6/8/12

SIN VERGÜENZA

La vergüenza es una emoción básica de nuestro psiquismo. De hecho, la vergüenza es la única de las emociones elementales de presencia exclusiva en la especie humana, -como mucho también aparece en algún primate superior-. Se trata de una suerte de turbación particularmente desagradable que sentimos con mayor o menor intensidad cuando nos exponemos a la mirada enjuiciadora de los demás. Se suele acompañar de rubor facial y de aumento de la tasa cardíaca. La vergüenza regula el comportamiento allá donde no pueden llegar las leyes, -si soy descubierto robando un coche, la ley me aplicará consecuencias que reducirán la probabilidad de que eso vuelva a pasar; si soy descubierto orinando entre dos coches la vergüenza me alterará de forma displacentera con la misma finalidad-. El estilo concreto en como cada uno de nosotros practicamos nuestra vergüenza se aprende según las experiencias vividas en la primera infancia. Algunas personas son extremadamente vergonzosas, lo que les puede hacer llevar una vida innecesariamente atormentada. Otras personas carecen por completo de vergüenza, no se sienten turbados cuando se exponen delante de los demás tras cometer fechorías, lo que aumenta mucho la probabilidad de que las cometan. Suele ser la sociedad la que sufre la psicopatía de las personas sin vergüenza.

RTVE ha sido tomada por personas sin vergüenza. Sólo apelando a una total falta de turbación ante la exposición social de la vileza de los propios actos se explica el cese de excelentes profesionales como Fran Llorente, Alicia G. Montano, Xabier Fortes, y, anteayer, Ana Pastor. Lo mismo se puede aplicar a los ceses de Lucas y Garrido en la radio pública. No se trata de ser de derechas o de izquierdas, sino de carecer de una emoción elemental cuyo fino ajuste suele ser una nota identificativa de los grandes profesionales. Despiden a Ana Pastor y no se ruborizan. Se saben despreciados por la profesión periodística y no se altera su tasa cardíaca.

5/8/12

AMÉN

Nos habremos olvidado ya de que una vez existió un género televisivo llamado “reality show” que dio lugar a cientos de variantes, algunas de las cuales alcanzaron las docenas y docenas de temporadas. Habrá desaparecido el televisor tal y como lo conocemos, reemplazado por aparatos cuya tecnología no podemos ni siquiera imaginar; algunos dotados de un 3D interactivo que nos permitirá introducirnos perceptivamente dentro de la acción, modificándola e interactuando con ella; otros portátiles, desplegables a partir de dispositivos del tamaño de un dado. Ya no se emitirá cine en televisón, fundamentalmente porque habrán pasado muchas décadas desde la desaparición definitiva del cine. Nadie recordará las polémicas que existieron en su día acerca de cómo debían de nombrarse a los responsables de las televisiones públicas; de hecho, nadie recordará que hubo un tiempo en el que existieron televisiones cuya titularidad era pública y se financiaba a través de los impuestos que pagaba la ciudadanía. Los concursos habrán desaparecido. Los informativos se dedicarán íntegramente al deporte. Al igual que ocurre con los blogs o las páginas de facebook actuales, cada persona creará y emitirá su propio canal de televisión, confeccionado a base de contenidos creados por ella misma y otros pirateados de las cadenas de televisión comerciales. Alguien contará que sus abuelos, en el lecho de muerte, les hablaron de series como “Futurama”, “House”, “Boardwalk Empire”, “Frasier”, “Friends”, “Seinfeld”, “The wire”, “Doctor en Alaska”, “Sherlock”, “Roma”, “Cómo conocí a vuestra madre”, “El show de Larry David”, “Los Soprano”, “Los Simpsons”, “Breaking Bad”, “Homeland”, y nadie sabrá a ciencia cierta a qué se estaban refiriendo.

Pero incluso entonces, cuando alguien se tome la tarea de zapear pacientemente por todas las cadenas de televisión un sábado por la mañana, terminará encontrándose con un capítulo de “El coche fantástico”. Por los siglos de los siglos. Amén.

