28 agosto 2011

PLANETA RARO

La serie documental “Planeta humano”, que este verano reemite Canal+, es una fascinante apología de la especie humana que debería ser enviada al espacio por si acaso una civilización extraterrestre con malas pulgas tiene intención de visitar la Tierra en plan “Independence day”. Mi capítulo favorito de la serie es “Praderas”. Y mi parte favorita de “Praderas” es la protagonizada por dos jóvenes masái, en África oriental, que han aprendido a colaborar con un ave salvaje a la que llaman “Indicador Grande”. El ave guía a los masái hasta un panal de rica miel utilizando un gorjeo que sólo utiliza para hablar con los humanos y, después de que los jóvenes calmen a las abejas con humo y extraigan la miel, dejan un trocito del panal rebosante de miel y de larvas para que el “Indicador Grande” se dé un festín. Prodigioso.

"Planeta humano” es la prueba irrefutable de que es el ingenio, el trabajo en equipo, la inteligencia y el valor lo que ha llevado a nuestra especie a conquistar la Tierra, al menos hasta que los simios dirigidos por César cambien las cosas. Mi pregunta es la siguiente. ¿Cómo es posible que una especie capaz de colaborar con un ave para conseguir miel y de adaptarse a cualquier medio, sea también capaz de producir cosas como la ablación de clítoris, las agencias de calificación o el Fondo Monetario Internacional? Y más. ¿Cómo es posible que los amos del mundo se parezcan tan poco a esos inteligentes, prudentes, sensibles y alegres jóvenes masái? ¿Por qué esos tipos de esa cosa llamada Standard & Poor´s o esos tipos de esa cosa llamada “mercados” son tan increíblemente estúpidos, imprudentes, toscos y cenizos? ¿Cómo es posible que la especie humana haya conquistado las estepas de Mongolia y aprendido a fermentar la leche de yegua para obtener un yogur ligeramente alcohólico, y a la vez sea incapaz de conducirse con el mismo ingenio en la estepa de Wall Street?

Todos los niños masái saben que si no llevan al Indicador Grande a un panal, la próxima vez les conducirá a la guarida de un león. ¿Cuándo aprenderán esta lección los hipersensibles inversores capitalistas?