13 julio 2015

SEIS TOROS SIN PIEDAD


Los toros, como los hombres, corren y corren hacia donde les guían. Ni saben hacia dónde van ni saben por qué lo hacen. Se limitan a correr y correr desde que alguien les arrea hasta que alguien les frena. Las manadas se comportan así desde que el mundo es mundo. Pero hay veces que algo sale mal y las cosas se tuercen.

San Fermín. Cada mañana, una manada de seres humanos es pastoreada por TVE hacia la retransmisión de los encierros. Arreados por una inercia de años, los telespectadores se dejan conducir hasta las imágenes de una manada de toros que se deja conducir por calles repletas de manadas de gente que se dejan conducir por una tradición que les lleva a jugarse la vida por diversión. Todos corren hacia adelante, hacia donde hay que correr, hacia donde les arrean. Mientras, los locutores explican cómo la enorme belleza plástica y la hermosa cultura de un pueblo justifican el riesgo y el peligro de una forma que no existe en el hecho bárbaro y descerebrado de consumir drogas peligrosas o conducir sin cinturón de seguridad.

Pero en el quinto encierro un toro se apartó de la manada y se dio la vuelta. La unanimidad parecía segura; la carrera, trámite; el resultado, el previsto: tantos heridos, tales incidentes, estos hechos reseñables; y al día siguiente más. Joder, con el toro estúpido. No podemos dejar que un solo toro fastidie la fiesta. Un toro no es nada. Las cosas están claras y no han por qué darle vueltas a lo que no las tiene. Un toro no tiene el poder ni la capacidad de cambiar la conducta de toda la manada. Un toro dándose la vuelta, separándose de la unanimidad del grupo es demasiado poco como para variar las cosas. No le hagamos caso, el show debe continuar. Olvidémonos de ese estúpido toro y sigamos corriendo enloquecidamente hacia donde nos guían. Y recemos para que ningún otro toro sin piedad se le sume y nos fastidie la retransmisión, la tradición, la fiesta.