14 junio 2015

ARISTÓTELES EN BANSHEE

Todo es excesivo en “Banshee” (Canal+ Series) desde que Lucas Hood llega a Banshee, Pensilvania, y se convierte en sheriff por accidente. Pero la tercera temporada de la serie con más sexo y violencia por metro cuadrado de la televisión (exceptuando “Spartacus: sangre y arena” y los telediarios) se ha convertido definitivamente en la pesadilla de Aristóteles, para quien la virtud consiste en un término medio, un equilibrio entre el exceso y defecto. No hay término medio en “Banshee”. No hay equilibrio. Todo lo que ocurre en “Banshee” es en exceso, desde la suspensión de la incredulidad que nos exige ver a un delincuente como Hood con la estrella de sheriff en la camisa a la maldad absoluta de Kai Proctor, pasando por la brutal coreografía de las peleas, el sexo por el sexo, los personajes que parecen salidos de la imaginación de un Quentin Tarantino pasado de rosca y la estética de western sin gran parte de su ética. Aristóteles hizo lo que pudo con el joven y excesivo Alejandro cuando fue su maestro en el Ninfeo de Mieza, pero no tendría nada que hacer con Lucas Hood en la taberna de Sugar Bates.

La maldad que anida en Banshee, un pueblecito de la América profunda, es una maldad antigua o, si se prefiere, hipermoderna porque no es la maldad rutinaria, banal y burocrática que está en la raíz del exterminio metódico propio del siglo XX, sino una maldad de autor, una maldad esforzada, excesiva en la formas y en los fines. Nada es más difícil de soportar que una sucesión de días hermosos, dejó dicho Goethe. Pero tampoco es fácil de soportar la sucesión de días terribles que nos espera a los que no podemos dejar de acompañar al sheriff Lucas Hood en su desesperada carrera hacia sabe dios dónde. ¿No hay un término medio entre una sucesión de días hermosos y una sucesión de días terribles? ¿No hay un término medio entre la reposición de “El príncipe de Bel-Air” y este “Spartacus” en Pensilvania? Aristóteles se aburre en Bel-Air, pero tiembla en Banshee.