11 febrero 2014

EL BREVE ESPACIO EN QUE NO ESTUVO WERT

Fue todo un truco para que nada hiciera sombra a la ausencia de Wert. Un truco para que durante unos cuantos días la gala de entrega de los Goya tan sólo fuera recordada por la ausencia del ministro. Éste fue el verdadero motivo por el que el espectáculo que contemplamos la noche del domingo fuera tan plomizamente soporífero, tan soporíferamente plomizo. No fue que los responsables de la gala fueran incapaces de inyectar un poquito de interés a la entrega de los premios, no. Fue que no quisieron. ¿Cierra el ministro una reunión en Londres para consumar la primera ausencia en veintiocho años del máximo responsable gubernamental del cine español a la ceremonia de entrega de los premios de la Academia del Cine español? Pues también por un problema de agenda no podrán acudir el ingenio, la diversión ni el talento.

Insisto: fue premeditado. Si el monólogo inicial de Manel Fuentes hubiera tenido un, sólo uno, chiste bueno, quizá ahora estaríamos hablando de él y no de Wert. Si el número musical no nos hubiera obligado a apartar abochornados la mirada de la pantalla, a lo mejor nos hubiéramos olvidado de la política durante tres minutos. Si no hubiéramos visto ya cien veces a los presentadores protagonizar montajes en donde se infiltran dentro de las películas candidatas, entonces quizá no habríamos estado tuiteando sobre el iva (con “v”) cultural cuando Fuentes le metía fichita a Maribel Verdú o iba (con “b”) en el coche de Javier Cámara (¡qué grande Trueba!).

La fenomenología nos recuerda que la ausencia no es lo contrario de la presencia, sino una de sus variantes. La presencia de la ausencia de Wert fue más clamorosa de lo que hubiera sido la presencia de su presencia. No estar puede ser una forma intensísima de estar. El hueco que dejó Wert en la gala dibujó tan nítidamente su desagradable jeta que experiencialmente su fructífera ausencia no se distinguió de su malograda presencia. Y por si la fenomenología no fuera suficiente, los perpetradores de la gala de los Goya se aseguraron de que nada sobresaliera por encima del breve espacio en que no estuvo Wert.