14 agosto 2016

LA SONRISA DE NADIA


El documental “Nadia Comaneci: la gimnasta y el dictador” (La 2) es oportuno porque estamos inmersos en unos Juegos Olímpicos, es necesario porque a veces se nos olvida que detrás de los grandes deportistas hay algo más que medallas de oro, y es conmovedor porque demuestra que, así en el deporte como en la vida, los finales felices no siempre son tan felices. La historia de la gran gimnasta rumana Nadia Comaneci comenzó cuando el duro y revolucionario entrenador Béla Károlyi preguntó en una escuela de Onesti quién sabía hacer la vuelta lateral, y la pequeña Nadia sabía. Desde esa pregunta en el colegio hasta el 10 en su ejercicio en las barras asimétricas en los Juegos Olímpicos de Montreal, la vida de Nadia consistió en entrenar, entrenar, entrenar y sonreír poco. ¿Mereció la pena tanto esfuerzo, tantos años en busca de la perfección deportiva, tantos besos de Ceaucescu, tantos discursos ensalzando las virtudes del dictador rumano, tanta dieta, tanta disciplina y tanta tristeza? El documental sobre Nadia no contesta del todo a estas preguntas, pero los ojos de la gimnasta puede que nos digan más que sus explicaciones.

Las estupendas comentaristas de gimnasia de TVE en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro apuntaron, después de ver su ejercicio de suelo, que la gimnasta rusa Aliyá Mustáfina ganaría mucho si sonriera un poquito durante sus actuaciones. Es fácil decirlo. Pero puede que Mustáfina o Comaneci pertenezcan a la misma clase de deportistas que el futbolista Mascherano, que reconoce que no se divierte jugando al fútbol con el Barça porque tiene que estar concentrado los noventa minutos de cada partido. Mascherano dice que no entiende a los que salen al terreno de juego a “disfrutar”, y quizás Nadia y Mustáfina tampoco entiendan a las gimnastas que salen a “sonreír” mientras compiten. No sé qué añade la sonrisa a un ejercicio de gimnasia, ni qué tiene de bueno que un defensa central sonría mientras intenta controlar a un delantero como Aduriz. Creo que la sonrisa está sobrevalorada, y que los cantantes, los políticos o los presentadores de telediarios deberían sonreír menos. Si Buster Keaton hubiera sido tan buen gimnasta como Nadia Comaneci, también habría ganado medallas de oro.