07 agosto 2016

VEN, CAPITÁN TRUENO


Ojalá todos los malos fueran como Ramsay Bolton, Señor de Fuerte Terror, Señor de Invernalia, Guardián del Norte y psicópata perfecto en la serie “Juego de tronos”. Ojala todos los malos fueran como Cersei Lannister, la nueva reina de Poniente después de cargarse a todos sus enemigos con una cosa verde que parece la versión explosiva de la masa devoradora con la que lucha Steve McQueen en “The Blob”. Ojalá todos los ambiciosos y chiflados por el poder del mundo fueran como Daenerys Targaryen, Madre de Dragones y capaz de todo con tal de ser califa en lugar de califa, o algo así, como quería el infame visir Iznogud. Ojalá los implacables, los vengativos, los que se limitan a sonreír levemente después de conseguir sus objetivos fueran como Arya Stark, que tiene una lista con los nombres de los enemigos a los que quiere ver muertos; o Sansa Stark, que poco a poco entiende cómo funcionan las cosas en “Juego de tronos” y sonríe cuando Ramsay es devorado vivo por sus propios perros. Ojalá. Pero no.

Ojalá todos los malos del mundo fueran tan descacharrantes como Duran Duran, el villano de la película “Barbarella” (TCM) que inventó una máquina que mata provocando orgasmos (aunque la máquina no puede con Barbarella, interpretada por una bellísima Jane Fonda). Duran Duran, entre cuyas malvadas acciones está haber inspirado el nombre del grupo británico “Duran Duran”, amenaza a Barbarella diciendo que le hará cosas que están más allá de toda filosofía, una frase que tendría que ser estudiada en todas las facultades de Filosofía antes de que las cierren para integrarlas en las facultades de Filología. Duran Duran está orgulloso de haber aprendido la nobleza y la dignidad del mal puro, y es tan malo que le espanta la idea de que alguien le pueda hacer lo que él hace a los demás, en una vuelta de tuerca chiflada al imperativo categórico de Kant. Ojalá los malvados se limitaran a inventar máquinas que matan con orgasmos. Pero no.

Los malos de carne y hueso ordenan a unos chiflados que se hagan estallar en un aeropuerto o una estación de metro, destruyen restos arqueológicos con una sonrisa, ganan millones con sus dragones financieros y aspiran a ser presidentes de los Estados Unidos sembrando el odio y recogiendo tempestades. Ven, Capitán Trueno, haz que gane el bueno.