21 marzo 2016

LA BANALIDAD DE LA TELEBASURA

Pues claro que no es tonta. Eso es lo que vuelve la cuestión terriblemente problemática. Si toda la peña que rodea “Sálvame” y “Gran Hermano” y "Mujeres y hombres y viceversa" estuviera compuesta por débiles mentales entonces el problema moral que supone la existencia de Jorge Javier Vázquez y Mercedes Milá y Emma García sería muy sencillo de resolver. Pero no lo son. Ylenia Padilla –una de este pelaje- acaba de someterse a un prestigioso test de inteligencia y ha alcanzado un cociente intelectual de 130, superior al 96-97% de la población. No son tontos. Ojalá lo fueran. Pero son mucho más listos que muchos escritores y columnistas que miramos ese mundo por encima del hombro.

Como ven, estoy usando en estas líneas una paráfrasis de la famosa tesis sobre la banalidad del mal que Hannah Arendt desarrolló respecto del nazismo. Lo terrible del nazismo, argumenta Arendt, es que fue llevado a cabo por personas normales, amables con sus vecinos, cariñosas con sus hijos, pertenecientes en aquel momento al pueblo más culto de la historia de la humanidad. No cabe barrer el espanto que supuso el nacionalsocialismo bajo la debilísima apelación a que el Estado alemán fue caprichosamente ocupado por una horda de ciudadanos profundamente sádicos y malvados. Ojalá hubieran sido unos monstruos sanguinarios: tendríamos todos los interrogantes morales que plantea el nazismo satisfactoriamente resueltos.

Pero no lo fueron. Gente buena participó en uno de los regímenes más espantosos de la historia. Y gente inteligente está detrás de la televisión más idiota que jamás ha existido en Occidente. Ylenia debería leer a Arendt antes de pavonearse por el CI de 130 que ha conseguido en el gabinete de evaluación psicológica en el que se ha convertido “Sálvame Deluxe” –el polígrafo, pruebas de CI, ¿qué va a ser lo siguiente?-. Pero también deberíamos leer a Arendt los críticos de televisión para evitar la ligereza y la falsa superioridad intelectual con la que con frecuencia damos por ventilado un fenómeno socialmente tan preocupante como la telebasura. Dice "hasta nunqui" pero no es tonta.