30 septiembre 2014

MERCEDES MILÁ DESCENDIÓ DE LOS CIELOS


Ay, que Mercedes Milá está perdiendo olfato televisivo. Ay, que ya no tiene aquella endiablada habilidad que tenía. Ay, que ya no es capaz de alimentar como debe al monstruo audiovisual que ella creó y ahora corre el peligro de que la sepulte cayéndosele encima. Ay, ay, ay, que la Milá se nos hace mayor.

Como en el estreno de cualquier reality, “GH15” intentó una salida explosiva atizando desde el primer día la caldera del programa con diferentes trucos, a la espera de que entre todos caldearan el ambiente y alguno tuviera la fortuna de provocar un gran incendio que arrasara los índices de audiencia. Pues algo va mal.

Esta vez, doña Mercedes ha intentado animar el cotarro invitando a varios famosetes de la cadena a visitar la casa de Guadalix de la Sierra, evidenciando con un test la ignorancia de los concursantes pasándoles un cuestionario básico de cultura general, o incluyendo entre los concursantes iniciales a una cabra y una gallina. También entró en la casa una chica musulmana para que hacer el papel de mojigata que no puede besar a un hombre sin casarse (¿era necesario que la chica fuera musulmana cuando en la España nacional católica de anteayer esta era una verdad que se enseñaba en las escuelas? Sí: la chica también sirvió para revolucionar las redes sociales porque tenía una foto en Twitter en la que degollaba un cordero). Pero entre uno y otro, Milá dejó pasar lo que debería haber sido el mayor golpe de efecto del programa: su propia entrada en la casa como concursante. Aleluya: el verbo se hizo mujer y habitó entre nosotros. Mercede Milá investida de una doble naturaleza, divina y mortal; diosa eterna y, a la vez, mujer pecadora. La suma hacedora, inteligencia omnisciente ajena al tiempo que fue, es y será, encarnada en humilde sierva, en hija de Eva, en carne mortal. Una revolución teológica capaz de hacer temblar al Dios de las televisiones que se deshizo en humo: tras dormir la primera noche, la Hija de la Madre ascendió a los cielos sin haber obrado ningún milagro ni dejar sucesor.