11 diciembre 2013

VINOS SOVIÉTICOS EN CUARTOS DE TONO

Se equivoca Cuatro cuando programa “The Americans” a continuación de “Homeland”. Un buen sumiller sabe que la cata de los grandes vinos requiere tener la boca limpia, haberse cepillado los dientes sólo con agua, no haber tomado café previamente, ni haber fumado, no haber comido ningún alimento de sabor fuerte. “The Americans” es seguramente la mejor serie del año, pero sus sabores -interesantísimos, bellísimos, deliciosos- son muy suaves y su apreciación exige que el paladar haya estado previamente a oscuras y en silencio durante un buen tiempo. “The Americans” no es una serie de espías, sino una serie que retrata ese delicadísimo momento en el que unos espías empiezan a dejar de serlo; no es una serie sobre un matrimonio, sino una serie que narra con precisión el segundo en el que un matrimonio de mentira comienza a ser un matrimonio de verdad; no trata sobre ser joven o ser maduro, sino sobre el punto de inflexión exacto entre la juventud y la madudez. Todo demasiado sutil como para poder apreciarlo después de haber visto en “Homeland” a Saul Berenson (diooooos, qué grande eres, Saul) preparar la operación secreta internacional más importante e inteligente de la historia de la CIA.

En aquellos benditos documentales en los que Leonard Bernstein desvelaba todo lo que hay que saber sobre el jazz para vivir en paz con uno mismo, el maestro hablaba de una música árabe que manejaba cuartos de tono, un sistema tonal demasiado sutil para las categorías de los oídos occidentales. Sólo un espectador entrenado para apreciar cuartos de tono puede dejarse inundar por “The Americans”, una narración que reta a los géneros tradicionales (intriga, costumbrismo, acción, romance, espionaje), colocándose en un lugar intermedio demasiado atonal como para mezclarse con la obra maestra, pero diatónica, que es “Homeland”. Se equivoca Cuatro: no se puede haber bebido el cabernet sauvignon de Brody cruzando la frontera iraní si se quiere apreciar poco después el merlot de los mil colores con los que Phillip y Elizabeth se miran en “The Americans”.