27 julio 2013

ENCRUCIJADAS Y CURVAS


Si Edipo, en su viaje a Tebas, hubiera llegado cinco minutos más tarde a la encrucijada en la que se encontró con Layo, no habría matado a su padre y, después, no se habría casado con su madre Yocasta. Habrían bastado cinco minutos para que Edipo no trajera la desgracia a la ciudad de Tebas. Cinco minutos para que Edipo no terminara sacándose los ojos con los broches del vestido de Yocasta y para que sus cuatro hijos no sufrieran desgracias dignas de las tragedias de Sófocles. Sólo cinco minutos. Puede que menos. Un minuto. Sólo con que Edipo se hubiera detenido un minuto a orinar, o a mirar el paisaje, o a acariciar a su caballo, o a dar descanso a sus pies hinchados, sólo con eso, Sófocles se habría quedado sin material para sus tragedias. Pero el destino no concedió a Edipo ese minuto.

La tragedia del Alvia Madrid-Ferrol no tiene nada que ver con el destino que llevó a Edipo a cruzarse con Layo a la hora justa en aquella maldita encrucijada, pero tiene unas raíces igualmente frágiles. Sólo cinco minutos, o puede que un minuto, separaron a Edipo de evitar la tragedia, y la investigación del accidente concluirá que sólo un pequeño detalle, sea el que sea, evitó que el tren llegara a la estación de Santiago con aburrida puntualidad. Las imágenes que hemos visto en televisión nos hablan de las consecuencias del accidente, no de las causas. Las consecuencias de las tragedias siempre son más dolorosas que las causas, pero las causas producen otro tipo de dolor que ni la televisión ni Sófocles pueden explicar. Los vagones retorcidos del tren abren todos los telediarios y los ojos arrancados de Edipo cierran de alguna forma la tragedia de Sófocles, pero a los espectadores y a los lectores nos atormentan también esos cinco minutos que habrían evitado que Edipo matara a su padre sin saberlo y que el tren volcara en una curva. Malditos cinco minutos.

El destino condujo a Edipo a la encrucijada, y algún error humano o técnico llevó al Alvia Madrid-Ferrol a tomar una curva a demasiada velocidad. Leemos a Sófocles y vemos las imágenes en televisión, pero es difícil dejar de pensar en esos cinco minutos que separan un tranquilo viaje a Tebas o a Santiago de la más dolorosa de las tragedias.