03 noviembre 2013

OJALÁ


Alguien debería rodar un concierto de Silvio Rodríguez en el que tan sólo se enfocase al público. Solamente al público. Oiríamos que las canciones comienzan a sonar y las cámaras empezarían a moverse entre los asistentes. Existen conciertos en donde lo más importante ocurre encima del escenario, y existen otros en donde lo fundamental tiene lugar entre la gente que va a celebrarlo. Para captar lo verdaderamente importante que está ocurriendo en un concierto de Silvio Rodríguez los planos deben encuadrar a las personas que se han reunido para compartir el concierto. Primeros planos, muchos primeros planos de caras que cantan la canción que Silvio propone en cada momento. Planos generales, muchos planos generales del público que comparte metáforas y melodías que hace décadas que son parte fundamental de su estar en el mundo. Allí alguien levanta los brazos; esa mujer abraza a su amiga mientras canta; aquélla otra está callada; ese hombre sólo mueve ligeramente los labios.

Todo el metraje del “Imprescindibles” que La 2 dedicó la semana pasada al extraordinario escritor de canciones que es Silvio Rodríguez fue brillante, intenso, lleno de contenido, pero cada vez que la cámara se entretenía en los asistentes a los conciertos que el compositor ofreció en varios barrios marginales de La Habana el documental llegaba a rozar lo sublime. En esas imágenes se entendía todo: qué es una canción popular, de quién son las canciones populares, para qué sirve la canción popular, en qué se diferencia la canción popular de otras formas de hacer canciones que se le parecen. Lo importante estaba pasando entre el público, que aprovechaba la invitación del viejo autor para reescribir misterios como “Por quien merece amor”, “Canción del elegido” o “La maza” llenándolos de nuevas biografías y significados. Canciones como un disparo, como un libro, una palabra, una guerrilla. Alguien debería rodar un concierto de Silvio Rodríguez en el que tan sólo se enfocase al público. Ojalá.