02 enero 2013

FELIZ 2001


Imaginen a Superman dirigiendo un bingo o al arzobispo de Toledo simulando que monta un caballo mientras suena el “Gangnam Style” de Psy. Sería difícil reconocer al tipo del pijama azul o al tipo del camisón negro porque cuando un estímulo aparece en un contexto que no es habitual, el reconocimiento es más lento. Ahora imaginen a Juan Carlos Ortega presentando las campanadas de fin de año. Un superhéroe no pinta nada en un bingo, un superobispo no pinta nada bailando el “Gangnam Style” y parece que Juan Carlos Ortega no pinta nada presentando las campanadas de fin de año; pero la diferencia entre Superman, el arzobispo de Toledo y Juan Carlos Ortega es que el contexto de La 2 permite reconocer inmediatamente al amigo Ortega.

Así que Juan Carlos Ortega, el superman del humor minimalista y el arzobispo del realismo mágico televisivo, presentó las campanadas de fin de año en La 2 y nadie tuvo que frotarse los ojos para comprobar que no estaba ante una alucinación provocada por el cava. Media hora con Juan Carlos Ortega garantiza la sonrisa pura (Ortega llama por teléfono a su madre y ni siquiera ella estaba viendo el programa), la sonrisa cómplice (la conversación telefónica con el mes de marzo español del año 2013 y el mes de marzo alemán del año 2013) y la sonrisa filosófica (Ortega confunde la voz de “Saber y ganar” con Dios). Ortega no es Imanol Arias, ni Carlos Sobera, ni Alberto Chicote, así que en lugar de explicar las campanadas de fin de año como si los espectadores fuéramos unos tontainas incapaces de asociar una campanada con una uva, prefirió golpear doce bolas en las que había escrito palabras como “miedo”, “corrupción”, “hipocresía” o “crisis”. Ver a Ortega golpear esas bolas con un bate de béisbol recordaba la escena de “2001: una odisea del espacio” en la que un homínido que tiene en la mano un hueso alargado empieza a dejarlo caer sobre otros huesos, y descubre que ese hueso puede convertirse en un arma para la caza o para la guerra. Cuando el homínido, exultante, lanza el hueso hacia arriba, la cámara sigue su viaje y se convierte cuatro millones de años después en una nave espacial. Habrá que confiar en que una hermosa y potente elipsis nos lleve también de las bolas que Juan Carlos Ortega hizo añicos en La 2 a una nave terrestre pilotada por hombres intrépidos, y no por mercados asesinos. Pero que no sea dentro de cuatro millones de años. Feliz 2001.