14 enero 2013

PAPÁS DE HIJOS DE PAPÁ


Mucho se aprende viendo “Hijos de papá” (noche de los viernes en Cuatro). Es tan educativo que basta ver el programa medio minuto de refilón para darse cuenta de que ser un hijo de papá es malo, muy malo, pero hay algo peor: ser el papá de un hijo de papá. Lo habíamos aprendido en la primera temporada y lo hemos confirmado en la segunda que acaba de concluir: los adultos (todos tienen más de 18 años, algunos rozan los 30) que protagonizan el programa son unos consentidos malcriados porque alguien los consiente y los malcría.

No hay efecto sin causa, dijo Aristóteles. No hay hijos de papá sin papás, decimos nosotros cuando vemos cómo el programa da una supuesta cura de humildad a todos estos ombligos egocéntricos regalándoles justo lo que más les gusta y más los reafirma en su fatuo engreimiento, en su soberbia desmedida y en su ignorancia abismal: atención, mucha atención, y protagonismo, mucho protagonismo, por tener y malgastar dinero, mucho dinero.

“A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción”, canta Serrat. O la primera insatisfacción: hay papás y mamás que acuden a Luján Argüelles, conductora del programa, porque no les gusta demasiado la imagen que les devuelve el espejo de sus hijos e hijas. Son padres que no pudieron dedicar demasiado tiempo a sus criaturas porque estaban demasiado ocupados ganando y gastando una fortuna. Se preguntan a quién han salido porque no quieren ver lo evidente: han salido a ellos. Deberían estar orgullosos porque enseñaron a sus niños lo fundamental: que el dinero es lo más importante y todo gira en torno a él, no a las personas que nos rodean.

Un brindis mentiroso con champán auténtico cerró el programa: “Por los superpapás y la vida maravillosa que os han dado, por la humildad y por enfrentarse a la vida real”. Luego, entre yates, aviones y coches rápidos, vino la despedida: “Que te llamo para agradecerte todo el tiempo invertido en mí. Que dentro de poco, o sea, eh… me voy a Manhattan. Bye, papá, bye”.