23 abril 2014

¡POR SAN JORGE!


El año que García Márquez regresó a Macondo, san Jorge y el dragón interrumpieron su combate a muerte para acompañar al coronel Aureliano Buendía y saber por qué, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Nos vamos con ellos: seas un santo inexistente, un animal fabuloso o una persona real, es la mejor forma de celebrar el Día del Libro.

“De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca”. Como otros años, se trata de dejar un libro junto al mando a distancia. “El padre Ángel se incorporó con un esfuerzo solemne”. Cuando llegan los anuncios, se coge el libro. “El 22 de febrero se nos anunció que regresaríamos a Colombia”. En una pausa no da tiempo a leer un libro, pero sí a empezarlo. Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de su desgracia”. Con los siguientes anuncios, se sigue leyendo. “Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior”. Si el libro comienza como los de Gabo, uno no puede evitar volver atrás. “El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita”. Y releer el arranque cinco, diez veces. “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Después, continúa. “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. Con la tele en silencio se lee mejor. “José Palacios, su servidor más antiguo, lo encontró flotando en las aguas depurativas de la bañera, desnudo y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado”. Mucho mejor, por san Jorge. “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”.