, pesimista a corto plazo pero optimista a medio plazo. Los apocalípticos que tienen interés en sobrevivir en un mundo postapocalíptico como el que describe Cormac McCarthy en su novela “La carretera”, son pesimistas a corto plazo y ultrapesimistas a medio plazo. Pero los compradores de “¿Quién da más?” son optimistas a corto plazo y ultraoptimistas a medio plazo no sólo porque están encantados con poder vender emisoras de radio a los apocalípticos, sino porque seguro que están convencidos de que en un mundo postapocalíptico ellos se convertirían en los dueños de esa mierda de mundo. El vendedor del Slap Chop en la teletienda cree que sabe algo de la naturaleza humana cuando tritura cebollas, pero los que verdaderamente saben algo son los compradores de “¿Quién da más?”, esos tipos optimistas que venden emisoras de radio a los pesimistas apocalípticos y que creen que el apocalipsis es sólo una gran oportunidad de negocio.

16/8/17

URANIO EN LA ONU


Ocurrió de repente, mientras veía el reportaje de “En portada” (Canal 24 horas) sobre el funcionamiento de la ONU, un desfile de funcionarios muy serios, reuniones importantísimas, salones intimidantes y salitas discretas, traductores, diplomáticos, expertos, estrategas, especialistas, videoconferencias, despachos, planes a corto, medio y largo plazo e idealismo que cuesta más de dos mil  millones de euros al año, a los que hay que añadir las misiones de paz, que cuestan otros tres mil millones. No me parece caro. Del mismo modo que los que dicen que la educación pública es cara deberían probar el sabor de la ignorancia popular, los que critican a la ONU por ser cara deberían probar un mundo sin ONU. Sin embargo, los tres años de trabajo que fueron necesarios para que todos esos funcionarios, reuniones y expertos produjeran el documento con los 17 objetivos de desarrollo sostenible me sonó a MacGuffin, ese concepto inventado por Hitchcock para referirse al elemento del guion de una película que, siendo central, es también irrelevante porque en realidad a nadie le importa. El uranio de la película “Encadenados”, por ejemplo, o la estatuilla de “El halcón maltés”. Sin uranio y sin estatuilla no hay películas. Sin los 17 objetivos para el desarrollo sostenible no hay ONU. Pero que un MacGuffin sea indispensable no quiere decir que sea importante.

Entre los 17 objetivos de la ONU para el desarrollo sostenible están el fin de la pobreza, el hambre cero, la igualdad de género, el trabajo decente, la paz y la justicia. Desde luego, estos objetivos animan la vida de la ONU e inspiran bonitos folletos de colores, pero se parecen bastante al uranio de “Encadenados” y la estatuilla de “El halcón maltés”. ¿Fin de la pobreza? ¿Hambre cero? ¿Justicia? Da la impresión de que lo que realmente importa en la ONU, como sucede con los microfilms en las películas de espías, los tesoros en las películas de piratas o los objetos arqueológicos en las películas protagonizadas por Indiana Jones, no es el documento con los 17 objetivos para el desarrollo sostenible sino, como apuntan Jordi Balló y Xavier Pérez en “La semilla inmortal”, la riqueza dramática que provoca llegar a conseguirlo. El uranio, una estatuilla, los microfilms, los tesoros escondidos, el arca de la alianza y los documentos que proponen acabar con la pobreza y el hambre tienen una importante función narrativa en el cine y en la ONU, pero poca o ninguna trascendencia. De todas formas, “Encadenados” no sería lo mismo sin el uranio y la ONU no tendría sentido sin documentos con 17 objetivos. El mundo, probablemente, tampoco.

15/8/17

TURISTAS COMO ULISES


Como no soy tan rápido de entendimiento como Donald Trump, que tiene para el problema de Corea de Norte la misma sutil solución que ofrece Máximo en “Gladiator” antes de luchar con los bárbaros (“A mi señal, ira y fuego”), tardé en comprender que los turistas son el nuevo enemigo, una vez que hemos aceptado que los bancos son nuestros amigos. Casi agotado el filón de las noticias acerca del calor que hace en verano, los telediarios prestan toda su atención a la peligrosísima invasión de turistas que llenan Barcelona, las playas del Mediterráneo, La Concha de San Sebastián y el Museo del Prado. Malditos turistas. Algunos ciudadanos conscientes ya se han organizado para acosar a esa gentuza que insiste en no alojarse en hoteles carísimos y exclusivos, no comer en restaurantes exclusivos y carísimos, y no comprar en tiendas absurdamente caras y ridículamente exclusivas. El turismo de masas. Puaj. Con lo que mola hacer turismo sin formar parte de la masa. Con lo que mola ser viajero, y no turista. Con lo que mola ser Ronaldo en Mykonos. Con lo que mola viajar en un Ferrari rojo y no en un cutre autobús turístico.