4/8/12

UN SÚBITO COÁGULO


La imagen más globalmente difundida por las televisiones de todo el planeta, el icono al cual la humanidad en su conjunto está siendo más expuesta durante estos días, es decir, el logotipo de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, sólo es comprendido por las personas que ya saben a priori qué es lo que tienen que comprender. Como pasa con las psicofonías. Como pasa con la economía. El “Journal of Human Stupidity” acaba de publicar un estudio de la Universidad de Gloushampton, realizado antes de que se conociera oficialmente el logo de los Juegos, en el que éste se presentaba a dos grupos de sujetos: a un grupo se le informaba de que iba a ver el diseño de un logotipo que representaba el número “2012”; a otro grupo se le mostró dicho diseño sin informarle de cuál era su significado. El 84% de los sujetos del primer grupo pudo leer “2012” en las formas rosas de la imagen. Entre los sujetos del segundo grupo la respuesta más habitual se refería a los restos de un coche accidentado en la carretera (13,8%) seguida por la cocción de masa de hacer galletas realizada por un bonono (9,8%), una estimación del mapa del planeta tras 10.000 años más de deriva continental (5,2%) y las heridas producidas por el mordisco de un rottweiler con parkinson sobre el plexo solar de un caucásico (1,2%).

La absolutamente maravillosa novela “El restaurante del fin del mundo”, de Douglas Adams, comienza con una frase que me ha aprendido de memoria para que me entre la risa incluso en los momentos más difíciles: “Como todas las naves vogonas, aquélla no parecía responder a un diseño sino a un súbito coágulo”. La humanidad, bajo la luz desnuda, contemplando un partido de balonmano en cuya pista está impreso un súbito coágulo, una final de doma por equipos en cuyas monturas se ha cosido un súbito coágulo, una prueba de natación en la que los deportistas saltan desde un trampolín en cuyo reverso se ha dibujado un súbito coágulo. Creemos que algo tiene sentido, pero todo está rodeado del ello, lo amorfo, el coágulo, lo incomprensible. Estamos en crisis.

3/8/12

EL CLUB DEL DÉJÀ VU


Mi neurólogo insiste en que no le pasa nada a mi sistema nervioso y que no debo dar la menor importancia a esa persistente sensación de déjà vu que tengo cada vez que me pongo a ver la tele. Yo, a su vez, le suplico que me haga cuantas pruebas sean necesarias para ir descartando incluso aquellas patologías de las que nunca oyó hablar el doctor Gregory House, pero el médico niega con la cabeza y da por zanjado el tema. “¿Ha valorado la posibilidad de que esa incómoda sensación que usted tiene de haber visto ya las cosas antes sea debida a que efectivamente usted ha visto ya las cosas antes?”. “Por favor, doctor, ¿me toma por tonto...”. “No, le tomo por hipocondríaco”. “... o qué? Sé distinguir perfectamente lo que siento cuando veo por cuadringentésima hexagésima segunda vez el capítulo de ‘Big bang’ en el que Sheldon va a sacarse el carnet de conducir de lo que siento estos días cuando me pongo a ver Antena 3 a la hora de la cena”. “Tranquilícese, no le ocurre nada. Enfermera, ¿podría acompañar al señor a la puerta de la clínica y asegurarse de que no vuelva a entrar? Si se resiste puede avisar al personal de Seguridad. Ya le conocen”.

Y esa noche vuelve a ocurrir. Comienza “El Club del Chiste” y vuelve a aparecer esa sensación de que yo ya he visto todo lo que se puede ver en la pantalla. Antena 3 asegura que los programas de “El Club del Chiste” con los que está cubriendo el access time del verano son espacios inéditos que en su día quedaron sin emitir cuando hubo que retirar de la programación este leve entretenimieto debido a su baja audiencia. Pero juro que yo soy capaz de adelantar cómo van a rematar sus historias Martina Klein o Leo Harlem antes de que lo hagan, que me conozco el desenlace las microtramas cómicas de cada entrega, que sé lo que va a decir Anabel Alonso con milisegundos de antelación a que comience a abrir la boca. O “El Club del Chiste” o yo padecemos un trastorno. Y mi neurólogo sigue insistiendo en que no le pasa nada a mi sistema nervioso.

