20 febrero 2015

¡BANG!, AMÉN


Hacen falta más programas religiosos en la tele. Hasta ahora eran una rémora anacrónica difícil de justificar, un foco de creencias irracionales que habían encontrado su reservorio en La 2 permaneciendo inmunes a la crítica social y la separación Iglesia-Estado que tan bien se predica con aquello de a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César pero que tan poco se cumple cuando toca renunciar a un privilegio, a unos ingresos o a ambas cosas.

Como los actuales programas religiosos tienen un interés descaradamente proselitista, solo cuentan las maravillas y ventajas que, dicen, supone asumir sus creencias, pero, vaya por Dios, son tan breves que no les da tiempo a contar los inconvenientes. Así que hablan de cielos, pero no de infiernos; de premios, pero no de castigos; del amor, pero no del temor de Dios. Y los informativos están dejando claro que deberíamos conocer mejor las prohibiciones que los diferentes dioses dan a los hombres porque circula por ahí mucho intransigente armado obligando a que todos, creyentes o no, acatemos sus mandamientos por muy ridículos o ajenos que nos parezcan.

Así que “Islam hoy” debería explicar qué otras cosas no debemos hacer por nada del mundo además de no dibujar a Mahoma, no vaya a ser que nos disparen porque tampoco esté bien, qué sé yo, cantar en la ducha. “Shalom” debería explicar cómo cocinar al gusto de Jehová y, de paso, si ya podemos decir “Jehová” sin que nos lapiden. “Buenas noticias TV” debería aclarar cómo no ofender a ninguna de las miles de versiones protestantes que hay en el supermercado bíblico, especialmente es la sección de bufé libre “Interpreta la Biblia a tu bola, aleluya”. Los programas católicos podían empezar publicando el índice de libros prohibidos y continuar con una lista detallada de las conductas por las que podemos esperarnos un puñetazo de los de hoy o una hoguera de las de antes. Y las demás miles de religiones también deberían tener su propio programa en la tele para contarnos sus obsesiones y mandamientos, que armas por ahí hay muchas y no siempre las carga el diablo.