Los turistas pueden sentirse en muchos lugares como Ulises, que en su largo viaje de regreso a Ítaca tras la guerra de Troya viajó por el Mediterráneo enfrentándose a mil peligros. Los turistas deberán ser tan listos como Ulises cuando engañó al cíclope Polifemo si quieren salir vivos de esas cuevas que ofrecen falsa hospitalidad. Los turistas tendrán que aprender a navegar por los estrechos dominados por los monstruos Escila y Caribdis, es decir, “venid a visitarnos porque eso es bueno para el empleo y el PIB” pero “no sois bien recibidos porque sois demasiados”. Los turistas no podrán caer en la tentación de aceptar los regalos de Circe si no quieren acabar convertidos en cerdos de los que se aprovecha todo. Los turistas se taparán los oídos con cera o se atarán al mástil de sus barcos para no sentirse atraídos por el canto de las sirenas que ofrecen autenticidad y esencias en forma de paella, sangría, flamenco, arena y Gaudí. Los turistas no deben creer que viajar es estar de vacaciones.

Ulises es el nuevo turista, y sobre él debe caer la maldición que Polifemo pide a su padre Poseidón: “¡Concédeme, padre, que si mi enemigo vuelve alguna vez a su casa, sea tarde y mal, en nave ajena, después de perder a todos sus compañeros, y encuentre nuevas cuitas en su morada!”. Por supuesto, si los turistas vienen a visitarnos en yate, Polifemo se convierte en la ninfa Calipso y los turistas querrán vivir para siempre en el lecho del amor.


14/8/17

CULOS Y CULOS


No es lo mismo ver a Edward Bear Grylls intentando atravesar un desierto en “El último superviviente” que acompañar a Mario Picazo al pueblo más frío de la tierra en “Climas extremos” (La 2). La diferencia es, precisamente, que la mayoría nos limitamos a ver a Bear Grylls pasar calor, pero todos acompañamos a Picazo mientras tiene frío. Ver o acompañar. No es que el frío extremo del pueblo siberiano de Oymyakon sea más llevadero que el calor extremo de un desierto de Arizona, sino que el tono amable de los viajes de Picazo convierte al meteorólogo en un compañero de aventura, mientras que la insistencia del aventurero en dejar claro que todo lo que hace es peligrosísimo le aleja del viaje. Es interesante ver a Bear Grylls pelar un higo chumbo e improvisar un par de piolets con ramas secas, pero es mucho mejor acompañar a Picazo mientras soporta cuarenta y siete grados bajo cero y bebe vodka. Si Bear Grylls grabara un episodio de “El último superviviente” en Oymyakon, sólo podríamos ver lo que hace; pero si Picazo se diera una vuelta por un desierto de Arizona, le acompañaríamos en su viaje. Lo importante no es el calor insoportable o el frío brutal, sino decidir si se quieren hacer documentales para ver o para acompañar.

Pero me gustaría hablar ahora del culo de Mario Picazo y de los culos de las socorristas de la playa de San Lorenzo de Gijón. Todos los veranos hay una canción del verano machacona y una polémica absurda, o viceversa, y la polémica absurda y machacona de este año es que el bañador de las socorristas de la playa gijonesa es tan exiguo que, si prestamos mucha atención y utilizamos unos prismáticos y estamos dispuestos a indignarnos con gilipolleces y estamos mal de la cabeza, se les ve gran parte del culo. En el capítulo de “Climas extremos” dedicado al pueblo más frío del mundo, acompañamos a Picazo desnudo mientras se rebozaba en la nieve a más de cuarenta grados bajo cero. Dos veces. ¿Qué tiene el culo de Picazo que no tenga el culo de una socorrista? ¿Por qué el culo desnudo de un meteorólogo en la nieve no es noticia, pero el culo embutido en un bañador de una socorrista en la playa es un escándalo? ¿Habría algún problema si Picazo fuera socorrista y enseñara el culo en una playa? ¿Alguien se molestaría si en vez del culo de un meteorólogo en Siberia viéramos el culo de una socorrista? ¿Los comentarios sexistas se reservan para las socorristas y no para los meteorólogos? Y podría seguir formulando preguntas absurdas hasta que se calentara Oymyakon o se enfriara el desierto de Arizona, pero está sonando la canción del verano en la radio y quiero escuchar bien la letra.

13/8/17

EL ASCENSOR Y LA ZAPATERÍA


No sabemos quién inventó la carretilla, esa sencilla y magnífica herramienta medieval que ha ahorrado tantos esfuerzos a los hombres, pero su genio anónimo me parece comparable al genio poco reconocido de Frank Julian Sprague, el hombre que con sus innovadoras contribuciones en la tracción de los ascensores y los tranvías permitió, como se dice en un capítulo de la interesante serie documental sobre ingeniería “Grande, más grande, el más grande” (National Geographic), que la ciudad moderna pudiera llevarse a la práctica. Gracias a la tracción eléctrica en ascensores y tranvías, los rascacielos de Nueva York fueron habitables y los ciudadanos que vivían lejos pudieron  acudir todas las mañanas a trabajar en Manhattan. En una preciosa miniatura del siglo XIII que representa la reconstrucción de Jerusalén querida por Ciro, un albañil posa con su carretilla llena de ladrillos con el orgullo del que posee un instrumento digno de admiración. Me imagino a Sprague en una miniatura posando con el mismo orgullo ante un ascensor o en un vagón del metro de Nueva York, seguro de que la Gran Manzana es lo que es porque sus inventos lo permitieron. Y, con todo, creo que los ascensores y el metro de Nueva York deberían ser compatibles con la zapatería de Simón.

