09 octubre 2015

LA MADRE QUE LA PARIÓ


Se acaba de abrir una nueva galería en la mina “La Pantoja”. Se trata ahora de Rosana, la madre biológica peruana de Chabelita, la hija adoptiva transoceánica de Isabel, la tonadillera sevillana viuda de Paquirri, el malogrado torero gaditano. Los enanitos de “Sálvame” y explotaciones similares pican felices en el nuevo filón. Pronto abrirán galerías laterales para seguir las vetas del padre biológico, los abuelos biológicos, los hermanos biológicos y todas las parejas y exparejas de las que continuar extrayendo sus preciados lingotes de brillante y reluciente mierda.

Pero aunque la producción de la mina “La Pantoja” es asombrosa, siguen trabajando con métodos antiguos que habría que modernizar. Escarbar en las miserias de la madre y familia biológica por un lado y en la madre y familia legal por otro se puede hacer aún más humillante si se recurre a la ciencia, que para eso está. Por ejemplo, en vez de una madre biológica de perfil plano que vive en Perú y tarda mucho en llegar hasta los platós de Telecinco, podría haber una madre cromosómica andaluza (que ceda el núcleo del óvulo del que procede una criatura) y una madre mitocondrial vasca (que ceda el citoplasma del óvulo) que se llevaran mal entre ellas pero fueran amigas en secreto de la madre subrogada gallega que lleve el embarazo a término contratada por la madre legal valenciana a espaldas del marido madrileño para que reconozca al niño a pesar de haber usado los espermatozoides de su amante catalán.

A nada que esto se administre bien y se salpimente con los conflictos familiares habituales, pero con hermanos y medio hermanos cromosómicos, mitocondriales, uterinos y epigenéticos con diferente grado de afinidad en el microbioma o en ser más de la Virgen del Rocío que de la Macarena, puede lograr que una mina de mierda no se agote jamás.