09 septiembre 2013

¡SOMOS RICOS!


Venga, arriba ese ánimo. Apague la tele que ya pasó todo. Hala, hala. No me diga que está usted de bajón porque la derrota olímpica le dejó cabizbajo y arruinado con un pedido de miles de muelles para construir la mascota Muellín con la que tenía pensado forrarse como Homer Simpson cuando Springfield optaba a ser sede de los Juegos Olímpicos ¿No vivimos en un país con una estúpida tradición que tiene el santo cuajo de afirmar que no hay mal que por bien no venga? Pues alégrese, que a ese juego infame no solo se puede jugar cuando hay un problema personal, familiar o laboral grave, también puede hacerse con las derrotas mediáticas. Yupi.

Por ejemplo, ahora quedan disponibles toda esa pasta y todos esos recursos que descubrimos que existían gracias a que había que transformar Madrid en sede olímpica. Si semejante dispendio es algo que, por fin estamos todos de acuerdo, no está por encima de nuestras posibilidades, y si encima gobernantes y gobernados convenimos en que este gasto no es tirar el dinero sino que genera puestos de trabajo, anima el mercado y dinamiza la economía, ahora podrá gastarse en otras cosas y todo irá cojonudamente. Como aquí tenemos esa tara que nos hace defender tanto la tele pública, arrimaremos el ascua a nuestra sardina y pensamos que bien podría recibir un empujoncito para no tener que limitarse a hacer programas de relleno pagados gracias al patrocinio de Campofrío con más voluntad que recursos.

Y si hay quien considere que los españoles no nos merecemos unos contenidos como los que ofrece la BBC, o que nuestra industria audiovisual no debe potenciarse porque es un sector sin proyección ni futuro, siempre podríamos volver a los clásicos: invertir más en sanidad y en educación públicas, apostar por un Consejo Superior de Investigaciones Científicas sin recortes y por unos jóvenes y no tan jóvenes investigadores con tan buenos recursos o incluso mejores que los que se ponen al servicio del deporte profesional. ¿Ve qué fácil? Pues arriba ese ánimo, que no hay mal que por bien no venga.