Los viejos griegos se reunían para charlar en los lugares de trabajo (tiendas, zapaterías, barberías), en las tabernas y en las casas. Pedro Olalla dice en su fascinante ensayo “Grecia en el aire”, siguiendo a Diógenes Laercio, Jenofonte y Plutarco, que Sócrates se reunía con sus discípulos más jóvenes  en la zapatería de un tal Simón, que a veces apuntaba en una tablilla algunas de las ideas que oía mientras trabajaba en sus zapatos. La zapatería de Simón no es un ascensor o un vagón de metro, lugares en los que Sócrates nunca podría charlar con apresurados ciudadanos que suben al trigésimo segundo piso o viajan a su lugar de trabajo. Pocos atenienses, apunta también Olalla, subían a la Pnyx, la colina cercana al ágora donde reunía la Asamblea, sin haber discutido previamente en zapaterías, pórticos y tabernas los temas que se proponían para votación. Si los atenienses hubieran subido a la Pnyx en ascensor desde el ágora, o se desplazaran en metro desde las afueras de la ciudad, Atenas habría sido muy diferente. La democracia moderna es una democracia de carretilla, ascensor y metro, pero es imprescindible que mantenga espacios donde los ciudadanos puedan encontrarse con calma y sin un televisor escupiendo imágenes que dirijan la conversación. Necesitamos una zapatería como la de Simón en la que poder charlar con tipos como Larry David, ese Sócrates de Brooklyn.

12/8/17

CAFÉS Y CUCHARILLAS


Todos los que hemos seguido las aventuras cotidianas de los chicos de “Friends” a lo largo y ancho de los 236 capítulos de la serie nos hemos preguntado alguna vez por qué Chandler y compañía siempre consiguen sentarse en los mejores sitios del Central Perk, incluido ese sofá que casi llegó a formar parte de nuestro propio salón. Pero lo que nunca nos habíamos preguntado es cuántas tazas de café se tomaron Chandler, Rachel, Joey, Phoebe, Ross y Mónica en el Central Perk, en sus casas o en otros lugares. La escritora británica Kit Lovelace no sólo se ha hecho esta pregunta sino que ha tenido la paciencia y el método de ver todos los capítulos de “Friends” con la calculadora en la mano para concluir que Phoebe es quien más tazas consumió (227, casi una por capítulo) y Rachel la que menos (138). El estudio de Lovelace no ganará el Premio Nobel, pero sí hará que nos sentemos a ver las reposiciones de “Friends” con otros ojos.

Y no sólo “Friends”. ¿Cuántas cervezas bebe Homer Simpson en el bar de Moe? ¿Cuántas veces abre la nevera de su casa Tony Soprano? ¿Cuánta comida china consumen los chicos de “Big Bang”? ¿Cuántas veces Francis Underwood ha demostrado en “House of Cards” que la frontera de la hijoputez es elástica? ¿Cuántos colmillos salen en “Crónicas vampíricas” y cuántas pajaritas vemos en “Dowton Abbey”? ¿Cuántas veces hemos mirado bajo la cama antes de acostarnos por culpa de “American Horror Story”? ¿Cuántas veces hemos mandado a la mierda a Ted Mosby en “Cómo conocí a vuestra madre”? ¿Cuántas veces hemos entendido cómo funcionan las cosas gracias a “Crematorio”? ¿Cuántas hamburguesas comen las dos chicas Gilmore en el café de Luke? ¿Cuántas veces hemos querido dar nuestro voto al presidente Josiah Bartlet de “El ala oeste de la Casa Blanca”? ¿Cuántas veces hemos pensado mejor de nuestro jefe después de ver un capitulo de “The Office”? ¿Cuántas veces hemos entrado en un hotel deseando encontrarnos con Jessica Fletcher? Y así, hasta el infinito y más allá. Las tazas de café de Phoebe, las cervezas de Homer o las neveras de Tony Soprano son un buen entretenimiento para las tardes de verano, y funcionan tan bien como las cucharillas en la boca de una botella de vino espumoso para retener el gas. Una cucharilla en la botella retiene el gas muy bien, pero una botella sin cucharilla también lo hace porque el vino espumoso aguanta varias horas sin ayuda de cucharillas. O sea, que contar las tazas de café que bebe Phoebe sirve para retener el gas de “Friends”, pero “Friends” no necesita cucharillas para hacernos reír después de trece años.

