11 junio 2013

"IRENE Y EL SEÑOR E"

Irene y el señor E decidieron vivir su historia de pareja como si fuera la serie de amor que la HBO aún no ha realizado. Se conocieron en la cena de un curso de guionistas. El señor E estuvo un buen rato en la barra bebiendo del vaso de la cerveza de Irene sin darse cuenta. Ella callaba divertida ante ese desconocido que se confundía de caña. Cuando por fin el camarero le advirtió del error y se deshicieron ambos, uno en disculpas y la otra en risas, pactaron con la mirada que aquélla sería la primera escena del capítulo uno de una gran serie de televisión. Empezaron a verse durante periodos de una hora, midiendo magistralmente el ritmo en las secuencias y el avance lento de sus negociaciones emocionales. El capítulo cuatro fue brutal: se descubrió que la fortaleza del señor E estaba horadada por los gusanos, y que Irene, por su parte, había sufrido con dolores sucios que no otorgan altura moral a los que los padecen. En la última escena hicieron por fin el amor, y sin que nadie pulsara ningún botón comenzó a sonar de fondo “The eyes of Sarah Jane” de los Jayhawks.

Estaban siempre de acuerdo sobre qué giros de la trama convenían en cada momento y creaban sin planearlo episodios redondos, diálogos escritos con una tierna cuchilla y ocasiones para que los personajes desplegaran una desesperada bondad repleta de pequeñas contradicciones y algún egoísmo antiguo. De hecho, al comienzo del capítulo trece, los dos se abrazaron sabiendo que la resolución más potente de la temporada pasaba por un final triste en donde la pareja tuviera que separarse. Iban a perder el amor de sus vidas, pero ya era tarde para colocar eso por delante de haber sabido escribir la mejor serie de televisión de la historia. Se amaron durante cincuenta minutos como si fuera la vida y no un show lo que estaba a punto de terminar. Un largo plano secuencia en donde Irene se alejaba por la estremecida avenida con la falda y su bellísima melena ocasionalmente atadas al viento cerró el último episodio de la serie. El señor E, fuera del cuadro, observaba esa imagen fija; y cuando la mujer empezaba a confundirse con el resto de los transeúntes comenzó a oírse “Further to fly” de Paul Simon proviniendo de ninguna parte. A un minuto del final de la canción aparecieron los títulos de crédito.