20 junio 2016

CON PERDÓN DE PROTÁGORAS


Parece que la sobredosis de políticos en campaña que llevamos sufriendo desde hace meses dan la razón a Orwell cuando decía que el lenguaje político responde a la intención de dar apariencia de solidez al puro viento, y hasta pudiera ser que la hipermegasobredosis de opinadores políticos que soportamos en televisión desde que alguien descubrió que el lenguaje es una característica humana que comparten Ramoncín y Emilio Lledó confirme la teoría de Paul Johnson según la cual una docena de personas escogidas al azar son tan capaces de ofrecer puntos de vista sensatos sobre temas de moral y política como una muestra representativa de intelectuales. Así, puede que las promesas de los políticos sólo sean un intento de dar solidez a ese viento que no podrá derribar la casa de ladrillo que construyó el cerdito de los recortes y la austeridad, y es posible que doce ciudadanos escogidos al azar sean capaces de ofrecer puntos de vista que estén fuera del manual del perfecto opinador político sin que por ello se hundan la audiencias y los cimientos de la democracia.

Lo que vale para la política sirve para el fútbol. El lenguaje futbolístico intenta muchas veces dar solidez al puro viento de un deporte de once contra once en el que casi siempre gana Alemania o el equipo en el que juegue Iniesta, y los opinadores futbolísticos que hoy destrozan a Del Bosque y mañana negarán tres veces haber criticado la ausencia de Isco en la selección podrían ser sustituidos por doce futboleros escogidos al azar sin que al seleccionador español se le mueva un pelo del bigote. La política y el fútbol no son artes como la medicina o la escultura que sólo poseen una minoría. Protágoras dice en el diálogo platónico que lleva su nombre que los atenienses, cuando deliberan sobre arquitectura o cualquier otra profesión, escuchan sólo a unos pocos, los capacitados para dar consejos en estas materias; pero cuando deliberan sobre la virtud política escuchan a todo el mundo, porque suponen que todos participan de esa virtud o, de lo contrario, no habría ciudades. Sobre virtud política y, tendríamos que añadir, sobre fútbol. Con un límite. Por favor, que los políticos no hablen de fútbol y que los opinadores futbolísticos no hablen de política. Siempre que Rajoy habla de La Roja es como si Tomás Roncero opinara en “El chiringuito de jugones” de la reforma del Senado. Suena raro. Que los políticos hablen de fútbol en la intimidad y que los opinadores futboleros hablen de política en casita. Y que Protágoras nos perdone.