26/9/18

LA DISTANCIA JUSTA


Al astrónomo Johannes Kepler le atormentaba (así lo cree Steven Pinker) entender por qué la Tierra está a ciento cincuenta millones de kilómetros del Sol, que es la distancia justa para que el agua llene nuestros ríos y lagos sin evaporarse o congelarse. Pero la Tierra es sólo uno entre muchos planetas, cada uno a una distancia diferente del Sol o de otra estrella. No hay un plan divino que haya situado con mimo a la Tierra a la distancia justa del Sol, porque ese plan implicaría que Dios odia a Marte o a Júpiter. Viendo los primeros capítulos de la serie documental “Las bombas perdidas de la guerra fría” (Canal Historia) es fácil caer en la tentación, y el tormento, de Kepler y preguntarse por qué la Tierra sobrevivió a la barbarie atómica de la guerra fría, a la demencial escalada de estadounidenses y soviéticos en busca de la bomba más destructiva, a unos dirigentes que creían que más bombas significaban más seguridad, a docenas de accidentes que podrían haber ocasionado terribles destrucciones y que fueron ocultados en nombre de la seguridad de los Estados. ¿Un plan divino? Si el plan de Dios para que este planeta que gira a la distancia justa del sol no terminara en los brazos del apocalipsis nuclear incluía milagrosas caídas de bombas atómicas que no llegaron a explotar o decisiones en el último segundo que evitaron la guerra nuclear, entonces ese plan implicaría también que Dios odia la capacidad humana para comprender el átomo sin utilizarlo para matar.

Las cosas que se ven en “Las bombas perdidas de la guerra fría” hielan el corazón y hacen pensar que Aldous Huxley tenía razón cuando decía que tal vez este mundo sea el infierno de otro planeta. Y esta cuestión sí que atormentaría a Kepler. El horror, como sospechaba George A. Romero, el director de “La noche de los muertos vivientes”, está en la puerta de al lado, y los monstruos más terroríficos son nuestros vecinos. Manuel Fraga Iribarne dándose un baño en la playa de Quitapellejos, en Palomares, después del accidente protagonizado por un bombardero estadounidense que transportaba armas nucleares, es una imagen más terrorífica que la de un muerto viviente; y masticar la masa de mentiras fabricadas por un poder obsesionado con ganar una guerra nuclear que no podía terminar con un vencedor es una tarea que nos recuerda que, a veces, los monstruos son nuestros vecinos, aliados, amigos o ministros de Información y Turismo en bañador. Lo mejor de “Las bombas perdidas de la guerra fría” es que es un documental, y no una nota a pie de página de un planeta que, un día, se cansó de girar alrededor del sol.

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