02 octubre 2009

INDHIRA EN SUMATRA

Quiero un debate después de cada "Miénteme", una tertulia tras cada "Doctor Mateo", un programa especial al término de cada "Tetas o paraíso" y "Sin física no hay química". Si hay que aguantar soporíferos programas especiales sobre los pelos del sobaco de Paquirri con motivo de la emisión telecinquera de "Paquirri", ¿por qué no una apasionada charla entre policías y periodistas del corazón tras cada "Bones"?. En algún sitio se acaba de emitir el último capítulo de "Prison Break", ¿y Jordi González se va a quedar callado sin ofrecer a su audiencia toda la verdad acerca de las aventuras de Scofield y los 3000 personajes secundarios de la trama?

Se dirá que las series citadas son de ficción mientras que la del torero y sus muheres cuenta una historia real que conmovió a la sociedad española. El que lo diga tiene una gran capacidad para contener la risa. Porque si hay algo que la televisión se pasa por el forro de sus rayos catódicos es la distinción entre realidad y ficción. Vemos una pelea entre Arturo e Indhira en "Gran Hermano’s Eleven", -que pertenece estrictamente al mundo de la ficción-, y nos sentimos como si estuviéramos mirando el patio de nuestro edificio. Vemos imágenes del terremoto de Sumatra en los informativos, -que pertenece estrictamente al mundo de la realidad-, y nos sentimos como si estuviéramos viendo una película de catástrofes. ¿Realidad y ficción? Telecinco acribilla su programación con tertulias sobre Indhira y no programa en prime time un debate para que Peñafiel nos desvele información privilegiada que él posee sobre lo ocurrido en Indonesia.

"Paquirri" nos narra una serie de hechos reales, de acuerdo, pero de hechos reales que sólo se vuelven reales a partir del momento en que nos los narra "Paquirri". Y en eso no es diferente de "Amar en tiempos revueltos", "La huella del crimen", "Cuéntame" o lo de la adolescente ésa que es modelo. Insisto: quiero una tertulia tras cada "Doctor Mateo" en Antena 3, que la historia de amor entre el Pixín y la Morcillo se merece tanto como lo del torero y la tonadillera.