09 marzo 2016

EL CLAVO DE MULDER


En uno de sus hermosos poemas escritos en la soledad de la habitación de un hotel, la actriz Marilyn Monroe escribió sobre un montón de marineros que parecían demasiado jóvenes como para estar tristes. Si Marilyn tuviera que escribir un poema sobre el retorno de la serie “Expediente X”, quizás diría que Mulder y Scully parecían demasiado viejos como para estar contentos. Demasiado viejos porque los tiempos, queridos Mulder y Scully, han cambiado. Demasiado viejos porque no todo puede seguir igual en el mundo de “Expediente X” cuando ya nada es igual en el mundo. Demasiado viejos y, sin embargo, siempre dispuestos a dejarnos una frase, un gesto, un misterio, un secreto, una explicación, una metedura de pata, una mirada, un recuerdo. Los seis nuevos capítulos de “Expediente X” puede que sean demasiado viejos y demasiado tristes, pero los clavos a los que nos agarramos los viejos seguidores de la serie todavía no están ardiendo.

Uno de esos clavos puede ser ver a Mulder y Scully intentando evitar un atentado que pretenden llevar a cabo unos terroristas suicidas o luchando contra el monstruo de la semana, aunque lo primero lo hace mejor “Homeland” y lo segundo necesita de la complicidad del espectador. También está el clavo de la inolvidable música de Mark Snow, del despacho de Mulder lleno de papeles e informes, de la delicadeza de Scully y del inquietante Fumador que sigue enganchado a su vicio favorito aunque tenga que fumar por la tráquea. Pero hay otros clavos. Otros clavos a los que nos podemos agarrar los viejos seguidores de la serie y también los nuevos como, por ejemplo, la pelirroja e hiperlógica agente Einstein. Pero mi favorito, el clavo que puede ser el punto en el que se unan las manos de viejos y nuevos espectadores de “Expediente X”, es ese clavo en el que Fox Mulder baila “Don´t Tell My Heart” con sombrero de cowboy y la camisa desbrochada. Marilyn diría que en ese momento Mulder está demasiado drogado (aunque con un placebo) como para estar triste, y los espectadores demasiado felices como para distinguir entre jóvenes y viejos.