21 julio 2016

INFLUIR A UN INFLUIDOR


Concediendo que Telecinco aún posee un anverso luminoso, que ya es conceder, el estreno de “Quiero ser” la noche del martes supone el triunfo de Sara Carbonero en su paso al reverso tenebroso. Carbonero, presentadora oficial del programa, apenas salió en pantalla, no se implicó en el programa, apareció en un visto y no visto dando unas entradillas descontextualizadas en medio de un descampado, dejó que fueran otros (concursantes y asesores) quienes llevaran el protagonismo del espacio y, en fin, alimentó aún más esa expectación tan barata y tan del gusto de Telecinco en la que el interés de lo que se está emitiendo estriba en que actúa como caja de resonancia de lo que se va a emitir después; y lo que se emite después solo es la amplificación vacía de lo que ya se emitió antes en un pimpampum de dimes y diretes protagonizado por una tropa de invitados e invitadetes.

Hoy por la noche, cuando la expectación creada por “Quiero ser” alcance las más altas cotas de miseria en forma de gala semanal, Carbonero reinará en el plató si acierta a seguir el camino emprendido en el estreno: mantener las distancias, dar paso al espectáculo sin que le salpique la porquería, ejercer, en fin, de jefa de pista del circo que se mantiene impasible mientras ante ella van desfilando los equilibristas, los payasos y las fieras. Debe limitarse, en definitiva, a cumplir lo que ya declaró en una entrevista promocional del espacio: “No me asusta porque no estoy metida en el reality ni en la convivencia de ellos, estaré haciendo mi trabajo que es presentar. No me da reparo porque mi papel no es mostrar nada mío. Al fin y al cabo estoy trabajando como presentadora”.

Por cierto, “Quiero ser” dice ser un concurso entre varios aspirantes a ‘influencer’ de moda. ‘Influencer’, hay que joderse. Para quien no quiera ejercer de papanatas y necesite referirse a semejante ser, la Fundéu propone decir “influidor”. Vamos a intentarlo. Carbonero, seria y distante, puede ejercer tranquila de faro desde su atalaya: quien influye a un influidor tiene mil años de perdón.