20 junio 2013

SANGRE, SEXO Y DIALÉCTICA

Vuelve Espartaco en “Spartacus: la guerra de los condenados” (Canal+). Vuelve con más sangre, más sexo, más acción, más intrigas políticas y menos rigor histórico. Ya sabemos que la historia, como la autoridad, tiene nariz de cera, así que podemos deformarla como queramos. Y “Spartacus” deforma la nariz de Espartaco en particular y de Roma en general para crear un espectáculo de sangre, sexo y política que producirá en los académicos el mismo efecto que la luz del sol en los vampiros. Eso sí, los espectadores que prefieren la potencia visual de una película como “300” a una serie blandita como “Hispania” se lo pasarán académicamente bien.

“Spartacus: la guerra de los condenados” comienza seis meses después de la muerte de Glabro, ese estúpido perfecto. El miedo a la rebelión iniciada por Espartaco se extiende por la República, pero un nuevo personaje está dispuesto a acabar con el libertador de esclavos: el riquísimo Craso. Marco Licinio Craso fue el tipo que puso la pasta para que Julio César pudiera embarcarse en una carrera política que le llevaría a vivir en la cima de Roma y a morir a los pies de la estatua de Pompeyo, pero también fue el general que aplastó la rebelión de Espartaco y que murió luchando contra los partos en busca de una gloria militar que sus riquezas no podían comprar. El Craso de “Spartacus” es un personaje interesante que sostiene que el gran enemigo de un hombre es la duda y que, como el Craso histórico, no se conforma con ser un aristócrata inmensamente rico. Después de que Quinto Servilio Cipón convenciera a tres hombres de confianza de Viriato de que lo asesinaran, prometiéndoles como recompensa dinero y tierras, el escritor Valerio Máximo dijo que Cipón no mereció la victoria, sino que la compró. Craso no quiere ser como Cipón, así que busca merecer la victoria sobre Espartaco, y no comprarla. La dialéctica del amo y el esclavo entre Craso y Espartaco puede ser un aliciente para los que no se conformen con la sangre y el sexo o se avergüencen de ver “Spartacus: la guerra de los condenados” sólo por las luchas sangrientas y el sexo explícito. Sangre, sexo y dialéctica. Los amantes del gore, del porno suave y de la filosofía de Hegel, unidos por una serie de televisión.