6/2/09

TRES PROVERBIOS

No puede ser por motivos de espacio, pero el verdadero título de esta columna es "Dos proverbios discutibles y uno completamente cierto". Son los siguientes:

- "Cuando el dedo señala a la luna el tonto mira el dedo". Proverbio chino. Es uno de los discutibles. Se podría reescribir la sentencia como "Cuando Wyoming señala al periodismo basura Fernando González Urbaneja mira a Wyoming". Un humorista pone al descubierto las prácticas marrulleras, interesadas y mezquinas de un periodista, y el presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid critica... ¡al humorista! ¿Es Urbaneja tonto? No lo creo. A lo mejor cuando el dedo señala a la luna el corporativista, el interesado, el listillo, también miran al dedo.

- "Hace falta un ladrón para cazar a un ladrón". Proverbio norteamericano. Tampoco es del todo exacto. Al menos esta semana el "bufón de segunda" Monzón cazó al "orgulloso de su programa y de su cadena" Horcajo sin necesidad de salir por la tele mintiendo como un fanático y asegurando que sus colaboradores practican la profesión más vieja del mundo, (paréntesis: Horcajo tiene una extraña fijación con esa profesión; también dijo que Wyoming se comportaba como un H.P., a lo que el genial humorista contestó indignado: ¡me ha llamado "impresora"!).

- "Cualquier hombre que puede ruborizarse guarda algo de honestidad en su interior". Proverbio griego. Éste es el completamente cierto. Asistí a las explicaciones del periodista de Intereconomía TV con toda mi atención puesta sobre su rubor facial. Ni rastro. Ni siquiera cuando dijo que creía estar ante un delito, por lo que no se entretuvo en comprobaciones y rápidamente lo denunció ante la policía... ay, no, rápidamente lo emitió por televisión entre comentarios llenos de sorna. Ni rastro de vergüenza. Sólo el rostro pálido y un hilillo de baba ácida apareciendo y desapareciendo con el abrir y el cerrar de la boca.

5/2/09

TRATA DE RUSIA

Hice un curso sobre lectura rápida y leí “Guerra y paz” en veinte minutos. Trata de Rusia. Como Woody Allen, yo también hice un curso sobre lectura rápida del fútbol americano y vi un resumen de veinte minutos de la XLIII edición de la Superbowl. Trata de que un equipo consiga más puntos que el contrario.

Para un europeo, es fácil seguir la ceremonia de entrega de los Oscar, pero es más difícil entender el rollo que se traen los norteamericanos con Halloween, es casi imposible saber de qué va el Día de Acción de Gracias, y es una tarea de titanes leer un partido de la Superbowl sin concluir que trata de dos equipos que, como los tigres y leones de Torrebruno, quieren ser los campeones. En vez de tigres y leones, ponemos a los Cardinals y a los Steelers y listo. Cardinals y Steelers quieren ser los campeones. Lo que ocurre en el pasto, que diría Di Stéfano, es un misterio porque, tratándose de fútbol americano, los aficionados al fútbol-fútbol somos como vacas en un prado. Para una vaca, el prado es el lugar donde pace, y es imposible que se detenga a contemplar su belleza. El prado donde Cardinals y Steelers jugaron la Superbowl estaba lleno de gladiadores fuertes, ágiles y rápidos, pero al igual que una vaca es incapaz de contemplar estéticamente un prado, los futboleros somos incapaces de contemplar estéticamente un partido de fútbol americano. Por mucho que una vaca haga un curso de lectura rápida, no entenderá “Guerra y paz” ni podrá disfrutar con las yardas recorridas por un tipo con casco pero que no es un motorista, con pantalones ajustadísimos pero que no es un bailarín de “Fama, ¡a bailar!”, y con enormes hombreras pero que no es un cantante de los 80.

Para las vacas europeas, la Superbowl es, como mucho, una canción que nos gusta pero cuya letra no entendemos, porque cuando a una vaca se la saca del “muuuu” es como si encogiera (sí, como las hemorroides). Dicho de otra forma, para los que estamos acostumbrados a gritar “gol”, saber qué significa “touchdown” es como decir que “Guerra y paz” trata de Rusia. Un pequeño paso para un lector, pero un gran salto para una vaca.

