09 noviembre 2016

KEATING SALVA A SÓCRATES


La serie “Cómo defender a un asesino” (Cuatro) es antifilosófica, en general, y particularmente antisocrática, y la profesora y abogada Annalise Keating es el reverso tenebroso del muy socrático profesor John Keating interpretado por Robin Williams en “El club de los poetas muertos”. Tanto Sócrates como el profesor Keating fueron acusados de corromper a la juventud (esta acusación, junto con la de impiedad, le costó la vida al filósofo griego, y el puesto al profesor británico), pero la profesora Keating nunca será acusada de corromper a la juventud a pesar de que su función en la universidad, en su bufete y en la vida es exactamente esa. Primera intervención de la profesora Keating en la Facultad de Derecho en un aula repleta de alumnos expectantes: “Introducción al Derecho Penal o, como a mí me gusta llamarlo, cómo defender a un asesino”. Las clases de la profesora Keating van de eso, de enseñar a ganar juicios sea como sea. Por eso la Facultad de Derecho de “Cómo defender a un asesino” se parece a “una pelea de perros las veinticuatro horas del día”. Por eso cuando la profesora Keating dice en voz alta el nombre del alumno más destacado de la clase apostilla, con oportuno cinismo, que es en ese alumno en quien los demás alumnos deberían centrarse en destruir. Y por eso un miembro especialmente repugnante del bufete de la profesora Keating dice a los estudiantes en prácticas que si quieren caer bien tienen que procurar traer respuestas, no preguntas. Todo eso es corrupción de la juventud.

Quizás la utilidad de la filosofía esté en que nos ayuda a destripar a profesoras como Annalise Keating y profesores como John Keating, en que nos obliga a reflexionar acerca de las diferencias entre educar y corromper, en que nos empuja a plantearnos si hacerse un puñado de buenas preguntas es mejor (o no) que darse por satisfecho con una mochila de útiles respuestas. “Cómo defender a un asesino” tiene más ingredientes, pero el fundamental, la sal de la serie, es la profesora Keating, a quien me gustaría haber visto en el juicio de Sócrates. Quién sabe. A lo mejor la profesora Keating habría conseguido salvar la vida del viejo filósofo preguntón, y entonces la profesora se presentaría ante sus alumnos con cara de “así se defiende a un corruptor de la juventud”. Sócrates, perplejo, se retiraría a su casa a aprender a tocar con la flauta una melodía especialmente difícil y, después, pediría una ración de cicuta.