06 agosto 2010

LA RISA



Risas. En la tele hace falta ver risas. Risas descaradas, incontenibles, risas que te ahogan porque no te dejan respirar, risas desbordadas, imparables, risas que de lejos parecen furia, aludes de risas. No es que hagan falta programas de humor para que nos riamos más, lo que digo es que hace falta que se vean en pantalla las risas que ya hay, las risas con las que se hacen tantos programas de televisión, esas risas que la tele guarda avergonzada escondidas debajo de la alfombra.

Los guionistas de “Aída”, “El intermedio” o “Buenafuente” se ríen trabajando juntos. Pero son risas francas, limpias. No necesitamos verlas porque sabemos que están ahí. No se esconden porque nada hay que esconder. Las risas que queremos ver son las que oculta “El diario”. Las de Patricia Gaztañaga, o las de su sustituta Sandra Daviú, o las de la sustituta de su sustituta, Ainhoa Arbizu. Son las risas que inundan la sala de máquinas del espacio cuando preparan un programa sobre familias o parejas o personas destrozadas, risas que después tapan con sonrisas cuando graban en el plató. Son las risas del equipo de “El juego de tu vida” cuando deciden que Emma García debe preguntar con semblante serio al invitado del que se alimentarán ese día si es infiel a su mujer porque ya no le excita su cuerpo, si le atrae más su hija, de la que es padrastro.

Circula por ahí el vídeo de Erik Hartman, presentador de un programa de entrevistas que por reírse de las desgracias de sus invitados fue despedido y hundió su carrera. Dicen que es falso, que es el sketch de un programa de humor, pero no es así. Es la verdad. Es la única ocasión que tenemos los telespectadores para saber cómo es realmente la televisión. Nos enseñan cómo Jordi González sonríe en sus programas, cómo Jorge Javier Vázquez se ríe alegremente en el plató, pero nos falta ver cómo se descojonan en sus camerinos de sus invitados, cómo se parten el culo carcajeándose de todos nosotros cuando no los vemos.