28 septiembre 2012

PONGA UN POBRE EN UNA MESA APARTE


Muy mal por los pobres. Muy mal por los parados. Muy mal por los desahuciados, los cabreados, los excluidos y los indignados. Muy mal por los que se buscan la vida por los contenedores, los que piden limosna, los que necesitan ayuda y los que la aceptan. Así no vamos a ningún sitio. Por su culpa Rajoy tiene que pasar el bochorno de pedir para un país de segunda un puesto de primera en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y por su culpa el rey tuvo soportar la incomodidad que supone desayunarse el otro día en EEUU con unas fotos que ponían en muy mal lugar al país que va a dejar en herencia a su hijo varón.

Es lo que nos va quedando claro tras ver en los telediarios la tensa situación de nuestras calles, y, sobre todo, el modo en que recogieron ese triste reportaje gráfico que “The New York Times” dedicó hace unos días a los daños colaterales que causan en los más pobres las medidas que lograrán hacernos ricos a todos un año de estos.

Hace unos días vimos orgullosos que la Federación Española de Bancos de Alimentos fue galardonada con el premio Príncipe de Asturias a la Concordia 2012, pero ahora no queremos saber para quién son esos alimentos y por qué. Es como si quisiéramos entregar un premio a los donantes de sangre pero no quisiéramos saber que hay ciudadanos que sufren hemorragias. Ya no importa si la mano derecha sabe o no lo que hace la izquierda. Lo importante ahora es mostrar la mano que da y ocultar la mano que recibe. Pero cuanto más grande, hermoso y resplandeciente sea el paquete del regalo, más grande, deslucida y triste es la miseria que envuelve. Hemos superado en hipocresía al hipócrita “Ponga un pobre en su mesa” que retrató Berlanga en “Cándido”. Ya no queremos ver al pobre y lo ponemos en una mesa aparte. Preferimos la pobreza vergonzante: la del que, por pudor, se oculta y no nos estropea los telediarios ni la cena.