05 febrero 2014

LOS BEATLES ERAN DE SEATTLE


Lo van a conseguir. Lograron que viéramos las películas de Bob Hope, un cómico que sólo entienden los norteamericanos. También lograron que confundiéramos la felicidad con la Coca-Cola, que nos parezca raro que los Alcántara no celebren Halloween en algún capítulo de “Cuéntame cómo pasó”, que creamos que el himno de los Estados Unidos de América es también el himno de los Juegos Olímpicos, que identifiquemos democracia con bipartidismo, que estemos convencidos de que “sí, se puede” es la fórmula mágica para lograr cualquier objetivo, que las imágenes de un tornado llevándose por delante una casita de madera sean como de la familia y, glup, estoy seguro de que pronto dudaremos si los Beatles eran cuatro chicos de Liverpool o cuatro chavaletes de Seattle. Sí, lo van a conseguir. Van a conseguir que nos guste el fútbol americano.

Las cifras de la XLVIII edición de la Super Bowl (Canal+), el partido final del principal campeonato profesional de fútbol americano, son apabullantes. Un minuto de publicidad en el descanso de la Super Bowl es más caro que un kilo de Neymar. Cientos de millones de espectadores en todo el mundo estuvieron pendientes del partido entre Seattle Seahawks y Denver Broncos. Como bien sabe Leonard Hofstadter, un partido de fútbol americano dura un siglo. Puede que más. Y es incomprensible. No es misterioso, es incomprensible. Absolutamente incomprensible. Así, hay la misma diferencia entre un norteamericano y un europeo viendo la Super Bowl que entre un neurocirujano profesional y un neurocirujano aficionado. Pero lo van a conseguir. Como dice Jared Diamond, ¡ay de la planta cuyo programa genético no se adecue a la latitud del terreno en el que ha sido sembrada! Un granjero canadiense sería un insensato si decidiera plantar una variedad de maíz adaptada a desarrollarse en México. Las plantas de baja latitud se adaptan deficientemente a las condiciones de latitudes altas, y viceversa; pero los norteamericanos han conseguido que la Super Bowl, un espectáculo cuyo programa genético no se adecua al gusto europeo, no sólo no se muera en estas latitudes antes de haber producido una sola mazorca de maíz maduro, sino que cada vez alimente más madrugadas televisivas.

Lo van a conseguir. Los Beatles eran de Seattle y la Super Bowl es emocionante.