29 septiembre 2009

NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS

Habrán visto las imágenes en los telediarios de estos días: ancianos coreanos reuniéndose por primera vez después de llevar 60 años separados por una guerra y una frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur. Hermanos, padres, hijos, familias rotas que ahora se reencuentran y la tele nos muestra con unas imágenes fugaces: manos entrelazadas, manos temblorosas que se aprietan ya con poca fuerza, dedos que señalan viejas fotos con las que tratar de reconocer en un desconocido al hermano perdido. Y lágrimas. Lágrimas en los ojos mientras se abrazan, mientras se hablan, mientras se tocan.

¿Con qué derecho ponen estas imágenes en los telediarios y no en un montón de programas que podrían rentabilizarlas dando a los espectadores un producto como éste de éxito garantizado? Bastaría ponerle cara para hacer caja. Por ejemplo: con 92 años, Lim Man-Yop pudo volver a ver a las dos hijas que dejó con sus padres en 1951 para poder huir hacia el sur con sus otros tres hijos. ¿Por qué dejar que sus lágrimas se derramen en los telediarios como un río que desemboca y se pierde en el mar? ¿No podríamos establecer para las lágrimas, como para los ríos, un caudal ecológico mínimo para derramar en privado y verlo sólo en los informativos? Las lágrimas excedentes, tanto tiempo retenidas, podrían producir altísimos rendimientos aumentando la rentabilidad del medio televisivo si se trasvasan de los telediarios a programas de testimonios como “El diario de Patricia” (ahora “El diario”, que marchó Patricia).

Busquemos la eficiencia. En Corea hay miles de familias rotas por la historia. Los reencuentros se producen con cuentagotas y los ancianos se mueren esperando en vano. Y el mundo está repleto de situaciones así. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, pero podemos aprovecharlas para triplicar la cosecha si aumentamos el tiempo destinado a televisión de regadío. Es algo con lo que no contaba Jorge Manrique, que creía que cualquier tiempo pasado fue mejor. El pobre.