2/8/12

RIESGO DE DERRUMBE


Nadie debería acercarse a “Lo sabe, no lo sabe”, el nuevo concurso de Cuatro. Nadie debería acercarse y las autoridades deberían establecer un vallado de seguridad a su alrededor. Porque el edificio amenaza hundimiento. Porque ver cada día al atardecer “Lo sabe, no lo sabe” obliga a pasarse todo el programa con la respiración entrecortada y los ojos entrecerrados sabiendo que en cualquier momento los muros del concurso se vendrán abajo y con ellos las cúpulas y las bóvedas. Ya desde el gótico, -si el románico en los concursos televisivos es el “Un, dos, tres”, el gótico puede ser el “Qué apostamos”-, los arquitectos catódicos aprendieron a distribuir la carga de los concursos apoyándolas sobre los contrafuertes del diseño de los platós, -“Lo sabe, no lo sabe” ha retirado el plató de su estructura-, los arbotantes de las preguntas ingeniosas, -no se puede cargar mucho peso sobre preguntas como “¿cómo se llama el baile típico de Cataluña?” o “¿cuantos metros cuadrados tiene una hectárea?”-, o los estribos de elementos menores como luces azules, efectos de sonido, público, premios extraordinarios, -el diseñador minimalista de “Lo sabe, no lo sabe” decidió no usar ninguno de estos elementos de refuerzo-.

De forma que todo, todo el tonelaje del nuevo espacio de Cuatro termina descargándose sobre la piedra de toque que es Juanra Bonet. Y Juanra Bonet es una buena piedra de toque capaz de soportar sobre su lomo un arco de medio punto, pero no puede aguantar una edificación entera que pretende fidelizar al espectador y aprovechar su empuje para mantenerlo enganchado a Cuatro el resto de la noche. O colocan rápidamente refuerzos en la estructura de “Lo sabe, no lo sabe” o el día menos pensado veremos a Bonet venirse abajo sin poder impedir que la dinámica del concurso sepulte bajo sus escombros a todos los que andaban dándose una vuelta por Cuatro a esa hora. Conviene ver el concurso por fuera, desde lejos, y apartarse si se ve venir a Juanra por la calle proponiendo ganar tres mil euros en diez minutos.

1/8/12

FALSO STEVE CARELL

Andan difundiéndose por la red falsos textos de autores famosos que los internautas que se las dan de intelectuales corren a colgar en sus facebooks. Todo comenzó con una falsa carta de un falso moribundo García Márquez que sólo podía ser tomada por cierta por aquellos que no conocieran ni el nombre de dos de sus novelas. Pero después empezaron a llegar en masa falsos Borges que el argentino no habría escrito ni en medio de una indigestión de nueces de California, falsos Nerudas tan cursis que sólo serían ciertos si el poeta hubiera ganado el Premio Telva en vez del Premio Nobel, falsos Benedettis tan falsos, tan pero tan horteras, que hubieran justificado el exilio del entrañable Mario no ya de su Montevideo novelado sino del planeta Tierra en su conjunto. Nada tienen que ver estos falsos versos con los pseudoLeonardos o pseudoRafaeles que nos dejó la pintura clásica: éstos son finísimos ejercicios de estilo llevados a cabo por discípulos aventajados que engañan incluso a los especialistas, aquéllos son bodrios producto del vómito de un publicista de tercera sobre un powerpoint de amaneceres, gatitos y bebés que sólo convencen a los ignorantes. El último es un supuesto texto de un querido economista español, -“querido” y “economista” sólo pueden ir juntos si hablamos de él-, que comienza llamando “hijo de puta” al presidente del Gobierno. Lo llaman “texto de José Luis Sampedro” y no lo es.

De ahí que yo esté seguro de que la película “Sigo como Dios”, -que TVE nos ofreció el domingo como “película de la semana”-, es un fake de Steve Carrel. Tiene que tratarse de un engaño. Ése no puede ser el verdadero Steve. El inteligentísimo humorista que nos hizo mearnos de ironía y complicidad en “Little Miss Sunshine” o en “Get smart”, el irrepetible para siempre Michael Scott durante siete temporadas de “The Office”, no puede haber rodado un truño, un cascajo, una mamandurria semejante sin quedar descompuesto en bosones de Higgs audiovisuales. Tiene que tratarse de un falso Carell, tan artísticamente moribundo como el falso García Márquez de aquella carta infame.