13 mayo 2014

PER SONARE

Los actores de la antigua Roma usaban esas características máscaras que indicaban cuál era el papel que desempeñaban en la obra -el que reta a los dioses, el que traiciona a su pueblo, el héroe-. Como la máscara cubría la cara del actor y aún faltaban bastantes años para la invención de los micrófonos, era conveniente que la abertura de la boca fuera amplia, y se ayudaba en ocasiones de un pequeño embudo que ayudaba a propagar la voz de forma más potente para que llegara a cada rincón de los teatros -acépteseme esta forma de hablar; los teatros, en su semicircularidad, no tienen rincones-. Con la belleza de las sinécdoques, esa parte de la máscara diseñada para resonar dio nombre a toda la pieza. Para sonar = per sonare = persona. Y a partir de “persona” se formaron “personaje” y “personalidad”. La persona es aquello que actúa encima de un escenario. El personaje nace de lo que se coloca alrededor de la boca para que la voz llegue más lejos.

Y desde Plauto y Terencio no habíamos asistido a una construcción tan teatral y etimológicamente precisa como la que realizó Thomas Neuwirth de su personaje de Conchita Wurst en el Festival de Eurovisión del otro día. Neuwirth no es más que la materialidad que sostiene a la verdadera máscara, a la verdadera persona que es Conchita, que llega hasta todos los rincones de Europa -aquí sí, aquí sí estamos hablando de un territorio con rincones- gracias al adminículo que se coloca alrededor de la boca, sin el cual su voz se hubiera difundido mucho peor por el continente. Ahora ya contamos con micrófonos; en este momento una barba en una cara femenina es lo que hace falta per sonare. La barba de Conchita Wurst es el embudo de la careta utilizada por los actores del teatro clásico, que antes potenciaban su voz gracias a las leyes de la acústica y ahora lo hacen gracias a las leyes de la psicología. Entrevistada tras su triunfo, la ganadora de Eurovisión 2014 declaró “somos imparables”. Y tenía razón: nada puede detener a un personaje. 

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Lamento hacer de aguafiestas, pero (que uno sepa) nadie serio acepta hoy la etimología popular, ya propuesta en la antigüedad, que se expone en el artículo. Además, aunque supongo que es una errata, el teatro no se representaba en los anfiteatros, como la propia palabra indica. El mejor escribano echa un borrón... Vale. C. Iulius Balbus

Antonio Rico dijo...

Menudo patinazo confundir teatro con anfiteatro. Ya está corregido. Respecto del étimo (que uno sepa) esto es lo que hay, Iulius.

Anónimo dijo...

Si "es lo que hay", es un derivado sumamente extraño (por decir algo, la -o- de "sonare" es breve, y la de "persona" es larga). Ernout y Meillet, en su diccionario etimológico del latín, consultable vía Scribd aquí: http://filologiaclasica.blogspot.com.es/2012/05/dictionnaire-etymologique-de-la-langue_04.html, no mencionan tal posible origen. Es que eso de que las máscaras amplificaban el sonido, lo que justificaría la etimología, no parece más que una ingeniosa explicación antigua del nombre. Hay muchos ejemplos que muestran lo fantasioso de las etimologías propuestas por los antiguos. ¿Hay que conformarse siempre con lo que hay? (Nótese la ingeniosísima composición en anillo de esta retórica pregunta). Gratias maximas atque vale. C. Iulius Balbus

Antonio Rico dijo...

Pues es posible que tengas razón. No lo sé. La etimología con la que juega esta columna es la que aparece en todos los manuales que tratan sobre el tema, la que me enseñaron los profesores que tuve sobre el tema y la que recogen clásicos de la "personología" como Allport o Frankl. Recientemente se la he leído también a Gustavo Bueno ("Individuo y persona", lectura de filosofía moral incluida en "El sentido de la vida"), que no suele escribir a la ligera. Pero eso no quiere decir que sea cierta. Escribes con mucha seguridad y parece que sabes de lo que hablas. Quizá tengas razón tú. Lo digo en serio, sin ironía. (Si vas a responder a esto, pon tu nombre y te agrego al facebook, hombre, no seas anónimo).

Anónimo dijo...

¡Gratias maximas por contestar a mis tiquismiqueces! Me temo que en la antigua Roma no tenemos Facielibrum (lo pongo en acusativo para que se entienda mejor) ni nada de eso... Y no quiero ser anónimo, de hecho no lo soy, pues firmo con mi nombre: Gaius Iulius Balbus. Un abrazo y vale. C. I. B.