
En “Sangre fresca” (Canal +), vampiros y humanos intentan vivir juntos, la humana Sookie y el vampiro Bill se enamoran, y un pequeño pueblo de Lousiana se convierte en un laboratorio donde el creador de “A dos metros bajo tierra” coloca sus tubos de ensayo sociológicos. No esperen ver al conde
Drácula en “Sangre fresca”, por supuesto. La distancia entre un castillo de Transilvania y un bar de copas de Lousiana es demasiado grande.
Muchos humanos miran con desconfianza a los vampiros, y no todos los vampiros son tan buenos como Bill. Pero los vampiros son pocos, son raros, son diferentes, son repugnantes (se alimentan con sangre sintética), son mejores en la cama que los humanos y tienen colmillos, aunque ya no los usan para poder chupar la sangre fresca. “Sangre fresca” se presenta como una metáfora sobre la intolerancia, la xenofobia y el racismo, y ya decía
Aristóteles que la metáfora produce placer porque es un conocimiento. No niego que ver “Sangre fresca” como una metáfora produzca placer, pero ¿produce también conocimiento? Veo arder unos troncos en la chimenea, y el fuego se convierte en ese “perro rabioso de un millón de dientes” del que hablaba
Pablo Neruda. Comprendemos la metáfora pero, como se pregunta
José Antonio Marina, ¿conozco algo al comprenderla? Reconocemos en la furia con la que las llamas roen el tronco lo que ha motivado la metáfora, pero ¿podemos llamar conocimiento a ese reconocimiento? Reconocemos en las metáforas de “Sangre fresca” algunos engranajes defectuosos de la sociedad actual. ¿Eso significa que Sookie y Bill nos ayudan a conocer nuestro mundo?
“Sangre fresca” es una metáfora ingeniosa que, como diría Marina, mantiene al tiempo la conciencia del parecido y del disparate. Porque esos vampiros de Lousiana son un puro disparate. El perro rabioso de un millón de dientes del que hablaba Neruda no tiene nada que ver con la combustión. ¿Qué tiene que ver la extraña naturaleza del vampiro Bill con Lousiana? Ya veremos. Pero lamento que cuando Sookie sirve una copa de vino a Bill, el vampiro no diga: “Yo nunca bebo... vino”. Por los viejos tiempos y la viejas metáforas.