4/2/09

EL GRANDÍSIMO WYOMING

Como me imagino que los lectores, con buen juicio, no me permitirían llenar mi columna con carcajadas de entusiasmo y vivas encendidos a la televisión más brillante que hemos visto en los últimos años por estos lares, hoy no les puedo hablar del Grandísimo Wyoming. Pero sí puedo hablar de Intereconomía TV. Uno de los tópicos más escuchados a los comentaristas políticos de nuestro país toma la forma de una queja acerca de la escasez de dimisiones entre nuestra clase política. "Aquí, claro, como no dimite nadie...". "Hombre, por favor, esto es España, aquí nadie asume sus responsabilidades". "Magdalena Álvarez no dimitirá jamás". Pues bien, será cierto que los políticos abandonan con dificultad sus cargos, pero ¿y los periodistas?, ¿qué tiene que ocurrir para que dimita un comentarista político?



Por ejemplo, ¿debe dimitir el responsable de un programa de debate político si está siendo el hazmerreír de toda España, -y medio Primer Mundo-, tras haber caído en una trampa marca ACME diseñada para cazar a periodistas que desconocen los rudimentos elementales de su profesión? En televisión hay cadenas temáticas dedicadas a los deportes, a las pelis de terror o a la gastronomía. Desde hace unos meses también existen cadenas temáticas dedicadas a la extrema derecha. Los debates políticos de estos canales se caracterizan porque los debatientes siempre están de acuerdo entre sí, y sólo intervienen para abundar en las opiniones expresadas por el moderador o para proponer nuevas vías aún más potentes para llegar a la conclusión defendida por el anterior participante. Si para engañar al responsable de uno de estos espacios basta con enviarle de forma anónima un vídeo grabado en un móvil, ya que el periodista no exigirá más requisitos para emitirlo en su programa avalando personalmente su veracidad, ¿puede seguir en su puesto ese impresentable y exigir con suficiencia, sea, la dimisión de Magdalena Álvarez? Grande, grandísimo Wyoming.

3/2/09

PLAN DE EMERGENCIA TELEVISIVA


A ver si hay suerte y a ver si marcha "A ver si llego".

Hay que elaborar un Plan de Emergencia Televisiva. Pero ya. Lo confiamos todo a la improvisación y así nos luce el pelo. Habría que empezar por establecer un Sistema de Alerta Temprana, un sistema de aviso para que la población se preparara ante la llegada de un frente de estrenos peligrosos. La semana pasada, por ejemplo, nos descargaron encima tres episodios seguidos de “A ver si llego” justo cuando el horario de máxima audiencia estaba repleto de ciudadanos confiados que veíamos la tele despreocupadamente, sin sospechar lo que nos esperaba. Qué desastre. Si pagamos nuestros impuestos es para que cosas así no ocurran. Pues, por si fuera poco, dos días después, cuando aún no nos habíamos recuperado, llegó el frente de “La caja” y volvió a dejarlo todo anegado. Y, para variar, la culpa no es de nadie. Es que, ya se sabe, en este país no dimite ni Dios.

El domingo volvieron a caer dos capítulos de “A ver si llego” por metro cuadrado y las alcantarillas no daban abasto. La ausencia de un guión que mantuviera la serie a flote hizo que lo primero que tragaran las cloacas fuera a un montón de actores que habían sido seleccionados con la misma falta de criterio con que elegimos una docena de pasteles para invitar a unos desconocidos: por si acaso que haya de todo un poco. Los diálogos, recortes sobrantes de “Escenas de matrimonio” y “La que se avecina”, fueron detrás. Los constantes, reiterados, previsibles y tediosos chistes sobre la crisis desfilaban formando un remolino sin fin. Pero los uniformes impolutos del vestuario formaron un tapón con unos decorados hechos con rotulador como los del “1, 2, 3” de Kiko Ledgard, y aquello empezó a rebosar. Una vergüenza, pero ya verán cómo antes de que los camiones de la basura retiren los escombros, llega “La caja” y se produce una desgracia.

