28/6/17

BEATLEMANÍA APLICADA


En unas imágenes grabadas en los trasvestidores antes del concierto de los Beatles en el Shea Stadium de Nueva York en agosto de 1965, podemos ver a Paul McCartney y George Harrison calentando los dedos con ejercicios de digitación, como hacen todos los músicos antes de una actuación, aunque es probable que la pregunta que se hacían en ese momento los dos beatles era  “¿para qué?”. ¿Para qué calentar los dedos? ¿Para qué afinar las guitarras, si el enorme ruido producido por los gritos del público ahogaría cada nota de cada canción? Los Beatles eran demasiado famosos (“más populares que Jesucristo”, según dijo John Lennon), y sus conciertos se habían convertido en un espectáculo que poco tenía que ver con la música. Los fans de los Beatles estaban tan ocupados gritando que no prestaban atención a cómo sonaba o dejaba de sonar “Ticket to Ride”. La Beatlemanía acabó con los conciertos de los Beatles.

Parece que a los coreanos que gritan consignas patrióticas en el documental “Corea del Norte: el país de la gente feliz” tampoco les importa la música que suena en Corea del Norte. La joven coreana que afirma, con una estudiada sonrisa, que no sólo ella, sino todos (¡todos!) los norcoreanos son felices porque tienen el más insigne de los líderes y la más insigne de las vidas, no presta atención al triste espectáculo de los hechos. Y la mujer que asegura que está tranquila porque sabe que el líder supremo Kim Jong-un ordenará un ataque nuclear en el caso de que el país se vea amenazado, se comporta como una Coreadelnortemaníaca a la que no le importa si los instrumentos están afinados porque se conforma con que las armas estén afiladas. ¿Qué más da lo que ocurra en Corea del Norte, si el alucinante régimen fundado por el presidente eterno Kim Il-sung produce ciudadanos felices con armas nucleares? Supongo que muchos coreanos que asisten a los desfiles organizados por Kim Jong-un gritan su Coreadelnortemanía por imperativo legal, pero en la forma se comportan como los fans de los Beatles que llenaron el Shea Stadium. Lo mismo ocurre con los aficionados mexicanos a los que la FIFA ha amenazado con sanciones si persisten en sus cánticos homófobos en los partidos que la selección de México disputa en la Copa Confederaciones. ¿Les importa a esos aficionados el resultado del partido? ¿Van al estadio a ver un partido de fútbol de su selección, o a cantar y hacer el mayor ruido posible? ¿Por qué Carlos Vela hace estiramientos antes del partido, si a esos aficionados que entonan cánticos homófobos porque es “una tradición” no les preocupa cómo suena “Ticket to Ride”?

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