11/8/17

ACEPTO EL CASO


Oscar Wilde decía, en una de sus epatantes sentencias, que no existen libros morales o inmorales, sino libros bien o mal escritos. Seguro que Wilde opinaría lo mismo de las películas, pero es probable que hiciera una excepción con “Matar a un ruiseñor” (TCM), la extraordinaria película en la que Gregory Peck interpreta al abogado Atticus Finch. “Matar a un ruiseñor” es, para entendernos y sin entrar en imprescindibles sutilezas filosóficas, una película moral como “Mi lucha” es un libro inmoral, y además “Matar a un ruiseñor” es una película bien dirigida por Robert Mulligan mientras que “Mi lucha” es un libro mal escrito por Adolf Hitler. Creo que Wilde nunca escribiría “La importancia de llamarse Adolf”, pero sí podría inspirarse en “Matar a un ruiseñor” para dar un giro a una de sus obras más famosas en “El retrato de Atticus Finch” y, quizás, revisar su opinión acerca de la inutilidad del arte.

El American Film Institute, tras una encuesta a mil quinientos directores, actores y críticos, ha elaborado una lista con los cien mejores héroes y villanos de la historia del cine estadounidense y, sorpresa, la lista de los buenos está encabezada precisamente por Atticus Finch, un honesto y sensible abogado que defiende con valentía a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca en la Alabama de los años de la Gran Depresión. Atticus es un personaje maravilloso y su defensa de Tom Robinson es tan emocionante como eficaz, pero yo diría que lo que mejor define a Atticus es su respuesta al juez cuando le propone encargarse de la defensa de Tom: “Aceptaré el caso”. Así, sin  más. Atticus sabía el lío en el que se estaba metiendo, y el enorme e inevitable coste personal y familiar que iba a suponer la defensa de un negro acusado de violación, pero acepta el caso sin hacer más preguntas, sin una queja, sin excusas. El juez se levanta y dice “gracias”, y Atticus, sin inmutarse, responde: “De nada”. Gran parte del valor moral de “Matar a un ruiseñor” está ahí, en el elocuente “aceptaré el caso” y en el recio “de nada”. El segundo puesto de la lista de los cien buenos del cine está ocupado por Indiana Jones, y el tercero por James Bond. Oscar Wilde se frotaría las manos con el arqueólogo impaciente y con el espía con licencia para matar, pero se rendiría ante la altura moral del abogado que acepta un caso imposible sin pedir nada a cambio y sin miedo a enemigos mucho más temibles que los nazis de “En busca del arca perdida” o el Doctor No, ese Fu-Manchú con manos metálicas y sin bigote. Atticus no se sentiría cómodo con su primer puesto en la lista de los buenos, pero tendría que aceptarlo. Gracias, Atticus Finch.

10/8/17

ÑAM, ÑAM Y ÑAM


Aunque no soy de los que suelen organizar para sí mismos maratones de series de televisión (por cierto, si el legendario Filípides, que según la tradición recorrió la distancia entre Maratón a Atenas para dar la noticia de la victoria de los griegos ante los persas, supiera que le recordamos cuando vemos una serie completa de un tirón, seguro que se sentaría con Milcíades a ver “Hermanos de sangre”), a veces lo hago si el sábado es lo bastante lluvioso y el domingo se presenta lo suficientemente triste. Puedo ver muchos capítulos seguidos de “Expediente X” o de “The Wire”, pero sólo hay tres series en las que me niego a mutilar la secuencia de apertura por muchos capítulos que lleve a mis espaldas: “Las chicas Gilmore”, “Los Soprano” y “House of Cards”. ¿Por qué? Yo qué sé. El corazón televisivo tiene razones que la razón no entiende.

Dice santo Tomás de Aquino en la “Suma Teológica” que la voz del venado es placentera para el león y para el hombre, pero por razones diferentes: agrada al león porque le asegura la comida, pero gusta al hombre porque es armoniosa. Supongo que con las secuencias de apertura de nuestras series favoritas sucede algo parecido porque algunos se alegran con la música de “Juego de tronos”, que anuncia unos cuantos minutos de comida audiovisual, pero otros se quedan con esa música que acompaña a los créditos de inicio porque es armoniosa. Utilizo el mando a distancia sin piedad en las secuencias de apertura de “Big Bang”, “House”, “Gotham” o “El ministerio del tiempo” (a pesar de que están muy bien) porque en ellas soy como el león cuando escucha la voz del venado y sé que me aseguran la comida; pero soy incapaz de ver un capítulo de “Las chicas Gilmore” sin escuchar “Where You Lead” en las voces de Carole King y Louise Goffin mientras Lorelai y Rory se comen la pantalla, no soporto meterme en el mundo de “Los Soprano” sin ver antes a Tony conduciendo su coche por Nueva Jersey mientras suena “Wake Up This Morning” de Alabama 3, y jamás de los jamases caeré en la tentación de adentrarme en un capítulo de “House of Cards” sin pasar antes por lar gélidas imágenes de la ciudad de Washington aliñadas con la música de Jeff Beal. Cada capítulo de “Las chicas Gilmore”, “Los Soprano” y “House of Cards” es comida, pero las secuencias de apertura de esas series es pura armonía. Eso sí, después de Carole King, de Alabama 3 y de Beal… ¡a comer! Ñam, ñam y ñam.

