24 septiembre 2014

VIRUS Y ZOMBIS

La mano del Michael Bay (ya saben, el director de la descacharrante “Armageddon”,  de las no menos descacharrantes “Pearl Harbor” y “La Roca”, de las ruidosas entregas de “Transformers” y de la desquiciadísima “Dolor y dinero”) es de todo menos invisible. Por eso la serie “The Last Ship” (TNT) necesita proclamar que está producida por Michael Bay tanto como la revolución rusa necesita dejar claro que está dirigida por Lenin. Después de los primeros planos y de los primeros diálogos del primer capítulo de “The Last Ship”, ya sabemos lo que nos espera: artillería visual y frases engoladas que, sin superar la cima que supone el papel de Bruce Willis en “Armageddon”, son capaces de hacernos sentir esa delicada vergüenza ajena que arranca con la melena canosa de Sean Connery en “La Roca”, pasa por la contemplación del careto de Ben Affleck en “Pearl Harbor” y termina con los músculos de Mark Wahlberg en “Dolor y dinero”. Y, por todo eso, “The Last Ship” tiene gracia.

Un virus se ha llevado por delante a toda la humanidad. ¿Toda? No. Un barco de la marina estadounidense, el “Natham James”, resiste ahora y siempre al invasor gracias a la valentía del capitán Chandler y la ciencia de la doctora Scott. En realidad, “The Last Ship” no es más que una variación de “The Walking Dead” pero con virus en vez de zombis. Es decir, lo importante no es el enemigo en forma de virus letales o zombis hambrientos, sino las relaciones entre los hombres que se enfrentan a los virus y a los zombis. Dice el gran Boni Pérez que el zombi es el más casposo entre todos los personajes terroríficos clásicos porque Drácula era conde, el monstruo de la cabeza plana fue creado por un científico, el hombre lobo estaba bien situado y la momia tuvo un pasado faraónico, mientras que un zombi sólo es carne sin voluntad y ojos saltones. Pero un virus es todavía más casposo que un zombi porque ni siquiera es carne y no tiene ojos, así que sólo sabemos que existe por el rastro de muerte que deja y por las caras de preocupación de los científicos cuando se inclinan sobre el microscopio. El virus es el límite del terror: más allá, sólo está el Dios del Antiguo Testamento y los proyectos de José Luis Moreno, horrores fuera del alcance de la mano de Michael Bay.