11 mayo 2014

SANDRO REY, EL SUPERVILLANO

Seguir la segunda edición de “¡Mira quién salta!” (noche de los jueves en Telecinco) es triste. Seguir la segunda edición de “¡Mira quién salta!” porque sale Sandro Rey es patético. Sandro Rey no es, como los demás concursantes, un famosete de medio pelo intentando rentabilizar como sea lo medio famosete que es gracias a que una se casó con alguien o a que otra vez participó en algo de algo con cierta relevancia mediática que ya se va olvidando. Sandro Rey es un famosote de medio pelo que se ha hecho a sí mismo, un tipo que ha logrado dar la grima que da sin deberle nada a nadie, un personaje que se ha labrado el camino hacia la cima de la miseria ética y estética que ocupa gracias a que está dispuesto a engañar a los demás sin ningún remordimiento y a que dedica a su imagen grimosa y desagradable aspecto todo el tiempo necesario para garantizar que cualquiera de sus manifestaciones tomada al azar produce el mismo escalofrío, capaz de helar la sangre al más templado.


Habrá quien vea “¡Mira quién salta!” por reírse viendo los trompazos que se meten, por comprobar las cosas que es capaz de realizar el ser humano por no ponerse en la larga y cruel cola del paro, por ver cómo se enfadan algunos concursantes, por copiar sus peinados, por sentirse superiores asistiendo a la humillación a la que se someten los concursantes, por inspirarse para saber qué traje de baño no comprar para el verano, por buscar la manera más estúpida de descalabrarse en cuanto pille un trampolín en vacaciones, por ver gente mojada y con poca ropa pegada al cuerpo, por oír los comentarios tontorrones y los consejos pedorros del jurado. Vale, asumamos lo enorme que es la diversidad de gustos en la viña del Señor de las televisiones, pero recordemos que, de rebote, Sandro Rey utilizará los datos de audiencia del programa para dar un paso más en su consolidación como famosote de medio pelo, lo que aprovechará para seguir engañando, timando, mintiendo, haciendo el mal y vistiendo así.