9/8/17

LA CULTURA ESTUVO BIEN


La música estuvo bien. No digo yo que no. Los madrigales, las fugas de Bach. “O mio babbino caro” de Puccini. La “Cavalleria rusticana” de Mascagni. Louis Armstrong consiguió que todos, no importa cuán mal nos estuvieran yendo las cosas, supiéramos que merecía la pena estar vivos. La bossa nova nos descubrió aspectos del amor que jamás hubiéramos encontrado por nosotros mismos. Duke Ellington, Caetano Veloso, Paul Simon. Hasta aquí, bien, viva Paul McCartney. Pero si el precio que hay que pagar por esto es que Sandro Rey grabe una canción, con armonías, ritmos, melodías, entonces quizá deberíamos plantearnos si la música mereció la pena o hubiera sido mejor quemar en la hoguera al primero que hizo un acorde con tres notas.

La poesía estuvo bien. No digo yo que no. El soneto 29 de Shakespeare. Lope de Vega. Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez. “Bodas de sangre” y “Yerma” son tratados sobre el deseo más precisos y delicados que el mejor ensayo del mejor psicólogo. Kavafis nos llevó a viajes de los que ya nunca volvimos. Mario Benedetti, Allen Ginsberg, Paul Simon, Yeats. Vale, sería duro vivir en un mundo en el que no existiera “El rayo que no cesa”. Pero si todo lo anterior implica también a Sandro Rey y los versos “buscas la fama / no sabes qué hacer para entrar en mi cama” entonces quizá cabría preguntarse si tanta poesía compensa esta contrapartida o deberíamos haber limitado el uso de los signos escritos al recuento de sacos de cereal.

La cultura estuvo bien. No digo yo que no. Crear y recrear un discurso sobre el mundo, el sufrimiento, los demás, el paso del tiempo, que estructure la vida y las sociedades. La ciencia como la mayor empresa colectiva de la humanidad. Maravilloso. Sigmund Freud defendía que la neurosis es el precio que hay que pagar por la civilización. De acuerdo, yo lo pago. Pero si el precio de la cultura es la neurosis y además la canción “Lagarta” de Sandro Rey, quizá deberíamos pensárnoslo dos veces. Escuchen el tema y entenderán de qué les hablo. A lo mejor, una vida de cazadores y recolectores viviendo en las cuevas del paleolítico tenía más ventajas que inconvenientes.

8/8/17

FREE CARLOS SOBERA


Liberad a Carlos. Él disimula. Sonríe. Hace como que le gusta “First dates”. Pero todos sabemos que no es verdad. Le hemos visto en muchos otros programas antes. Es un profesional como la copa de un pino y realiza su trabajo sin que se escape ni una sola mueca de sufrimiento. Pero es imposible que su buen humor sea auténtico. Según recientes estudios, nadie puede presentar “First dates” durante más de un mes sin perder la fe en el género humano y sumirse en la más oscura de las depresiones. La Organización Internacional del Trabajo recoge la tarea de presentar “First dates” en su lista de los Diez Trabajos más Horrorosos, y lo sitúa entre recoger guano en los acantilados de Noruega durante una ventisca y oler abonos orgánicos.

Todos somos Carlos Sobera. Seguramente al principio pensó que éste podía ser un buen programa que presentar. Conocería a gente curiosa, a otra entrañable, personas solitarias que no han perdido la esperanza de encontrar el amor. Pero pronto la gente curiosa se volvió simplemente una panda de anormales desesperados por treinta segundos de gloria en la televisión basura. Y tras quinientos mil casos iguales ya no usa la palabra “entrañable” para referirse a las personas aburridas. Entiende por qué están solos unas y otras. Y un día. Y otro día. Y otro día. Poniéndole una sonrisa a toda esa peña. Escuchando sus simplezas y bobadas con cara de interés. Fingiendo preocuparse por lo que les pasa en la vida.

Que lo presente otro. Aless Gibaja, Eduardo Inda, Leticia Sabater. Gente como ellos. Porque un friki más en el “First dates” actual puede provocar el derrumbe irreversible de Carlos Sobera. Algunos le están empezando a notar un leve tic nervioso en un párpado. Otros dicen que manda SOSs pidiendo socorro cuando repiquetea con sus dedos sobre la barra en la entrada del restaurante. No sé si será la persona que más está sufriendo en España en estos momentos, pero a mí es la que más me conmueve. Tenemos que ayudarle para que vuelva a los concursos de preguntas con decorados futuristas en tonos azulados. #freecarlossobera, ya!!

7/8/17

COLUMNER (a.k.a. ¿QUIÉN DECÍAS QUE ERA DULCEIDA?)

