25 abril 2011

QUE LLUEVA, QUE LLUEVA

Vendrá esto de muy atrás, no digo que no, pero se hizo un tópico más de Semana Santa desde que TVE emite “España directo”: todos los años se suspenden centenas… qué digo centenas, unidades de millar… qué digo unidades de millar, decenas de millar… sí, así está bien, decenas de millar de procesiones piadosas por las calles de España. Los reporteros se multiplican para mostrar los preparativos de las procesiones, el fervor popular, los nervios de última hora, las miradas de los penitentes dirigidas no hacia el Cielo, sino hacia el cielo; los rezos de los postulantes orientados no hacia a una escultura de madera policromada, sino hacia el hombre del tiempo sobre un croma con el mapa significativo para mañana. Y, después, la lluvia, la desilusión, las caras largas, los lloros, el desconsuelo.

Esta manera de llover cada Semana Santa no es normal. Tiene que ser por algo. Interferencias entre los rezos de los diferentes cismas cristianos. Confusión de lenguas en las oraciones. Errores en el procesado de datos de los intercesores celestiales. O que a Dios no le gustan las saetas y ya no sabe cómo decírnoslo. Algo tiene que ser. Y yo apostaría a que la razón está en las rogativas para pedir lluvia que se hacen desde hace siglos.

Hay quien dice que las rogativas para pedir lluvia funcionan siempre y cuando los fieles se tomen la molestia de prolongarlas el tiempo que haga falta hasta que termine por llover. Pues de eso nada. Funcionan de verdad de la buena. Son tan eficaces que funcionan incluso cuando en la procesión no se pide que llueva. O eso o las procesiones de Semana Santa se parecen tanto a las rogativas, tanto se parecen a esas procesiones en que se saca a los santos para que vean qué seco está el campo con la intención de que echen una mano y traigan la lluvia, que, claro, se malinterpretan las intenciones, el Cielo se lía y el cielo la lía. Y que llueva, que llueva.