12/5/11

ANA ROSA QUINTANA CONTRA JOSÉ CORBACHO

Estamos jodidos. O sea, de aquella manera que Camilo José Cela utilizó de ejemplo en el Senado cuando le recriminaron que estuviese durmiendo en tan noble lugar.

- No: estoy dormido –respondió Cela.
- ¡Es lo mismo!
- No, no es lo mismo: no es igual estar durmiendo que estar dormido, al igual que no es lo mismo estar jodiendo que estar jodido.


El caso es que estamos jodidos porque el martes por la noche José Corbacho estrenó “Palomitas” en Telecinco y se pegó un leñazo considerable. No un simple leñazo porque en su estreno no llegó a un 10 por ciento de cuota de pantalla. No un simple leñazo porque aquello parecía una versión descafeinada de “Homo zapping” hecha con más medios y menos talento, con caracterizaciones técnicamente mejores pero sin el encanto y el factor sorpresa con el que “Homo zapping” nos había ganado para su causa, con parodias de grandes éxitos del cine norteamericano pero sin la complicidad que se lograba con María Teresa Campos poniéndose las gafas, “Bricomanía” construyendo un rascacielos o el Isra declarando su amor a la Jessi en el “Diario de Patricia”. Se pegó un leñazo considerable porque se juntaron ambas circunstancias la noche del estreno. ¿No son entonces Corbacho y Telecinco quienes están jodidos, pero no nosotros? Pues no.

Somos nosotros porque ese día el programa con más cuota de pantalla de Telecinco fue “El programa de Ana Rosa”, que tuvo más del doble de la obtenida con “Palomitas” gracias al seguimiento que hizo de la marcha de “Supervivientes” de una glandular señora que pasará a la historia del programa por haber enseñado una teta “sin querer” y por tener problemas con los implantes mamarios que se llevó a la isla. Así que Telecinco mirará los resultados del día y obrará en consecuencia. Y nos quedaremos sin unas “Palomitas” que no nos dieron todo lo que esperábamos de ellas, pero que es de lo mejorcito que emite Telecinco desde hace años.

11/5/11

SPIDERMAN, MAFALDA Y VASILE

Paolo Vasile, consejero delegado de Telecinco, dice que no existe la televisión basura, sino la televisión que la gente ve y la televisión que la gente no ve. La frase es digna de un hombre que admite que hace televisión para vender publicidad, que llama “gladiadores” a sus directivos y que liquida la cuestión de Belén Esteban con la palabra “rentable”. Así son los tiburones del negocio audiovisual, queridos amigos. Cuando Epicuro sufría de horribles dolores de vejiga y de intestinos, era feliz recordando las conversaciones filosóficas que había mantenido con sus amigos. Cuando Vasile deje de ser un tiburón y cambie su despacho por una horrible pecera, ¿será feliz recordando sus conversaciones con Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez?

Vasile se define como un empleado con mucha responsabilidad, pero se niega a relacionar responsabilidad y poder. Se equivoca. No es sólo que, como dijo antes de morir el tío de Spiderman, un gran poder conlleve una gran responsabilidad, sino que una gran responsabilidad conlleva un gran poder. Supongo que cuando Vasile habla de responsabilidad, está pensando en los beneficios de su empresa y en que Berlusconi esté contento. Pero hay otras responsabilidades. La responsabilidad de contribuir al triunfo de conductas éticamente incompatibles con las que se tejen con paciencia japonesa en las escuelas. La responsabilidad de emitir en abierto toneladas de porquería que no por rentables dejan de ser porquerías. La responsabilidad de vender grasientas chucherías envueltas en el papel de regalo de la libertad. Eso es poder.

Mafalda, en una de sus lúcidas reflexiones, dice que lo malo de las entrevistas es que uno tiene que contestarle en el momento al periodista todo lo que no pudo contestarse a sí mismo en toda la vida y, encima, quedar como inteligente. Los profesionales del negocio del espectáculo como Vasile ya se han contestado a sí mismos todas las preguntas y no necesitan parecer inteligentes, así que hay que escuchar con atención lo que dicen y, sobre todo, lo que no dicen. Vasile niega tener poder y no habla de la televisión basura. Mientras, Spiderman y Mafalda se miran de reojo.