Admiro la capacidad de la gente para contener la risa cuando dice la palabra “influencer”. Me parece prodigiosa, inalcanzable. Yo lo he intentado, pero no lo consigo. Una chica se sorprende de que yo no sepa quién es Dulceida, y me asegura que es “la influencer más importante de España”. Sonrío buscando su complicidad, seguro de que está bromeando y de que ella también va a sonreír al final de la frase. Pero sigue seria y me pregunta que qué me hace gracia. “Influencer”, repito y ya rompo a reír. “Sí, ‘influencer’, Dulceida es youtuber e instagramer, tiene millones de seguidores. La conoce todo el mundo. No puedo creer que tú no”. “¿Pero qué hace?”. La chica se extraña ante mi pregunta. O le parece obvia o no sabe que se pueden hacer cosas en la vida. “No sé… tiene un canal de youtube y cuelga fotos en Instagram”. “¿Y de qué habla?”. “De cosas”. Empiezo a entender que influencer tiene más que ver con lo que se es que con lo que se hace.

Así que he decidido dejar de ser columnista y pasar a ser columner. Un columnista tiene lectores. Un columner, seguidores. Un columnista escribe “vaya jeta el Rubius, criticar la publicidad para jóvenes cuando él hizo anuncios de Fanta”. Un columner lo tuitea. Cuando un columnista dice que la vuelta de una nueva temporada de Larry David este otoño es una noticia maravillosa, el lector puede estar de acuerdo o no. Cuando un columner dice esto mismo, al seguidor le puede gustar o no. El columnista opina. El columner se expresa. El columnista argumenta. El columner se expresa. El columnista razona. El columner se expresa. Lo más importante de una columna de un columnista es el texto de la columna. Lo más importante de una columna de un columner es el nombre del columner. Un columnista habla del deterioro de la televisión pública y se pone al servicio del tema del que habla. Un columner habla del deterioro de la televisión pública y pone el tema del que habla a su servicio. No soy youtuber ni instagramer, pero soy influencer porque soy columner. ¿Quién decías que era Dulceida?

6/8/17

"LA PELU", EN LA CADENA ADECUADA


Al fin Televisión Española acierta al trasladar “La pelu” a La 2. La comedia veraniega de nuestra televisión pública no acababa -ni empezaba- a obtener buenos resultados de audiencia. Se probaron varias soluciones, como cambiarla de horario o encerrarla en el late night de los viernes, sin que diera resultado. El problema, era obvio, era La 1, cadena generalista de perfil popular en donde encuentra mal acomodo una obra de la complejidad narrativa y la densidad conceptual de “La pelu”. En La 2, la cadena cultural y sofisticada por excelencia de TVE, seguro que alcanza grandes niveles de audiencia al lado de otros programas como “La noche temática” o “Historia de nuestro cine”.

“La pelu” sabe a John Dos Passos, a Plutarco, a Allen Ginsberg. Sus personajes -sobre todo, la peluquera y la otra peluquera- son recreaciones llenas de guiños poliédricos a arquetipos que ya se encuentran en las etopeyas de Teofrasto, si bien aquí se completan con matices y rompen esquemas arraigados en la más pura tradición de Tolstoi, Proust o Clarín. No sólo en sus personajes y en sus textos “La pelu” se ubica mejor en La 2 que en La 1: también en su semiótica de la narración y el montaje de los planos se respira el espíritu de las obras más arriesgadas de Lars von Trier y el resto del Dogma. Sus imágenes son un curso viviente sobre la pintura del siglo XX -Mondrian, Hockney-. Su banda sonora mezcla a Nyman y a Mertens sin renegar de la tradición costumbrista del maestro Chapí.

Por eso no cabe duda de que “La pelu” encuentra un mejor lugar entre un documental sobre el teatro de Arthur Miller y un documental sobre la fundación de Emérita Augusta que entre la información deportiva del telediario y un programa de nostalgia sobre el “Un, dos, tres”. Denle tiempo, denle un par de semanas a las nueve de la mañana en La 2, tres a lo sumo, y verán cómo comienza a petarlo de audiencia. Dentro de veinte años estaremos celebrando el vigésimo aniversario de “La pelu” como hicimos este año con “Saber y ganar".

5/8/17

CRÍTICA CONSTRUCTIVA DE "ME LO DICES O ME LO CANTAS"


Quisiera hacer una crítica constructiva de “Me lo dices o me lo cantas”, el nuevo entretenimiento de Telecinco para algunas noches del verano. Detesto a los críticos que se limitan a señalar los defectos de los programas sin aportar soluciones. Telecinco ha estrenado un nuevo talent show fresquito con canciones famosas a las que se le ponen letras nuevas humorísticas relacionadas con noticias actuales. El programa es malísimo, simplemente espantoso, falla por todos los lados -canciones, jurado, presentador, concursantes, decorado, sintonía, cabecera, vestuario, iluminación, maquillaje y peluquería-, pero yo soy un crítico que siempre se preocupa por hacer crítica constructiva, así que en esta columna voy a proponer una forma de solucionar los problemas que presenta “Me lo dices o me lo cantas”: destrúyanlo.

