14 agosto 2014

OH, CAPITANA, MI CAPITANA

Sinceramente, no sé con cuál de las dos escenas quedarme. Aunque por diferentes motivos, ambas me conmueven. En la primera, Robin Williams se sienta en el regazo de Humphrey Bogart y le besa apasionadamente; después se levanta y, según está saliendo de la habitación, le recuerda que si el marinero quiere volver a verle sólo tiene que silbar -es fácil, se juntan los labios y se sopla-. En la segunda escena, la profesora Lauren Bacall abandona un aula de un colegio privado británico tras haber sido despedida por la dirección del centro, que no aprueba sus métodos didácticos; los alumnos, profundamente afectados por la marcha de su docente más querida, se rebelan simbólicamente poniéndose en pie encima de sus pupitres y recitando un verso de gran complicidad -oh, capitana, mi capitana-. He visto tantas veces estos días las dos secuencias en todos los informativos de todas las cadenas que ya me las sé de memoria.

La forma en como han sido recogidas en los telediarios las muertes de Robin Williams y de Lauren Bacall reflejan hasta qué punto el cine ha producido la mitología más potente de la historia de la humanidad, superando a las mitologías clásicas en su capacidad de describir y prescribir la estructura y los componentes básicos de la vida personal y en sociedad gracias a la potencia del lenguaje audiovisual. Y, como en la mitología griega, los mitos cinematográficos, aunque separados, terminan formando un todo. Aunque cada película tiene un comienzo y un final, la densidad y la coherencia de historias y de mensajes ha terminado fundiéndolo todo en una cosmogonía total en cuyas diferentes ramas se encuentran todos sus personajes.

Seguro que si investigamos descubriremos que la Slim Browning de “Tener o no tener” es la tía segunda o la hermana del casero del profesor Keating de “El club de los poetas muertos”. Toda la mitología hollywoodiense, compacta y unificada tras cien años de cine, acaba de perder a dos de sus más brillantes aedos.

3 comentarios:

Alberto Secades dijo...

Un ligerísimo apunte (que no trastoca la idoneidad del texto): el internado era norteamericano, no británico.

Antonio Rico dijo...

Eh... Era norteamericano en su localización, pero británico en su espíritu (ejem, ejem).

Anónimo dijo...

Yo cuádo recuerdo esta película siempre me acuerdo del grande de Walt Witman. Tan magnífico como vuestra excelente prosa. Un saludo. Se os lee.