10/5/11

PEDIR EL VOTO NO PIDIÉNDOLO

Empezó con mal pie Eva Hache cuando en la rueda de prensa en que presentó su nuevo programa (“Con Hache de Eva”, noche del domingo en laSexta) dijo que comenzar entrevistando a Zapatero era una proeza porque ni se trataba de un programa de entrevistas políticas ni ella es Ana Pastor. A ver, no es una hazaña conseguir que un político profesional en plena campaña electoral acuda a un programa de televisión donde dispondrá de casi una hora para vender el producto más allá del estricto reparto del control de tiempo que hay en los informativos. Eso más que una hazaña es, por decirlo de forma suave, inevitable.

Además, si hay que ponerle a la entrevista que vimos anteayer alguna etiqueta, hay que decir que fue ante todo una entrevista política. Y no solo porque cualquier entrevista lo es (“El hombre es un animal político”, dijo Aristóteles, así que no hay escapatoria). Es que esta entrevista lo fue especialmente precisamente porque pretendió no parecerlo.

La guerra es la continuación de la política por otros medios. Vale, pues las entrevistas en las que los políticos profesionales pretenden mostrarse “como realmente son” (más allá del personaje público que conocemos), en las que hablan de cuestiones “personales”, en las que muestran su “lado humano”, en las que se relajan, se ríen, cuentan alguna anécdota sobre su teléfono móvil, nos abren su corazón y muestran que son muy majos… son la continuación de las entrevistas políticas por otros medios. La guerra puede ser eficaz allí donde la política tradicional no funciona. Y las entrevistas no políticas en las que se habla de política, pero de forma simpática y “maja”, pueden ser eficaces allí donde las entrevistas políticas tradicionales no funcionan. Un millón y medio de personas vimos la que ofreció Zapatero anteayer. Más de las que pueda reunir en ningún mitin. Es cierto que no pidió el voto, pero es que en las entrevistas no políticas los políticos piden el voto no pidiéndolo. Un medio tan eficaz y tramposo como la guerra.

9/5/11

"HOUSE", 7x15

Ya en el albor de los tiempos, cuando los primeros seres humanos subsistían mediante tareas de caza y recolección llevando una vida nómada, era frecuente que los hombres primitivos de entonces se reunieran al anochecer alrededor de una hoguera para contemplar los últimos capítulos de sus series de televisión favoritas. Eran épocas difíciles, y en varios momentos críticos la recién aparecida especie de los homo sapiens a punto estuvo de extinguirse por los rigores del clima, las enfermedades, los depredadores y la escasez de alimentos, pero siempre que las condiciones ambientales lo permitían la noche encontraba a las tribus prehistóricas alrededor del televisor fascinadas por las nuevas temporadas de “Cómo conocí a vuestra madre”, “Treme”, “The Office” (la versión norteamericana, por supuesto), “Roma”, “Frasier” o “Boardwalk Empire”. Pero el desarrollo tecnológico era ya imparable incluso en aquellos tiempos: al principio tímidamente y después con ímpetu, apareció la escritura, y las narraciones televisivas audiovisuales iniciaron una etapa de decadencia ante el embate de las historias escritas en papel, al principio en caracteres cuneiformes y después mediante alfabetos más modernos.

Así, las series de televisión desaparecieron durante siglos como vehículo de las narraciones humanas, hasta que a finales del siglo XX la llegada del DVD y de internet relanzaron este formato como vía para contar historias. La narración escrita y la narración mostrada compitieron durante décadas, hasta que la NBC emitió el 7 de marzo de 2011 en los EE.UU. el capítulo 15 de la séptima temporada de “House”, que en España se está viendo estas semanas en Cuatro y en Fox. El impacto de lo que sin duda es el mejor capítulo de la historia de las series televisivas desde la Edad de Piedra sumió a la escritura, -una tecnología basada en letras escritas con tinta sobre un papel que es necesario trasladar físicamente hasta el lugar en donde se encuentra el lector-, en una etapa de retroceso y decadencia de la que nunca volvió a recuperarse del todo.

