20 mayo 2013

EUROFÁN



Una razón para guardar distancias con Eurovisión es evitar que alguien pueda llamarte “eurofán”. Es una palabra casi tan fea como Belén Esteban. Suena casi tan mal como decir que te gusta “Sálvame deluxe”. Pero también hay motivos para seguirlo: está la voz de José María Íñigo, un histórico de la tele al que siempre da gusto oír; y están algunas anécdotas que vale la pena presenciar. Un ejemplo reciente: la cantante de “El sueño de Morfeo” se vistió de amarillo para demostrar que el amarillo no da mala suerte. Y lo consiguió: a pesar de desafinar y de que la canción era casi tan fea como la palabra “eurofán”, tuvimos la inmensa suerte de no quedar los últimos. ¡Chupaos esa, supersticiosos!

Lo que aún es inexplicable es que el festival artístico que reúne a los europeos y acerca países desbordando los límites geográficos del continente sea una hortera puesta en escena de canciones horteras. Europa, madre del arte y la cultura, cuna de la democracia, el gótico y el existencialismo, debería dar más de sí. Tal vez podría sustituirse la música por pintura. Seguro que en un par de años concursarían cuadros enormes de floreros con enormes ramilletes de flores enormes, cuadros de puestas de sol meridional compitiendo con cuadros de auroras boreales donde cada país votaría a sus vecinos, cuadros horribles que serían versiones vergonzantes de tapices horrorosos que son versiones pretenciosas de pinturas horrendas que idealizan degradadas escenas de caza con perros, caballos y un riachuelo. ¿Y si fuera un festival de poesía? Una chica española recitaría: “Si mi sangre fuera tinta,/ y mi corazón, tintero,/ con la sangre de mis venas/ escribiría ‘te quiero’”. ¿Arquitectura?, ¿escultura?, ¿papiroflexia? ¿dactilografía? Da igual. Algo me dice que todo sería hortera en un Festival de Eurovisión.

Tal vez estemos condenados a vivir en una Europa hortera, siendo las canciones el dique de contención de una avalancha hortera que lo sepultaría todo. Podríamos, entonces, defender a “El sueño de Morfeo” y el vestido amarillo. Y si eso es ser eurofán, pues sí, soy eurofán, qué pasa.