Quémenlo entero. Húndanlo en lo más profundo de una grieta abisal del Pacífico Sur en la que sólo vivan gusanos tubícolas. Tritúrenlo. Usen aviones cisterna para rociar con ácido sulfúrico el plató donde se graba y un perímetro de cien o doscientos metros a su alrededor. Despedácenlo atando sus extremidades a caballos desbocados. Hagan pasar por encima del jurado, los concursantes y el presentador una migración de ñúes, después una plaga de langostas, luego otra de termitas; inúndenlo y llenen la fosa con pirañas; finalmente, evacúen los residuos y límpienlo todo muy a fondo mezclando lejía y amoniaco. Métanlo en bidones de almacenaje de material radioactivo y séllenlo bajo más kilómetros cúbicos de hormigón que los que saldrían de multiplicar los de Chernobil por los de Fukushima. Demuélanlo. Electrocútenlo hasta que se achicharre. Apisónenlo y vuelvan a apisonarlo.

¿Ven? Así se hace la crítica constructiva de Mediaset. Con mesura y moderación. ¿Para qué extenderse pormenorizando el cero absoluto de gracia del jurado o la enorme cantidad de versos que no encajaban métricamente en las melodías? La buena crítica ha de proponer soluciones constructivas y casi siempre, si de Telecinco se trata, nada hay más constructivo que destruir.

4/8/17

LA SACARINA DE TELECINCO

“Pasapalabra” es la sacarina de Telecinco. Llegamos a Casa Carlos a comer con los amigotes. Empezamos con un par de cañas y Loína nos pone ya unas patatinas y unas aceitunas. En la mesa todos pedimos fabada y el que menos, repite dos veces. Alubias, chorizo, tocino, morcilla. No puedes irte sin probar la tarta de queso. ¿Cuántas botellas llevamos? Entonces son… cuatro chupitos de hierbas, dos güisquis y dos pacharanes… Y cuando llegan los cafés Edu levanta la mano y dice “el mío con sacarina, por favor”. ¿De qué vas? Lo mismo pasa con la producción propia de Telecinco: producen “Deluxe”, realities como “Gran Hermano” o “Supervivientes”, producen “El programa de AR”, “Mujeres y hombres y viceversa” y este horror que se llama “Me lo dices o me lo cantas”… Todos tienen más calorías por ciengramos que las que caben en una etiqueta de información nutricional. Y cuando llega el concurso de media tarde, ese momento de baja audiencia, nos ofrecen un concurso digno, no ofensivo, edulcorado de forma sana y no calórica, cuya prueba final ha pasado ya al imaginario colectivo español.

“Pasapalabra” cumple estos días diez años de emisión en Telecinco. Enhorabuena a los implicados. ¿Quién no se ha detenido un rato en un rosco si se lo encuentra durante un zapeo? Ha emitido 2.749 horas y ha preguntado por 123.950 palabras en dicha prueba -un momento, el último diccionario de la RAE no llega a las 94.000 entradas…-. Pero, por encima de estos datos, el concurso de Christian Gálvez lleva diez temporadas aliviando la mala conciencia de Telecinco tanto como la sacarina alivia la mala conciencia de Edu tras cada fabadona. En su fuero interno, Mediaset se aferra a la fantasía de que cuarenta y cinco minutos de televisión no vergonzosa compensarán los excesos de veintitrés horas y quince minutos de basura televisiva, y agita el sobrecito de “Pasapalabra” antes de verterlo al café diciéndose a sí mismo “hay que cuidarse, hay que cuidarse”. Pero no, Telecinco, “Sálvame” no lo compensa ni “Los Soprano”. Y la fabada de Casa Carlos es tan deliciosa que no necesita compensarse con sacarina, Edu.

3/8/17

"HOSTIA PUTA", ASÍ, ENTRE COMILLAS


¿La representación de una blasfemia es una blasfemia? Según informa “RTVE responde” -el programa de la TV pública dedicado a las protestas de la audiencia-, a un espectador de Murcia le ha parecido mal que Pacino despertase de una pesadilla con un contundente “hostia puta” en un capítulo de “El Ministerio del Tiempo”. Es obvio que cuando Julián -el personaje- muere, Rodolfo Sancho -el actor- no muere. Pero también es obvio que cuando Amelia -el personaje- abofetea a Pacino -el personaje-, Aura Garrido -la actriz- sí abofetea a Hugo Silva -el actor-. Un asesinato va mucho más allá de su mímica. Una bofetada, no. La representación de un asesinato no es un asesinato. La representación de una bofetada sí es una bofetada.

¿Y a cuál de las dos categorías pertenece la blasfemia? Si una blasfemia sólo es una pronunciación de unos fonemas en un orden que Dios ha prohibido y no va más allá de su sonoridad, entonces cuando Pacino -el personaje- blasfema, Hugo Silva -el actor- blasfema también, y Dios se ofendió no sólo en la toma que vimos en el capítulo, sino en todas las tomas anteriores que se realizaron hasta que el director dio por válida una de ellas. Y se ofendió tantas veces como televisores reprodujeron ese capítulo y se ofenderá cada vez que alguien lo vea a partir de ahora en RTVE A La Carta. Pero si la blasfemia va más allá de su transcripción fonética, implica una intención, posee unas consecuencias, entonces Hugo Silva no blasfema aunque Pacino lo haga, y un católico no debería ofenderse más por la representación de esa blasfemia que por la representación de una relación sexual fuera del matrimonio de la escena anterior o la representación de un domingo sin ir a misa de la escena siguiente.