8/5/11

PROPAGANDA Y PUBLICIDAD



Les propongo un pequeño juego. Yo les describo un anuncio publicitario y ustedes tienen que adivinar cuál es el producto que vende. Venga, vamos. Una niña y su padre están trabajando en una mesa de una sala de estar. La niña hace un dibujo muy colorista, como muestran ciertos primeros planos del mismo. El padre parece estar escribiendo en una libreta. Suena una música emotiva y tierna de fondo que da a la escena un tono entrañable. La calidad de la imagen es excelente; los colores son cálidos, la ropa de los dos personajes hace juego con el entorno; la realización recuerda al cine de Hollywood. La niña pregunta al padre si él va también a la escuela. El padre contesta que no, que ahora no trabaja, pero que está intentando reunir dinero para montar un negocio. Entonces la niña se levanta y va a su habitación. Apila unas cajas para poder subirse a ellas y alcanzar lo alto de un armario. Vuelve a la salita y le entrega al padre lo que parecen ser billetes de pega de algún juego de mesa. “Quédatelos”, le dice con su vocecita de niña, y el padre, feliz ante el gesto de su hija, la abraza de forma cariñosa mientras la música sube de intensidad para provocar que la emoción de la escena también suba de forma semejante. Llega ahora la pregunta: ¿qué anuncia el spot? Les daré cuatro opciones: a.- una nueva marca de productos de higiene femenina; b.- las ofertas de temporada de un operador de telefonía móvil; c.- galletas; d.- un partido político que pretende ganar votos para las elecciones del 22 de marzo.

Ya saben la respuesta, ¿verdad? La más insospechada. La más delirante. La que más asco da. La que más enmierda el mundo de la política y la sociedad pública en la que casi todos queremos vivir. Hubo un tiempo en el que los partidos querían que los votásemos; ahora quieren que los compremos. No sé exactamente cuándo la propaganda política de los grandes partidos nacionales se hizo indistinguible de la publicidad de coches, colonias o rollos de papel para el culo, pero me sería fácil averigüarlo recordando cuándo decidí no votar en mi puta vida a ciertos partidos.

7/5/11

DESARROLLO EMBRIONARIO

Pues, sinceramente, no tengo ni la menor idea acerca de si “BuenAgente” va a terminar siendo un toro, una salamandra o un chimpancé. Es lo que tiene analizar un organismo durante los primeros estadios de su desarrollo embrionario, cuando aún no está claro el animal que acabará siendo. Durante las etapas iniciales del desarrollo fetal casi todos los mamíferos se parecen extraordinariamente, por lo que a simple vista es imposible saber si estamos ante el feto de un delfín, de una zarigüeya, de un ñu o de Alfredo Urdaci. Sólo posteriormente, a medida que el nasciturus va madurando en el interior del cuerpo de la madre, puede ir formándose una aleta dorsal, unas simpáticas orejitas saltonas, una cola larga y peluda, o una caradura espectacular. Si a los críticos televisivos se nos permitiera opinar acerca de las series de ficción españolas cuando éstas llevan varios meses de rodaje, podríamos entonces matizar con precisión el género taxonómico al que pertenece el producto, pero dado que es casi imperativo hablar de los estrenos en cuanto se estrenan...

Así que, tras la visión atenta del primer capítulo de “BuenAgente”, sólo puedo calificarla de “serie indiferenciada”, que es algo tan poco informativo como llamar “vertebrado” a un mamífero. Tiene actores como Arturo Valls o Arturo Molero que se mueven con dominio en el campo de la comedia clásica inteligente, -¿por qué, por qué me gusta tanto Malena Alterio?-, guiones que ni chirrian ni fascinan, y secundarios tutti frutti, -un poco de todo, para abarcar mucha audiencia, como siempre-, que merecen una segunda oportunidad. Que salga de ahí un husky siberiano, un gorila, un tigre dientes de sable o Ana Pastor lo dirá el paso del tiempo. Estaremos atentos para ver si comienza a desarrollar brazos ligeramente oblicuos desde la punta del hombro hasta el codo, una mandíbula protuberante, unos caninos sobredimensionados o un prodigioso talento periodístico.