10 julio 2009

CAMISOLAS (¿CAMISOLAS?)



Al menos antes, cuando la presencia de Carlos Baute en nuestras pantallas estaba confinada a unos espacios bien definidos, uno podía planear minuciosamente estrategias que le evitasen tener que encontrarse con el primer personaje televisivo cuya sola aparición evoca simultáneamente la sensación de estar oyendo unas uñas arañando una pizarra mientras alguien frota corcho blanco y el filo de un folio se mete debajo de una uña haciendo un corte profundo. Dentera, por si no se había entendido. Bastaba un rotulador rojo y una página con la programación del día en la que rodear varias veces con un círculo el programa de Cuatro "Elígeme" para poder sentirse a salvo mientras uno zapeaba alegremente por las siete cadenas. Pero ya no: en algún momento se rompieron los cordones sanitarios y se difuminaron por todas partes anuncios publicitarios de unos populares grandes almacenes en los que el primer cantante androide con photoshop de serie se dedica a repartir camisolas (¿camisolas?) a ilusionadas modelos que quieren más y más y más, pero mucho más.

Y, claro, a ver ahora quién es el osado que se atreve a seguir viendo la tele al buen tuntún. Es cierdo que las autoridades sanitarias repiten una y otra vez que la pandemia de Carlos Baute no es más grave que otras pandemias de cantantes melódicos ("cantantes melódicos" suena a arma de destrucción masiva) que padecimos en el pasado, como la gran epidemia de El Puma o el famoso contagio latino de Luis Miguel. Pero nadie que vea con los ojos entrecerrados esa sonrisa puede ignorar que estamos ante un virus extraño que está a punto de mutar con la próxima camisola (¿camisola?) que Carlitos alcance a quien se lo pida. La ministra del ramo sigue pidiendo tranquilidad, pero yo me planteo seriamente apagar mi televisor, al menos hasta que hayan terminado las rebajas del cortinglés o sus camisolas (¿camisolas?) las promocionen los gatos de brazo bamboleante de Mixta.