2/2/09

AUTESTCUELA



Vamos a verlo así: qué más le da a usted que añadan unos cuantos programas más de servicio público en La 2 si esa cadena ya no la ve nadie. Además, ese apenas cinco por ciento de recalcitrantes que aún ven La 2 no se iba a quejar porque les va la marcha. Y no iba a molar poco andar presumiendo por el extranjero de que tenemos una televisión pública que es cojonuda.

Comprendimos y aceptamos que en La 2 se hicieran programas para enseñar inglés, defender el medio ambiente, informar con lengua de signos, ayudar a la integración de los inmigrantes, buscar trabajo, difundir las nuevas tecnologías, dar a conocer la Universidad de Educación a Distancia y mil cosas más. Pero estos días anda toda España alborotada porque más del 95 por ciento de los conductores suspenderíamos hoy el examen de conducir y nadie pide un programa sobre educación vial. ¿Tanto molestaría? ¿Tanto nos gusta que nos digan que la única solución es volver a la autoescuela? ¿Tanto miedo le tenemos a aprender algo viendo la tele?

Puede decirse que aquel “Más vale prevenir” de Ramón Sánchez Ocaña sigue hoy en el “Saber vivir” de Torreiglesias. Pero el mítico “La segunda oportunidad” de Paco Costas desapareció sin dejar rastro. Y qué bueno sería contar en ocasiones con una segunda oportunidad: en La 2 podría haber un concurso de preguntas y respuestas que se llamara “Autestcuela”, una sección al final de los informativos llamada “El tiempo al volante”, un reportaje semanal sobre seguridad vial, uno de los Lunnis tan obsesionado con las señales de tráfico como Triki con las galletas, un curso de conducción para lechones a cargo de Gomaespuma… Y si para dar el salto a La 1 hay que pegar un puñetazo en la mesa, recurrir al famoseo y hacer “¡Mira quién conduce!” o “Circulación de invierno”, “Circulación de primavera” y cosas así, pues se hace.

1/2/09

CUATRO BIPOLAR

Los fines de semana en Cuatro son bipolares. O todo verdades o todo mentiras. O todo realidad o todo engaño. No hay término medio: o a la cadena le entra un subidón dopaminérgico y se entrega en imagen y sonido a la denuncia de las situaciones más hirientemente reales que tenemos a nuestro alrededor o se levanta de resaca fotofóbica, mete la cabeza debajo de las mantas y se dedica a engañar a adolescentes que habitan el mundo de Twinky-Pinky.

Los viernes es el día de la verdad. Anteayer, sin ir más lejos, asistimos a una de las veladas más valientes que este humilde secretario recuerda haber visto jamás en una cadena comercial generalista. En pleno prime time, "Callejeros", zas, la supervivencia en la Cañada Real Galiana, un infrasuburbio en donde todo está cortado menos la desolación. ¿No tuviste bastante? Pues estrenamos "21 días", otra hostia en toda la bocaza de Cantizano y Jordi González; Samanta Villar se va a dormir 21 noches en una caja de cartón para desmontar tópicos sobre la gente que lleva 21 años revolviendo en los cubos de basura. Como epílogo Jon Sistiaga desde Gaza nos cuenta todo lo que pudo llegar a ver en cuanto el Estado de Israel dejó de impedir el trabajo de los periodistas en el territorio que estuvo bombardeando durante tres semanas.

Y los domingos son el día de la mentira. En cuarenta y ocho horas pasamos de un extremo al otro. La cadena hiperrealista comienza a delirar y desde las 21:30 horas ¡hasta las 4:00 del día siguiente! se arroja en brazos de chicos sin ombligo, chicas que contactan con los muertos, elegidos con superpoderes y timadores de feria. "Kyle XY" y "Entre fantasmas" para contentar a emos light y pijos desencantados. "Cuarto Milenio", porque también los fachas tienen su rinconcito en la cadena de Prisa. Cuatro bipolar. Fases depresivas y maníacas alternándose al límite. Jon Sistiaga e Íker Jiménez discutiendo sobre quién debe tomarse las sales de litio.