23 mayo 2014

VOTA. VOTA. VOTA, IDIOTA

No comprendo a quienes no votan en las elecciones. Comprendería que alguien quisiera votar varias veces (e incluso coreara “Ote, ote, ote, tontorolo el que no vote”, en un arrebato democrático de hondo lirismo), pero ¿no votar? ¡No me fastidien!

A ver. Votar echaría para atrás si fuera una actividad compleja: intelectualmente agotadora porque exigiera tanto un conocimiento profundo de todas las propuestas como una comparación y análisis sesudos de cada una de ellas y sus candidatos; volitivamente comprometida porque requiriera la toma de una decisión ponderada, equilibrada y justa; emocionalmente dolorosa porque semejante decisión debería atender a los intereses de la sociedad en su conjunto, pero no necesariamente a los propios intereses; y, en fin, éticamente problemática porque habría que promediar entre una ética de las intenciones y una ética de las consecuencias. Pero, coño, otra cosa es votar tal y como están las cosas. Eso está chupao: ves los anuncios de la tele, comparas eslóganes, fotos, colorines, logotipos, música; miras cuál te va más en ese momento porque te apetece, porque es tendencia o porque tú lo vales; eliges el producto que quieres comprar en este mercado pletórico de coches, refrescos y poses políticas; vas; votas y a la salida te haces una selfie molona.

En realidad, lo difícil de votar es tener que limitarse a elegir un solo producto. Si somos consumidores que alcanzamos la libertad comprando, que para eso están los anuncios, ¿por qué solo podemos comprar un producto político? Los partidos no usan los espacios electorales gratuitos para hablar de propuestas, programas o ideología; prefieren repetir mil veces los mismos spots publicitarios en los que solo intentan caer simpáticos remachando eslóganes comerciales guays con imágenes resultonas. El consumidor feliz es el que no renuncia a nada. Caramelo con chicle, yogur con fruta, playa con montaña. Lo queremos todo. Que nos dejen votar a los que hayan hecho anuncios más chulos. Y a cuantos más, mejor.

2 comentarios:

Johnny de Luna dijo...

"El consumidor feliz es el que no renuncia a nada. Caramelo con chicle, yogur con fruta, playa con montaña".
Cuidado que no lo lea Felipe González o encontrará la base ideológica para su propuesta coalición de iure entre PP y PSOE

bernardo de andres herrero dijo...

Hoy he leido de un Señor que no comulgo una verdad como un templo para no votar Si uno va a un lugar que huele a mierda lo que hace es irse y no volver ergo si la politica /os huelen para que ir