25 junio 2015

LA VEJEZ DE MARUJITA DÍAZ



“Ars longa, vita brevis”, decían los clásicos. Está bien y queda bonito, pero sostener que el arte es duradero y la vida es breve no sirve para casos como el de la recientemente fallecida Marujita Díaz. Dijeran lo que hubieran dicho para rellenar las largas tardes de “¡Qué tiempo tan feliz!” y afirmaran lo que hubieran afirmado para completar las tardes largas de “Cine de barrio” (¿siguen echando “Cine de barrio”?), el arte de Marujita no parece demasiado duradero, da igual que nos fijemos en su cine, su música o sus innovadores pasos de baile ocular. Pero, sobre todo, la vida de Marujita no fue breve. Fue mucho más larga de lo que su efímero arte pudo soportar. Eso explica el espectáculo al que tuvimos que asistir en televisión, nos gustara o no, durante los últimos años de su vida larga y ya sin ningún tipo de arte.

Ulises de Ítaca, fue un hombre porque fue mucho más que un rey o un viajero o un navegante o un padre o un esposo o un guerrero o un hábil estratega de múltiples tretas y aguzado ingenio. Ulises fue todo eso y más. Más que aquel Dios arquitecto, ingeniero, artesano, carpintero, albañil y armador al que cantaba Elsa Baeza a finales de los setenta. Pero fue un hombre que a pesar de los largos años de su travesía no conocimos de viejo más que como disfraz para volver a su casa sin ser reconocido. En cambio, sí conocimos la vejez de Marujita. No sabemos qué hubiera hecho Ulises en su lugar de llegar a su edad y situación. Él no tuvo que enfrentarse, ya anciano, a los peligros que la rodearon a ella. Quizá fuera más sencillo huir de los encantos de Calipso que de los de Dinio, del poder de Polifemo que del de Telecinco, de los cantos de las sirenas que de los cantos de “Sálvame”.

“El Universo, mudanza; la vida, firmeza”, dice aún el emperador Marco Aurelio desde su atalaya en el Campidoglio de Roma. Sí, maestro, pero no es fácil con una vida demasiado larga para un arte demasiado breve.