18 septiembre 2012

LADRÓN, MALANDRÍN, FOLLONERO


Qué bonito es leer que en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Es precioso leer eso y todas las aventuras que vienen a continuación, pero hay que interrumpir la lectura cada dos por tres para entender un montón de palabras que ya no manejamos como se hacía en tiempos de Cervantes. Así que las notas a pie de página nos van explicando que un astillero es una percha en la que se ponían las lanzas en un sitio visible de la casa, detalle que junto al del escudo -“adarga antigua”- indican la hidalguía de D. Quijote que conservaba las armas de sus antepasados.

Pues que vaya preparando el hispanista Francisco Rico un dossier así de gordo que explique cómo el idioma sigue cambiando alejándose del manejado por el Fénix de los ingenios. Un dossier que permita a los cervantistas del futuro explicar, por ejemplo, aquel pasaje en el que don Quijote decía a voces: “¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo y no te ha de valer tu cimitarra!”. “Malandrín” es una palabra que ya apenas se usa y más desde que en “La hora chanante” cantaron aquello de “Hijo de puta, hay que decirlo más”, pero lo de decir “follón” en el sentido de vano, arrogante, cobarde y de ruin proceder, pronto no habrá quien lo entienda. La culpa la tiene “Salvados” (noche del domingo en laSexta), que programa a programa se confirma como lo mejorcito de la televisión actual.

Anteayer Jordi Évole estrenó nueva temporada. Tras ver su acercamiento a la participación política en España y el contraste con el modelo suizo, y sus entrevistas a Francisco Álvarez Cascos y Julio Anguita nos quedó claro una vez más que si lo que hace “El  Follonero” son follones, sin duda un follón ha de ser algo estupendo y no se entiende que nadie pueda usar este término con ánimo de insultar a nadie. Por muy Príncipe de las letras española que se sea.