07 septiembre 2012

PANFLETO CONTRA LOS TAURINOS Y LOS ANTITAURINOS

Pudiendo enfadar a los defensores de ambas posturas en medio de una polémica encendida, ¿para qué me voy a limitar a enfadar solamente a los de un lado? El anterior gobierno socialista había terminado con las retransmisiones de corridas de toros, emisiones éstas presentes en nuestra programación desde, al menos, los albores de la cultura fenicia; el actual gobierno popular ha terminado con esta terminación y ya anteayer pudimos contemplar, en pleno horario de culebrones sexistas, perdón, quería decir “infantil”, un recital de medias verónicas y manoletinas, -obviamente, no tengo ni puñetera idea de lo que hablo y he escrito estas dos palabras al tuntún-. Los taurinos celebran de forma entusiasta la decisión. Los antitaurinos arden en fervores iracundos. Y a mí me importa un bledo. No me malinterpreten. No es que no tenga tomada posición en el asunto. La tengo: soy un radical indiferente respecto de la tauromaquia.

Nunca he podido soportar la estética taurina, -esos trajes de luces, los pasodobles y las cornetas, “no me gusta que a los toros te pongas la minifalda”-, que apesta a todo lo que no tiene nada que ver con mi gusto para ocupar el ocio. Y nunca he podido soportar la ética antitaurina, -“el toro no lo haría; el hombre es el único animal que se divierte matando a otros animales”, “ya, claro, si tú fueras un toro, ¿te gustaría que te clavaran pinchos y espadas hasta matarte?”, “el toro es un ser vivo, y por tanto el toreo es una forma de tortura”-, cuyos argumentos reflejan un profundo trastorno moral. Asediado por éticas y estéticas, he vivido hasta hoy pasando completamente de la fiesta nacional, y tengo planeado seguir haciéndolo prohíban o permitan la emisión de corridas de toros los gobiernos que votamos. Me encojo de hombros y me dispongo a recibir las críticas que los combatientes de uno y otro bando, -a los que, sinceramente, doy por irrecuperables para cualquier causa civilizada-, me van a hacer por haber escrito esta columna. Aunque, -así, en voz baja, entre nosotros-, los palos me van a caer muy mayoritariamente de uno de los dos lados.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Podias explicar porqué los defensores de los animales poseen un profundo transformó moral

Amarok dijo...

Estoy de acuerdo con el anterior comentario. Vendría bien elaborar un poco más esa opinión sobre el trastorno moral. Para mi el antitaurino es el único de los dos bandos que posee argumentos razonables para defender su postura.

Der Kaiser dijo...

Oh, no, la tradición "milenaria" es un argumento de lo más válido. Que lo censurable te resbale es malo, pero que hables de "trastorno moral" para referirte a quienes sí lo censuran, sin explicar lo más mínimo por qué... Me parece peor.

Eva Torices dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Eva Torices dijo...

Los antitaurinos padecemos un profundo trastorno moral porque el concepto de "moral" ha sido creado por y para los seres humanos, gloriosos poseedores de un córtex que nos permite reflexionar y adquirir consciencia de nosotros mismos y de las propias sensaciones y emociones, y capaces de aplicar lo que en algunas escuelas se llamaría "teoría de la mente", es decir, la atribución de pensamientos e intenciones a otras persona. Este concepto de "moral" se pervierte cuando se intenta aplicar a sujetos que por definición son amorales.

Pero todos los animales somos animales (perdón por la obviedad, pero es necesaria), "solo" que con distinta sofistificación cerebral. Existe un gran salto cualitativo entre lo que no está vivo y lo que sí lo está, y otro gran salto cualitativo entre lo que, estando vivo, no posee sistema nervioso, riego cerebral y comportamiento inteligente, y lo que sí lo posee. Y sin embargo no parece que exista ese mismo gran salto cualitativo entre el Homo Sapiens y otros primates e, incluso, otros mamíferos. Cada vez más estudios nos revelan cuán próximos estamos a otras especies animales, la complejidad de su comportamiento, su capacidad de aprendizaje, cómo todo lo que pensábamos que era instintivo sin embargo depende del aprendizaje social: hemos conocido osos pandas que no saben reproducirse porque se han criado en cautividad, pájaros que no son capaces de emitir el canto de su especie si no lo aprenden de los suyos, hembras que adoptan y crían cachorritos de especies que su hábitat natural habrían sido sus presas o sus predadores. Probablemente los animales no son conscientes de su propia existencia, pero sí lo son de la existencia de los demás. Son capaces de demostrarnos, con su comportamiento, que asumen que tenemos intenciones y pueden anticiparlas, aunque no reflexionen sobre ello. Cualquiera que conviva con un animal de cierto desarrollo cerebral puede atestiguarlo. ¿Condicionamiento operante? Pues claro. Como en el caso del Homo Sapiens. ¿Cuántas cosas hemos aprendido a través de la reflexión? ¿Cuántas por ensayo y error? ¿Cuántas por imitación? Los chimpancés también tienen “insights” (aprendizajes por comprensión súbita). Y los pulpos, y no solo no son primates, sino que ni siquiera son mamíferos.

Incluso desde otra línea argumental, aceptando por un momento que los animales son algo así como muebles que caminan, tampoco podemos pretender que la conducta es unidireccional. Es por algo que el maltrato animal en niños a partir de cierta edad es un predictor de importantes problemas psicológicos, y que el maltrato animal en adultos correlaciona con el maltrato de género y el abuso infantil. Sabemos que la música no está en el piano ni en las manos del pianista, sino en su interacción, cuál es el impedimento para que la bondad dependa de la interacción entre un sujeto moral y otro que no lo es.

Kathinka Evers es una científica sueca, agnóstica, doctora en Filosofía e investigadora principal en el Centro de Ética y Bioética de la Universidad de Uppsala, y recientemente ha declarado en una entrevista que “no come mamíferos porque tienen inteligencia y emociones”. Así que las nuevas tendencias ideológicas en nuestra relación con el mundo animal, que algunos critican como reminiscencias de una malsana educación empapada en la cursilería de las películas de Disney, quizá no sean superficiales modas pasajeras de burgueses aburridos, sino un profundo cambio de mentalidad de toda una civilización que se mueve y vibra al ritmo de la ciencia más humana y prometedora.