6/3/13

EL LACITO DE KONG



King Kong cumple 80 años, y TCM lo celebra emitiendo una copia remasterizada de “King Kong” y el documental titulado “Yo soy King Kong”, que repasa la fascinante vida de Merian C. Cooper, uno de los directores de la película. Cooper soñó una noche con un gorila gigante que atacaba Nueva York, pero “King Kong” es mucho más que eso. Una de las diferencia entre Godzilla, el gigantesco lagarto bípedo de la película de Roland Emmerich, y King Kong es que Godzilla es sólo un monstruo mutante que destruye parte de la ciudad de Nueva York, mientas que King Kong es un enorme gorila que trepa al Empire State Building después de sembrar dudas filosóficas en el espectador acerca del amor, la civilización, la naturaleza y la violencia.

Al pirata Barbanegra le gustaba adornar su barba con lacitos de colores, pero no por eso dejaba de ser el pirata Barbanegra. A King Kong le gusta Ann Darrow, que en su isla es como un lacito de colores, pero la bella Ann hace que la bestia Kong sea algo más que una bestia. No hay belleza exquisita sin algo extraño en las proporciones, decía Francis Bacon, así que las extrañas proporciones de la relación entre Ann y Kong convierten a “King Kong” es una película de belleza exquisita que 80 años de vida no han podido marchitar. King Kong, como el monstruo de Frankenstein, es malo porque  es desgraciado. Y Kong y la criatura de Frankenstein son desgraciados porque nadie les ha dado una oportunidad.  Fernando Savater sugiere que a Sir Brian de Bois-Guilbert, el enemigo de Ivanhoe en la novela de Walter Scott, le habría gustado ser una persona decente. Si Rebeca, la hermosa judía, le hubiera susurrado “No seas tonto, que yo te quiero…”, Sir Brian no sería uno de los grandes malos de la literatura. Si Ann le hubiera susurrado a Kong algo parecido, Nueva York no habría sufrido la ira del gorila gigante. El malo, por desgraciado, Kong cae del Empire State tras ser atacado por aviones, mientras que el buen, por amado, Kong habría terminado sus días como mono gigante de feria. Pero adornaría su vida con un lacito de colores llamado Ann.

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