En último término, se trata de distinguir hostia puta de “hostia puta”, la superstición de la racionalidad, la realidad de el arte. Muy en el fondo, este asunto trata sobre distinguir un programa de una TV pública dedicado a las protestas de la audiencia en un Estado confesional de un programa de una TV pública dedicado a las protestas de la audiencia en un Estado laico.

2/8/17

AUDIENCIAS E IDENTIDADES


Tras la publicación del resumen de audiencias del mes de julio, cabe plantearse las siguientes consideraciones:

1. Telecinco es la cadena más vista entre las mujeres. Antena 3 es la cadena más vista entre los varones. Un varón que no se pierda ni un solo día “Mujeres y hombres y viceversa” o “All you need is love… o no” ¿debería ser considerado un varón transtelevisivo? Una mujer abonada permanentemente a “El hormiguero” o a “Espejo público” ¿debería ser considerada una mujer transtelevisiva? ¿Podemos considerar que existe una identidad mediática que puede coincidir o no con el sexo biológico, dando lugar a personas cismedios y personas transmedios? Y los que disfrutan de “El programa de Ana Rosa” un día y de “Me resbala” otro día, ¿son personas con una identidad mediática no binaria, fluida, líquida, queer?

2. Antena 3 es la cadena más vista en Castilla La Mancha. Telecinco es la cadena más vista en el resto de Comunidades. ¿Y ahora qué, Puigdemont? Quizá Cataluña se parezca a Dinamarca y Extremadura se parezca a Marruecos salvando las distancias, pero, cuando se trata de gente gritando, llorando e insultándose en televisión, Vilanova i la Geltrú elige la misma cadena que Malpartida de Plasencia. Propongo el inicio de un procés de desconexió para Castilla La Mancha basado en su hecho diferencial televisivo, algo mucho más identitario que la balanza fiscal.

3. Telecinco es líder a partir de las seis de la tarde. Antena 3 es líder hasta las tres de la tarde. Durante las tres horas intermedias gana La 1. ¿Y si la siesta, esa peculiaridad española que tanto sorprende en otras tierras, fuera un efecto secundario de la costumbre nacional de sintonizar la televisión pública entre las tres y las seis de la tarde? De hecho, la siesta se está perdiendo como tradición a un ritmo parecido al que la televisión pública pierde audiencia. Pronto resolveremos este misterio: a este paso dentro de pocos años ya no existirá TVE. Veremos si la gente mantiene, como parte de su identidad, la cabezadita de después de comer.

1/8/17

LA AUDIENCIA QUE TELECINCO HA CREADO


Jordi González lleva dos domingos gritando a los tropecientos personajes que llenan “Mad in Spain”. Grita a quien grita para que no grite. No calla pidiendo que calle quien no calla. No escucha a quienes no escuchan para que escuchen. Habla a la vez que los que hablan a la vez para que no hablen a la vez. Pero eso son los momentos buenos. En los malos, esos raros instantes en que los participantes, válgame el cielo, hablan de uno en uno y de esa forma tan aburrida que proporciona la educación y el respeto a los demás, González se pone nervioso porque sabe que pierde audiencia. Esa audiencia que Telecinco ha creado.

Telecinco es una cadena de bomberos pirómanos. Llevan lustros apagando fuegos que ella misma provocan. Bueno, haciendo que los apagan. Llenan los platós de material inflamable, hacen saltar chispas y luego se sorprenden de los incendios. Invitados enfrentados, conflictos manifiestos o latentes, heridas sin cicatrizar, lucha de egos en platós repletos de tertulianos e invitados que tienen que luchar para hacerse oír, para justificar que los vuelvan a llamar, para acaparar unos segundos más el micrófono. Y eso sin olvidar los montajes, claro. En medio, los presentadores se encargan de provocar fricciones y subir la temperatura. Administran el lanzallamas. Y luego, cuando el fuego empieza a extenderse, van corriendo con la manguera, pidiendo orden, tranquilidad, educación. “Por favor. ¡Por favor! ¡¡¡Por favor!!!”, grita Jordi una y otra vez. Hay que ver cómo se ponen las fieras a nada que las azuzas.

Ese es el mayor éxito de Telecinco: que los invitados no hagan caso a los presentadores, no callen, se enfaden, griten, insulten, amenacen con demandas, se porten mal y, con suerte, el incendio vaya tan bien que alguno marche del plató. En el último “Sábado deluxe”, Sonia Monroy tuvo una enganchada de aúpa con la presentadora, María Patiño. Gritos, golpes, huida iracunda, truenos y aparato eléctrico. Tras la tempestad, la calma y la vuelta al plató. Un éxito. “Esto no lo había visto en mi vida”, dijo un desconcertado David Alemán, que debutaba como copresentador. Se ve que no forma parte de la audiencia que Telecinco ha creado y no está acostumbrado al negocio. Él sabrá si quiere acostumbrarse.